Cuando vemos a un pulpo abrir una concha, esconderse entre rocas o explorar un objeto, parece que cada brazo va por libre. Un estudio publicado el 15 de enero de 2025 describió que el gran «cable» nervioso que recorre cada brazo no es uniforme, sino que está organizado en segmentos y alineado con las ventosas, como si el animal llevara un sistema de control repartido a lo largo de la extremidad.
La idea cobra aún más sentido cuando se mira al pulpo fuera del laboratorio. El 11 de septiembre de 2025, un trabajo en pulpos salvajes analizó 25 vídeos grabados en varios fondos marinos del Caribe y también en Vigo, y contabilizó 3.907 acciones de brazos, con un patrón repetido de reparto de tareas, los brazos delanteros exploran más y los traseros empujan y ayudan a desplazarse.
No es un brazo, son módulos conectados
El equipo se centró en el pulpo de dos manchas de California (Octopus bimaculoides), una especie pequeña que se ha convertido en modelo de laboratorio. Al estudiar el cordón nervioso axial que recorre el centro del brazo, vieron que «serpentea» por el interior, con curvas que coinciden con cada ventosa, y que además se organiza en tramos repetidos formados por columnas de neuronas.
Entre esos tramos aparecen zonas con menos neuronas, llamadas septos, que funcionan como puntos de salida hacia músculos y tejidos cercanos. De media, los autores describen alrededor de 7 u 8 segmentos por cada ventosa, un patrón que se repite a lo largo del brazo aunque cambie el tamaño de las secciones al acercarse a la punta.
La autora principal lo resumió con una comparación muy práctica. «Desde el punto de vista del modelado, la mejor manera de montar un sistema de control para un brazo tan largo y flexible sería dividirlo en segmentos», explicó Cassady Olson, porque así se puede coordinar el movimiento y suavizarlo sin que todo dependa de una única orden central.
Un mapa de ventosas para tocar y decidir
La sorpresa no estaba solo en cómo se agrupan las neuronas, sino en cómo se conectan con las ventosas. Los nervios que controlan y sienten cada ventosa salen del cordón nervioso axial a través de los septos y se distribuyen de forma sistemática, creando un mapa espacial que el propio artículo llama «suckerotopy», algo así como una cartografía de ventosas dentro del brazo.
Este detalle importa porque las ventosas no son simples «pegatinas». Están llenas de receptores que detectan química y contacto, y por eso el pulpo puede, en cierto modo, «probar» y «oler» lo que toca, como si mezclara mano, lengua y nariz en el mismo gesto.
Conservar la posición de cada señal es clave cuando un brazo tiene cientos de puntos de contacto. Los autores plantean que este tipo de mapa ayuda a saber qué ventosa está tocando qué, y a activar solo una parte del brazo sin perder el control del conjunto, que es justo lo que vemos cuando manipulan objetos con una precisión casi imposible.
El mito del «cerebro en cada brazo» y lo que sí es cierto
Decir que el pulpo tiene «un cerebro en cada brazo» es una simplificación, pero no sale de la nada. En el trabajo de 2025 se recuerda que, sumando los ocho brazos, el pulpo tiene más neuronas repartidas en esas extremidades que en el cerebro central, lo que encaja con la sensación de autonomía que vemos cuando un brazo explora mientras otro sujeta o empuja.
Aun así, no hablamos de ocho cerebros independientes tomando decisiones como una persona. Lo que sugiere esta anatomía es un reparto inteligente del trabajo, donde el cerebro central marca objetivos y los circuitos del brazo resuelven detalles locales, sobre todo cuando hay que mover un «músculo sin huesos» con muchísimas formas posibles.
La pista evolutiva viene de un pariente del pulpo, el calamar de aleta larga (Doryteuthis pealeii). En este animal, la segmentación aparece en zonas ricas en ventosas, como los brazos y la parte final de los tentáculos que atrapa presas, pero no en el tramo largo del tentáculo que casi no tiene ventosas, y eso refuerza la idea de que la segmentación sirve para controlar apéndices flexibles llenos de sensores.
Lo que ocurre cuando el pulpo sale del laboratorio
La teoría sobre la «inteligencia distribuida» se entiende mejor cuando miramos al pulpo en su vida diaria. En el estudio publicado el 11 de septiembre de 2025, los autores revisaron 25 clips de un minuto de pulpos que se movían libremente y construyeron un catálogo de 12 acciones de brazos que se combinan para formar un repertorio de comportamientos naturales.
El resultado fue claro sin ser rígido. Todas las extremidades podían hacer todas las acciones, pero los brazos delanteros realizaron más acciones que los traseros, y no se detectaron diferencias entre izquierda y derecha, como si el pulpo no fuera «diestro» o «zurdo», sino más bien «delantero» o «trasero» según la tarea.
La autora principal del trabajo de campo, Chelsea O. Bennice, lo explicó con ejemplos muy visuales. En el mar observaron combinaciones muy distintas, a veces un solo brazo bastaba para agarrar comida, y otras veces varios trabajaban a la vez para desplazarse o para una caza de tipo «ataque paraguas», una técnica en la que el pulpo cae sobre la presa para atraparla.
Una lección para el mar y para nosotros
El mismo estudio de campo recuerda algo que a veces se pierde cuando solo pensamos en acuarios. Los vídeos se grabaron en seis zonas y en hábitats muy distintos, con fondos de arena y algas, praderas marinas, cascajo de conchas y arrecifes, a poca profundidad, y esa complejidad es justo el «tablero» donde el pulpo despliega sus capacidades.
Cuando un animal lee el mundo con el cuerpo, el estado del fondo marino importa mucho. Saber que sus brazos combinan control fino, sensores químicos y una cartografía de ventosas ayuda a entender por qué necesita un entorno rico en refugios, presas y texturas para alimentarse, esconderse y moverse con seguridad.
Esta complejidad también tiene una consecuencia ética, y no es casualidad que la normativa europea sobre animales usados con fines científicos incluya expresamente a los cefalópodos dentro de su ámbito. Si la ciencia sigue mostrando cómo sienten y controlan su cuerpo, también nos obliga a mirar con otros ojos cómo los tratamos cuando los estudiamos o los mantenemos en cautividad.
El estudio más reciente se ha publicado en Scientific Reports.








