Un conjunto de mandíbulas, dientes y vértebras hallados en una cueva de Casablanca, en Marruecos, acaba de ganar una fecha casi redonda y muy difícil de conseguir en paleoantropología. Un equipo internacional ha situado esos restos en torno a los 773.000 años, un momento clave porque está cerca del periodo en el que empezaron a separarse las ramas que acabarían dando lugar a Homo sapiens en África y a neandertales y denisovanos en Eurasia.
La parte más llamativa no es solo la edad, sino la precisión. Los sedimentos que rodeaban los fósiles guardaban una señal magnética asociada a la última gran inversión del campo magnético terrestre, un marcador geológico muy bien conocido. En la práctica, esto significa menos conjeturas y más suelo firme para discutir de dónde venimos.
Un hallazgo en una cantera con historia
Los restos proceden de la Grotte à Hominidés, dentro del yacimiento de Thomas Quarry I, en el suroeste de Casablanca. Es una zona de formaciones costeras elevadas, antiguas dunas y sistemas de cuevas que han ido registrando cambios del litoral durante cientos de miles de años.
No es un descubrimiento de un día para otro. En 1969 un coleccionista encontró una mandíbula parcial en la ladera bajo la cueva y, décadas después, las excavaciones controladas entre 1994 y 2015 recuperaron más fósiles, industria lítica y fauna en contexto estratigráfico. Esa paciencia es la que hace que hoy el debate sea serio.
773.000 años y un hueco que por fin se rellena
Durante mucho tiempo, África tenía un vacío incómodo en el registro fósil de nuestros parientes cercanos, aproximadamente entre un millón y 600.000 años. La genética apuntaba a que el ancestro común de humanos actuales, neandertales y denisovanos tuvo que vivir en esa franja, pero faltaban huesos bien datados que encajaran.
En Thomas Quarry I, los investigadores describen restos de al menos tres individuos, dos adultos y un niño de alrededor de un año y medio. Entre el material hay mandíbulas, dientes, vértebras y también un fémur, un conjunto pequeño pero muy informativo cuando se analiza con detalle anatómico y técnicas modernas de imagen.
La clave es que estos homínidos muestran una mezcla de rasgos antiguos y otros más derivados, algo que encaja con una población cercana a la base del linaje de Homo sapiens. Eso no quiere decir que ya sean Homo sapiens, ni que todo esté resuelto. Como recordó el propio Jean-Jacques Hublin, conviene ser prudentes antes de llamar a nadie «el ancestro común» con todas las letras.
La fecha la puso el magnetismo de la Tierra
Poner fecha a fósiles tan antiguos suele ser un rompecabezas de métodos y márgenes de error. Aquí, el equipo ha usado un registro magnetoestratigráfico de alta resolución que captura con detalle el cambio de polaridad conocido como transición Matuyama Brunhes.
Dicho de otra forma, el sedimento actuó como una brújula congelada. Cuando las partículas se depositan, pueden alinearse con el campo magnético del momento y esa orientación queda registrada. Si después se reconoce el momento exacto de la inversión, se puede anclar la capa con mucha más confianza.
La estimación que se ha comunicado es de unos 773.000 años con un margen de unos 4.000 años. Para el Pleistoceno africano, donde muchas fechas son más amplias o discutidas, este nivel de precisión es casi un lujo. Y se nota.
Una cueva de carnívoros y humanos a ratos
La historia no es solo de huesos humanos. La cueva parece haber funcionado en buena parte como guarida de carnívoros, y uno de los indicios más gráficos es el fémur con marcas de dientes, compatibles con la acción de un gran carnívoro como una hiena. Es un recordatorio muy terrenal de que aquellos paisajes no eran un paseo.
Junto a los fósiles se han documentado también herramientas de piedra y una gran cantidad de restos animales. Eso permite reconstruir mejor el contexto y entender que hablamos de un lugar con actividad intermitente, no de un «hogar» estable tal y como lo imaginamos hoy.
Además, el propio entorno costero ayuda a explicar por qué se conservó tanto. Las dunas terminaron sellando la entrada y el relleno fino fue cubriendo el material, lo que favoreció una preservación excepcional. A veces, el mejor archivador del mundo es simplemente arena a tiempo.
Atapuerca entra en la conversación
Los fósiles marroquíes son casi coetáneos de los de Gran Dolina, en Atapuerca, asociados a Homo antecessor. Esa comparación es inevitable porque ambos conjuntos se mueven en edades similares y porque Atapuerca ha sido una referencia para discutir quién pudo estar cerca del ancestro compartido de varias líneas humanas.
Ahora bien, la investigación subraya que, aunque haya parecidos generales, los restos de Casablanca son morfológicamente distintos de Homo antecessor. En vez de cerrar el debate, lo que hace es añadir diversidad y obligar a pensar en poblaciones diferentes a ambos lados del Mediterráneo, quizá con contactos puntuales, quizá con historias separadas.
La propia posibilidad de conexiones a través del estrecho de Gibraltar se menciona como hipótesis a explorar, no como conclusión definitiva. Es el tipo de idea que suena bien en un titular, pero que necesita más fósiles, más yacimientos y más pruebas para pasar de sugerencia a hecho.
Lo que todavía falta por saber
A día de hoy, el equipo no asigna estos individuos a una especie definitiva. En algunos análisis y coberturas se habla de una forma evolucionada de Homo erectus, pero el mensaje central es otro, que en África, y en particular en el noroeste, había poblaciones con una combinación de rasgos que encajan cerca del origen profundo de nuestro linaje.
Esto también ayuda a poner en perspectiva otro dato que ya conocíamos. Los fósiles más antiguos atribuidos a Homo sapiens están en Marruecos, en Jebel Irhoud, con una edad de unos 315.000 años. Entre ese momento y los 773.000 años hay un mundo, y por eso cada pieza bien datada cambia la conversación.
¿Qué significa esto en la práctica para quien solo quiere entender su historia sin perderse en tecnicismos? Que la «cuna» no es un punto único en el mapa, sino una región amplia y dinámica, y que el paisaje, el clima y la geología forman parte del guion.
El estudio ha sido publicado en Nature.







