La NASA lanzó el 9 de noviembre de 1970 dos ranas toro a la órbita terrestre a bordo de un cohete Scout. Llevaban microelectrodos en los nervios del oído interno. La misión OFO-A registró 155 horas de señales de cuatro fibras nerviosas del equilibrio, según el artículo que publicaron en 1972 sus responsables.
El satélite pasó casi siete días en órbita, de acuerdo con la ficha de la misión en el archivo de biología espacial de la agencia. Nadie había previsto traer de vuelta a los animales.
Un oído parecido al humano
El experimento lo diseñó Torquato Gualtierotti, fisiólogo de la Universidad de Milán, en el Centro de Investigación Ames de la NASA. Quería saber cómo reacciona sin peso el otolito, el órgano del oído interno que detecta la gravedad y las aceleraciones.
El dosier de prensa de agosto de 1970 daba tres razones para elegir una rana. Su sistema otolítico se parece al humano y su tamaño permitía un equipo pequeño. Además, como anfibio, aguanta la cirugía fuera del agua y el vuelo sumergida.
Nervios motores cortados con anestesia
Cada rana, de unos 350 gramos, recibía primero un baño anestésico de tricaína. Después el equipo cortaba sus principales nervios motores y abría un pequeño orificio hasta el nervio vestibular para implantar el microelectrodo.
Inmóviles, las ranas ya no podían arrancarse los cables. Según el dosier, ese estado rebajaba su metabolismo, y así podían seguir sanas sin comer hasta un mes.
Para el vuelo se prepararon 24 ranas y la mitad quedó descartada 36 horas antes del lanzamiento. De las cuatro mejores, dos volaron. Las otras dos se quedaron en tierra en un paquete gemelo que sirvió de control.
La NASA atribuía al sistema vestibular la desorientación que ya habían sufrido personas y animales en vuelos con ingravidez. El objetivo era medir cómo se adapta el oído interno a una ingravidez sostenida durante días.
Una centrífuga llena de agua
Las ranas viajaban sumergidas en una centrífuga, dentro de un contenedor estanco de unos 46 centímetros de diámetro. El agua les llevaba oxígeno a la piel y se llevaba el dióxido de carbono. También amortiguaba las vibraciones del despegue, según la ficha de la NASA.

Entre giro y giro, sus otolitos notaban apenas una milésima de la gravedad terrestre. Cada ciclo duraba unos ocho minutos e incluía 14 segundos a 0,6 g, el 60 % de la gravedad de la Tierra.
Veinte veces más agitación
En los primeros días, la actividad del nervio en reposo llegó a fluctuar hasta 20 veces más que en tierra, según el resumen de resultados de la NASA. Esa agitación se apagó en cuatro o cinco días.
La respuesta a la centrífuga, en cambio, varió de intensidad y de forma. Según la ficha, ese cambio se mantuvo durante todo el vuelo sin tendencia a normalizarse.
En el informe de 1972, Gualtierotti y sus colegas miraron hacia los astronautas. Un ritmo de disparo más bajo en reposo y unas fibras más sensibles «podrían explicar el mareo espacial», escribieron.
Siete días y ningún regreso previsto
A bordo hubo dos averías. La presión del contenedor subió y el agua se enfrió hasta unos 13 °C durante nueve horas, por debajo del mínimo aceptado de 15,6 °C.
Los investigadores repitieron ambas incidencias con ranas en tierra. Según la NASA, tuvieron poco efecto en el resultado. Los electrocardiogramas mostraron a las ranas sanas hasta que la batería falló al séptimo día.
El dosier de agosto de 1970 ya avisaba de que «no se requiere la recuperación» del experimento. El soporte vital iba a servir para la «asfixia suave y humana» de las ranas al cumplirse los objetivos. Bastaba con acumular dióxido de carbono y retirar el oxígeno fresco.
Dos ranas y cuatro fibras
Los datos del equilibrio proceden de cuatro fibras nerviosas de dos animales. Con esa muestra, Gualtierotti y Bracchi concluyeron en 1972 que el órgano del equilibrio se adapta a la ingravidez. También escribieron que la gravedad artificial quizá no hiciera falta en misiones largas.
Además, las fuentes de la NASA no coinciden sobre el final del vuelo. El informe de 1972 y la descripción de la ficha dicen que todos los cambios se normalizaron en las últimas 10 a 20 horas. El resumen de resultados de esa misma ficha sostiene lo contrario para la respuesta a la centrífuga.
Después subieron a la órbita otros animales, desde las abejas melíferas del Challenger hasta las arañas que usaron la luz para orientarse. Y el mareo de los astronautas sigue en estudio.
En junio de 2025, un ensayo con 42 voluntarios publicado en npj Microgravity simuló el amerizaje de una cápsula. El 90 % de quienes veían su movimiento con un segundo de antelación aguantó una hora de oleaje, frente al 33 % de quienes no las recibieron. Se hizo con personas en tierra, así que no confirma ni desmiente lo que registraron las ranas toro.
Imagen: NASA









