Los deltas de los ríos árticos guardan una cantidad de carbono mucho mayor de lo que se había calculado con detalle hasta ahora. Un nuevo estudio liderado por el Instituto Alfred Wegener cifra ese depósito en 57,5 gigatoneladas de carbono y 3,8 gigatoneladas de nitrógeno en una superficie de casi 100 000 kilómetros cuadrados. No es poca cosa.
El problema es que ese almacén natural está bajo presión. El permafrost se descongela, el mar gana terreno, los ríos llegan más cálidos y la temporada sin hielo se alarga. En la práctica, lo que durante milenios funcionó como un congelador natural empieza a perder estabilidad. Y eso puede cambiar el ciclo del carbono en el Ártico.
Un congelador que se apaga
El permafrost es suelo que permanece congelado durante años. Dentro de él se acumulan restos de plantas y materia orgánica que, al estar atrapados en el frío, apenas se descomponen. Es como guardar comida en un congelador y olvidarse de ella durante siglos.
Pero cuando sube la temperatura, el proceso cambia. Los microorganismos vuelven a activarse y empiezan a descomponer esa materia orgánica. Al hacerlo, pueden liberar dióxido de carbono y metano, dos gases que contribuyen al calentamiento de la atmósfera.
Guido Grosse, responsable de la sección de Investigación del Permafrost del AWI, lo resume con una advertencia clara. «El deshielo del permafrost podría intensificar el cambio climático», explica. No significa que todo ese carbono vaya a salir de golpe, pero sí que una parte puede volver a entrar en circulación.
Por qué importan los deltas
Durante mucho tiempo, buena parte de la atención científica se centró en las grandes zonas interiores de permafrost. Sin embargo, los deltas árticos estaban menos estudiados. Y ahí está una de las claves de este hallazgo.
Los deltas son las zonas donde los ríos desembocan en el océano. Allí se acumulan sedimentos, restos orgánicos y nutrientes transportados desde enormes cuencas del norte. Con el frío, parte de ese material queda atrapado en suelos congelados durante largos periodos.
Lo llamativo es la concentración. Según el AWI, los deltas árticos contienen alrededor del 5 % del carbono del permafrost mundial en apenas el 1 % de su superficie. Si se comparan con todos los suelos del planeta, almacenan cerca del 2 % del carbono del suelo global en solo el 0,08 % de la superficie terrestre.
Qué ha medido el equipo
El estudio, publicado en Nature Communications, reúne datos de más de 1600 muestras de suelo procedentes de 17 deltas de ríos árticos. Es la primera estimación amplia de este tipo para estas zonas, que se encuentran justo en la frontera entre la tierra y el océano.
Matthias Fuchs, primer autor del trabajo, señala que hasta ahora «el número de estudios sobre los deltas árticos ha sido muy limitado». El equipo combinó datos publicados y otros aún no publicados para calcular mejor cuánto carbono y nitrógeno se almacena en estos depósitos congelados.
La cifra final es enorme. Los 57,5 gigatoneladas de carbono equivalen a más de doce veces el aumento anual de carbono en la atmósfera atribuido a la actividad humana, que el AWI sitúa en torno a 4,5 gigatoneladas al año. Dicho de otra forma, no es un rincón menor del mapa climático.
Presión desde todos los lados
El riesgo no llega por una sola vía. En estos deltas se mezclan varios cambios al mismo tiempo. El hielo marino retrocede, el nivel del mar sube, algunas zonas costeras se hunden y los ríos transportan aguas cada vez más cálidas.
Además, la temporada de deshielo se está alargando. Eso da más tiempo a que el suelo pierda estabilidad y a que los procesos biológicos se aceleren. En un paisaje tan sensible, unos pocos grados no son un detalle técnico. Son la diferencia entre conservar carbono bajo llave o dejarlo más expuesto.
¿Qué significa esto en la práctica? Que estos deltas pueden pasar de ser almacenes naturales a zonas donde parte del carbono almacenado se vuelva más accesible para los microbios. Y ahí empieza el problema.
Microbios al despertar
Cuando el suelo congelado se descongela, la materia orgánica queda más disponible. Los microorganismos pueden alimentarse de ella y descomponerla. En ese proceso se generan gases como CO2 y metano, con efectos diferentes pero importantes para el clima.
El nitrógeno también importa. El estudio calcula 3,8 gigatoneladas almacenadas en estos deltas, una cantidad capaz de influir en los ciclos de nutrientes de suelos, ríos y aguas costeras. No es solo una cuestión de carbono, aunque el carbono sea el titular más evidente.
Aquí conviene no exagerar. El estudio no dice que todo vaya a liberarse mañana, ni que todos los deltas vayan a comportarse igual. Lo que muestra es que existe una reserva muy grande en un lugar especialmente vulnerable. Y el reloj del Ártico corre rápido.
Lo que queda por saber
La gran pregunta ahora es cuánto de ese carbono podría liberarse, a qué velocidad y bajo qué condiciones. Para responder, los científicos necesitan más mediciones, mejores modelos y seguimiento continuo de estos paisajes. No basta con mirar el mapa una vez.
También hará falta entender mejor cómo interactúan los ríos, el mar, el hielo y los suelos. En los deltas todo se cruza. Por eso son tan valiosos para la ciencia y, al mismo tiempo, tan difíciles de predecir.
En el fondo, este estudio pone el foco en una zona que había quedado demasiado al margen. Los deltas del Ártico no son solo paisajes remotos de hielo, agua y sedimentos. Son piezas críticas del clima global, y lo que ocurra allí puede acabar notándose mucho más lejos.
El estudio completo ha sido publicado en Nature Communications.









