Un estudiante propuso enviar unas 3.300 abejas melíferas al espacio en el transbordador Challenger y lo que construyeron en microgravedad dejó a los científicos con una pregunta que sigue abierta

Adrian Villellas
Publicado el 28 de octubre de 2026 a las 18:46
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El astronauta James van Hoften sostiene la caja de aluminio con las abejas melíferas a bordo del transbordador Challenger en 1984

El 6 de abril de 1984, el transbordador Challenger despegó con cinco astronautas y miles de pasajeras poco habituales. Eran abejas melíferas y tenían una tarea que los investigadores querían observar de cerca. Durante aquella misión de siete días construyeron unos 200 centímetros cuadrados de panal en microgravedad.

El experimento permitió comprobar que podían mantener parte de su actividad fuera de las condiciones habituales de la Tierra. Pero el resultado tenía matices, desde diferencias en la orientación de las celdas hasta unos huevos que no llegaron a eclosionar. Construir un panal era un logro, aunque no resolvía todas las preguntas sobre su supervivencia en el espacio.

Una colmena a bordo

El dossier previo de la NASA estimaba la colonia en unas 3.300 abejas. Viajaron en la misión STS-41C, que también llevó a cabo la recuperación y reparación en órbita del satélite Solar Maximum Mission, dedicado al estudio del Sol.

El astronauta George Nelson llega con la unidad de maniobra MMU al satélite Solar Maximum Mission durante la misión STS-41C
George Nelson, con la unidad de maniobra tripulada, llega al satélite Solar Maximum Mission durante la misión STS-41C, en abril de 1984. (Foto: NASA)

La propuesta sobre las abejas partió del estudiante Dan Poskevich y se integró en un programa de experimentos estudiantiles. Su pregunta era concreta. ¿Cambiarían el tamaño, la forma o las paredes de las celdas al construir en un entorno donde no sentían su peso como en tierra?

Para comprobarlo se preparó un recinto con marcos donde levantar el panal, alimento y sistemas de iluminación y control térmico. También se dispuso un grupo de comparación en tierra. Así, los investigadores podían estudiar las construcciones y buscar diferencias entre ambos entornos.

Moverse sin sentir el peso

Hablar de microgravedad no significa que la gravedad terrestre hubiera desaparecido. El transbordador y su contenido estaban en caída libre alrededor de la Tierra, lo que producía esa situación de aparente ingravidez. Es la misma razón por la que vemos flotar a los astronautas dentro de una nave.

Para las abejas, acostumbradas a desplazarse entre superficies y flores, aquel cambio suponía un reto. Las observaciones recogieron desorientación y choques durante los intentos de vuelo, seguidos de movimientos más controlados conforme avanzó la misión. Conseguir desplazarse era una parte del problema, pero quedaba otra tarea por resolver.

Un panal con diferencias

La colonia construyó cerca de 200 centímetros cuadrados de panal, una superficie equivalente a un rectángulo de 10 por 20 centímetros. Puede parecer poco sobre una mesa de cocina, pero permitió estudiar cómo construían estos insectos bajo unas condiciones muy distintas.

El análisis encontró dimensiones y grosores de las paredes similares a los de los panales terrestres, aunque la orientación de las celdas mostró diferencias. Las abejas también almacenaron jarabe azucarado en la estructura. Por tanto, aquel panal servía para algo más que mostrar una forma reconocible.

Los huevos de la reina

La reina puso aproximadamente 35 huevos en las celdas nuevas. Sin embargo, no eclosionaron después del regreso y del traslado a una colmena terrestre. La puesta fue un resultado relevante, pero no demostraba que la colonia pudiera completar su reproducción en el espacio.

Tampoco permite afirmar, por sí sola, que la microgravedad causara ese desenlace. Para el lector, la distinción es sencilla. Poner huevos, lograr que nazcan nuevas abejas y mantener una colonia durante meses son resultados distintos, y este viaje no resolvió todos ellos.

Lo que faltaba comprobar

«No pudimos repetir estos experimentos», reconocieron los autores, que también señalaron la posible experiencia previa de las obreras construyendo panales. Además, el grupo de control en tierra estuvo sometido a temperaturas más bajas, lo que dificultaba la comparación. Son límites importantes para interpretar el ensayo.

En la práctica, los resultados muestran lo que consiguió aquella colonia durante una estancia breve y dentro de un recinto preparado para mantenerla. Extrapolarlo a otras colonias o a viajes mucho más largos exigiría nuevas pruebas. Una semana ofrece pistas, pero no responde a todas las preguntas.

Una pregunta todavía abierta

Una revisión científica publicada en julio de 2025 volvió a examinar los trabajos sobre insectos en microgravedad, incluido este experimento. Sus autores describen una evidencia todavía escasa y fragmentada. También señalan que las respuestas varían entre especies y que faltan datos sobre los efectos a largo plazo.

El interés va más allá de una anécdota espacial, porque estas investigaciones ayudan a valorar qué organismos podrían formar parte de futuros sistemas de alimentación fuera de la Tierra. Pero construir un panal durante unos días no equivale a disponer de una colonia autosuficiente. Esa distancia entre lo observado y lo que falta comprobar sigue marcando la investigación.

El estudio original se publicó en Apidologie en 1985. La revisión científica de 2025 ha sido publicada en Frontiers in Physiology.

Foto: NASA

Adrian Villellas

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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