Cuando pensamos en uno de los árboles más antiguos del planeta, lo normal es mirar su tronco gigantesco. Pero la historia importante también ocurre bajo nuestros pies. Un nuevo estudio en los bosques templados del sur de Chile ha encontrado que el suelo bajo el llamado «Alerce Abuelo», un ejemplar de más de 2.400 años, alberga más de 300 hongos únicos. El hallazgo va mucho más allá de una curiosidad científica. Refuerza la idea de que estos árboles veteranos sostienen una biodiversidad invisible y ayudan a mantener en pie la salud del bosque.
Lo que encontraron bajo el Alerce Abuelo
Los investigadores tomaron muestras de suelo bajo 31 alerces de distintas edades en el Parque Nacional Alerce Costero, en Chile. Después analizaron el ADN presente en esas muestras para identificar hongos del suelo y hongos micorrícicos, que son aliados microscópicos capaces de llevar agua y nutrientes a las raíces y ayudar a las plantas frente a la sequía o los patógenos. El resultado fue bastante claro. Cuanto más grande era el árbol, mayor era también la diversidad de hongos asociada.
El caso más llamativo fue el del «Alerce Abuelo». Bajo este árbol, la riqueza de hongos del suelo fue 2,25 veces superior a la media de las muestras y aparecieron 361 tipos únicos de hongos. Además, la riqueza de hongos micorrícicos arbusculares fue 1,75 veces mayor que la media. Dicho de forma sencilla, no todos los árboles sostienen la misma vida bajo tierra.
La coautora Camille Truong lo resumió con una frase muy directa cuando afirmó que «no todos los árboles son iguales». Según explicó, perder un árbol milenario tendría un impacto mucho mayor que talar uno más pequeño, porque no solo cae un tronco, también se rompe una comunidad subterránea que ha tardado siglos en formarse. Adriana Corrales, otra de las responsables del trabajo, fue igual de clara al recordar que «toda esa diversidad implica resiliencia».
Por qué importa para el clima y para el bosque
¿Y por qué debería importarnos lo que ocurre ahí abajo, donde nadie mira? Porque estos hongos no están de adorno. Forman redes que ayudan a reciclar nutrientes, refuerzan la resistencia del bosque frente al estrés ambiental y contribuyen a mover carbono al suelo. En la práctica, eso convierte a los alerces viejos en una pieza clave de un sumidero de carbono de muy largo plazo.
El alerce (Fitzroya cupressoides) es una conífera amenazada y una de las especies arbóreas más longevas de la Tierra. Algunos individuos han superado los 3.600 años. Sus bosques se han reducido aproximadamente a la mitad por la tala histórica y por cambios de uso del suelo, y hoy también soportan la presión del cambio climático, los incendios y el desarrollo de infraestructuras. El problema es que el reloj ecológico de estos gigantes va muy despacio. Si se pierde uno, no se recupera en una generación humana.
Un aviso claro para la conservación
El mensaje de fondo del estudio es muy práctico. Proteger árboles milenarios no solo sirve para conservar paisaje o madera vieja. Sirve también para preservar una red de vida que casi nunca vemos y que puede ser decisiva para restaurar bosques en el futuro. A simple vista solo hay corteza, musgo y raíces. Debajo, en cambio, hay siglos de cooperación biológica.
El estudio ha sido publicado en Biodiversity and Conservation.










