El campo español vuelve a mirar hacia Marruecos con preocupación. La entrada de tomate marroquí a precios más bajos no es nueva, pero la presión se ha hecho más visible por la diferencia de costes laborales y por el peso creciente de las importaciones en el mercado español.
La conclusión para muchos agricultores es incómoda. No se trata solo de vender más barato o más caro, sino de saber si cultivos muy dependientes de mano de obra, como el tomate cherry, pueden seguir siendo viables en España cuando compiten con reglas económicas tan distintas.
La brecha de costes
Andrés Góngora, agricultor y responsable estatal de Frutas y Hortalizas en COAG, lo resumió en una entrevista en Herrera en COPE con una frase que ha corrido por el sector. «No podemos competir», dijo al hablar del tomate marroquí y de la presión que sienten los productores españoles.
Según explicó, una jornada laboral agrícola en España puede situarse en torno a los 90 euros por ocho horas, mientras que en Marruecos el coste por ese mismo tiempo sería de unos 8 euros. La diferencia es enorme. Y en un cultivo que necesita muchas manos, se nota desde la primera caja.
¿Qué significa esto en la práctica para un agricultor? Que puede hacer bien su trabajo, cumplir normas laborales, pagar seguros, cotizaciones y controles, y aun así quedarse fuera de precio. No es poca cosa.
Lo que dicen los datos
FEPEX puso cifras al problema en su balance del primer semestre de 2025. El tomate representó el 12% de las exportaciones españolas de hortalizas, pero sus ventas al exterior bajaron un 10% en volumen, mientras las importaciones de tomate procedentes de Marruecos subieron un 56% y ya supusieron el 54,5% del tomate importado por España.
El dato oficial anual también apunta en la misma dirección, aunque con otro corte temporal. En una respuesta registrada en el Congreso, el Gobierno indicó que España importó de Marruecos 87.603,8 toneladas de tomates frescos o refrigerados en 2025, con un aumento interanual del 31,5% en peso y del 67,1% en valor. Esos datos son provisionales, pero marcan una tendencia clara.
Aun así, conviene mirar el mapa completo. El último boletín del Ministerio de Agricultura sobre importaciones de tomate de la UE muestra que, en la campaña 2025/2026 hasta marzo, las compras comunitarias a Marruecos fueron de 352.478 toneladas, un 16,9% menos que la campaña anterior, afectadas por frío, falta de sol y limitaciones de envíos desde Marruecos. Es decir, la tensión existe, pero no todos los periodos se comportan igual.
El precio no lo explica todo
La pregunta que muchos consumidores se hacen es sencilla. Si producir fuera cuesta menos, ¿por qué no baja mucho más el precio en el supermercado? Ahí está una de las quejas históricas del sector.
Góngora sostiene que esa diferencia de costes no se traslada de forma clara al consumidor final. En el campo, en cambio, sí se nota en los márgenes. Para el agricultor, la cuenta es más directa y más dura.
El problema se agrava en cultivos intensivos en mano de obra. El tomate cherry es el ejemplo más citado, pero no el único. También aparecen otros cultivos de campaña, como la cereza, donde cada euro de coste puede decidir si una finca sigue adelante o se abandona.
Reglas y trazabilidad
El debate no debería leerse como una pelea contra un país. Marruecos produce, exporta y compite. El punto que señalan las organizaciones agrarias españolas es otro. Piden que los productos que llegan al mercado europeo cumplan exigencias comparables a las que soportan los productores de la UE.
FEPEX ha insistido en que la disparidad entre las normas fitosanitarias, laborales y sociales exigidas dentro de la UE y las que no se requieren igual a terceros países resta competitividad a los productores europeos. También reclama revisar los precios de entrada del acuerdo UE Marruecos, porque considera que no han protegido el mercado comunitario como se esperaba.
La trazabilidad añade otra capa al asunto. COAG denunció en febrero problemas de transparencia en las estadísticas europeas de tomate marroquí, aunque el Gobierno español ha señalado que en las estadísticas del Departamento de Aduanas e Impuestos Especiales de España no se produce ese problema. Dos mensajes distintos que explican por qué el sector pide más claridad.
Innovar ayuda, pero no basta
En el campo ya se está innovando. Sensores, riego más eficiente, herramientas de inteligencia artificial para ajustar cosechas y maquinaria que reduce tareas repetitivas forman parte de la conversación. No es ciencia ficción. Está entrando poco a poco en fincas e invernaderos.
Pero la tecnología no borra por sí sola una brecha laboral tan grande. Puede ahorrar agua, energía y tiempo. También puede mejorar la calidad y reducir pérdidas. A cambio, exige inversión, formación y una estabilidad que muchos agricultores no siempre tienen.
Y aquí aparece la parte ambiental. Si una producción cercana desaparece, España puede depender más de importaciones lejanas en determinados momentos del año. Eso no significa que todo producto importado sea peor, pero sí obliga a mirar el sistema completo, desde el empleo rural hasta el transporte y el uso de recursos.
Qué queda ahora
El tomate se ha convertido en un símbolo de algo más grande. En el fondo, lo que está en juego es si España quiere mantener un campo capaz de producir alimentos, generar empleo y cumplir normas exigentes sin quedar arrinconado por costes imposibles de igualar.
Para el consumidor, la clave será mirar origen, temporada y transparencia. Para las administraciones, revisar acuerdos, controles y datos. Y para el agricultor, seguir haciendo números cada campaña, con la incertidumbre de quien sabe que el reloj corre más deprisa que la política.
El boletín oficial más reciente del Ministerio de Agricultura sobre las importaciones de tomate de la UE ha sido publicado en el Boletín de Seguimiento Reforzado de Importaciones de la Unión Europea de Productos Hortofrutícolas.













