Después de 10 días orbitando la Luna, la ciencia confirma lo peor: la sangre de los astronautas de Artemis II está alterada

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Publicado el: 27 de abril de 2026 a las 08:01
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Cápsula Orion de Artemis II amerizando en el océano Pacífico tras misión lunar con astronautas de la NASA.

El 10 de abril de 2026, la cápsula Orion amerizó en el Pacífico tras un viaje de casi diez días alrededor de la Luna. La hazaña es histórica, pero también deja una lección muy humana, la microgravedad “reprograma” el organismo antes de que nos dé tiempo a acostumbrarnos.

No hace falta pasar meses en el espacio para notarlo. Incluso en misiones cortas, el protocolo médico se activa y se vigilan mareos, cambios en la circulación, problemas de orientación y pérdida de tono muscular. ¿Qué significa esto en la práctica cuando no hay vuelta rápida a casa?

Qué hizo Artemis II

Artemis II fue el primer vuelo tripulado del programa Artemis y llevó a Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen en un sobrevuelo lunar. La misión duró 9 días, 1 hora y 32 minutos, con lanzamiento el 1 de abril de 2026 y regreso el 10 de abril de 2026.

En el punto más alejado, la tripulación llegó a situarse a unas 252.756 millas de la Tierra, un nuevo récord. Es un número que impresiona, pero también recuerda la distancia real que separa a la tripulación de cualquier asistencia inmediata.

Tras el amerizaje, la NASA detalló que los astronautas fueron llevados al buque de recuperación y pasaron por evaluaciones médicas postmisión antes de regresar a Houston. Ahí empieza otra parte del viaje, la readaptación.

Un viaje corto y un cuerpo distinto

En la Tierra, el cuerpo está “cableado” para pelear contra la gravedad todo el día. No lo pensamos cuando subimos escaleras o llevamos la compra, pero músculos, huesos y vasos sanguíneos trabajan en segundo plano.

En microgravedad esa exigencia cae de golpe. El organismo se ajusta a lo que tiene delante, ahorrar esfuerzo, redistribuir líquidos y reinterpretar señales de equilibrio. Y eso se nota.

La paradoja es que esa adaptación es útil allí arriba, pero se paga al volver. El cuerpo tiene que reaprender rápido a funcionar con peso, presión y “arriba y abajo” bien definidos, justo cuando hay que bajar de la nave y moverse con normalidad.

Músculos y huesos

La pérdida de masa muscular y la debilidad no son un mito. La NASA explica que, sin la carga continua de la gravedad, músculos y huesos se debilitan si no se toman medidas, y por eso el ejercicio es una pieza central en la vida en órbita.

Un dato ayuda a poner escala. Según la NASA, los huesos que soportan peso pueden volverse aproximadamente un 1% menos densos por cada mes en el espacio si no hay precauciones, algo que se intenta frenar con entrenamiento y hábitos muy pautados.

Y aunque Artemis II no ha sido una estancia larga, hay evidencia de que los cambios pueden ser rápidos. Una revisión científica recoge que, tras 17 días de vuelo espacial, se observaron descensos del 26% en fibras tipo IIa y del 15% en fibras tipo I del sóleo, un músculo clave para mantenernos erguidos. No es poca cosa.

La circulación se reorganiza

Uno de los efectos más visibles en microgravedad es el desplazamiento de fluidos hacia la cabeza. La NASA lo describe así, la sangre y otros líquidos son empujados “hacia arriba” desde piernas y abdomen hacia el corazón y la cabeza, al tiempo que puede aparecer hinchazón en la cara.

Esto no es solo una curiosidad. Al volver a la Tierra, esa redistribución y los cambios cardiovasculares pueden traducirse en dificultad para estar de pie sin marearse, lo que se conoce como intolerancia ortostática.

Dicho con un ejemplo cotidiano, es como levantarte demasiado rápido después de estar un rato tumbado, pero con un cuerpo que ha pasado días sin necesidad de regular la presión como aquí abajo. Por eso, las primeras horas tras el regreso importan tanto como el propio vuelo.

Ojos, equilibrio y “desorientación”

La gravedad también está metida en la manera en la que vemos y nos orientamos. La NASA advierte de un riesgo específico, el síndrome neuroocular asociado a los vuelos espaciales (SANS), que puede incluir cambios estructurales en ojos y cerebro y alteraciones visuales en parte de la tripulación.

En paralelo está el equilibrio. La agencia señala que los cambios de gravedad pueden desencadenar mareo y afectar a la capacidad de orientarse, algo especialmente delicado si hay que manejar controles o actuar con precisión.

Y luego está el golpe de los primeros días. Un briefing técnico de la NASA sobre “space adaptation sickness” describe que puede afectar hasta a un 73% de la tripulación durante los primeros 2 o 3 días, con síntomas que van desde malestar y desorientación hasta náuseas y vómitos. Es parte del proceso.

Crecer unos centímetros también pasa

En microgravedad la columna se descomprime y muchas personas se vuelven un poco más altas durante el vuelo. Suena a anécdota, pero es pura biomecánica.

La NASA lo resume con una cifra sencilla, un aumento medio de alrededor del 3% en altura durante el vuelo espacial. En alguien que mide 1,80 metros, eso serían unos 5 centímetros, aunque cada cuerpo responde distinto.

Lo que cambia para volver a la Luna

Artemis II ha servido para probar la nave y sus sistemas, pero también para recordar que el factor humano manda. En misiones más largas, y sobre todo en estancias lunares, el reto no es solo llegar, es llegar bien y poder rendir al día siguiente.

Además, hay un detalle que pesa. En órbita baja, una evacuación puede ser relativamente rápida, pero alrededor de la Luna todo va con más distancia y menos margen, así que la prevención y la medicina más autónoma ganan protagonismo.

En el fondo, la lección es bastante práctica. Si queremos explorar de manera sostenida, casi “sostenible” en términos humanos, hay que diseñar rutinas de ejercicio, contramedidas compactas y protocolos de readaptación que protejan el cuerpo con la misma seriedad con la que se protege una nave del calor de la reentrada.

La información oficial más reciente sobre el regreso de Artemis II y las evaluaciones médicas tras el amerizaje ha sido publicada por la NASA.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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