Un agujero de unos 60 por 90 centímetros permitió al MIT probar una forma de comunicarse bajo el hielo ártico. Investigadores de su Laboratorio Lincoln introdujeron un robot submarino a través de una capa de 1,1 metros y consiguieron transmitir datos hacia la superficie mediante campos magnéticos, a unos 1,2 kilobytes por segundo.
La prueba se realizó en abril de 2026 cerca de Utqiaġvik, en Alaska, según la información publicada por MIT News en septiembre. Es un primer paso hacia redes de sensores que podrían estudiar el hielo y los sonidos submarinos con menos desplazamientos humanos sobre una superficie difícil y peligrosa.
Un módem bajo el hielo
El vehículo llevaba la parte sumergida de un módem desarrollado por la empresa noruega Havguard. Su transmisor magnetoinductivo enviaba información a un receptor colocado encima del hielo, mientras un sistema de sonar permitía seguir la velocidad y la dirección del robot.
¿Por qué recurrir a campos magnéticos? El agua salada debilita rápidamente las señales de radio empleadas en muchas comunicaciones habituales, de modo que trasladar al océano una conexión como las que usamos en tierra resulta complicado. El equipo probó esta alternativa en condiciones reales del Ártico.
La velocidad puede parecer pequeña frente a la conexión de casa, pero aquí se trataba de comprobar si los datos conseguían atravesar el hielo. El resultado corresponde a un prototipo inicial y a datos de prueba. Todavía queda trabajo para convertirlo en una herramienta de observación continua.
Escuchar un hielo que cambia
Bajo esa superficie se mezclan el crujido del hielo, las vocalizaciones de mamíferos marinos y el ruido de los motores de los barcos. Separar unas señales de otras ayudaría a interpretar mejor lo que ocurre en un entorno donde observar directamente no siempre es posible.
En 2024, los investigadores ya habían recogido sonidos de mamíferos marinos con sensores comerciales durante la operación Ice Camp de la Armada estadounidense. En marzo de 2026 regresaron con un geófono de mayor fidelidad, un instrumento que detecta las vibraciones que viajan por el hielo.
“Nos interesan las cosas que producen sonido bajo el hielo”, explica el investigador Ben Evans. El equipo quiere comprender cómo se propagan esas señales y distinguir sus diferentes fuentes, un conocimiento que podría contribuir a estudiar las fracturas y mejorar la información disponible para las comunidades costeras.
Más barcos, más observación
La actividad marítima añade contexto a esta investigación. Según el Consejo Ártico, en 2025 entraron 1.812 buques distintos en la zona ártica delimitada por el Código Polar, un 40 % más que en 2013. La distancia total recorrida aumentó un 95 % durante ese periodo.
Estos datos describen el tráfico, pero no miden por sí solos cuánto ha aumentado el ruido submarino. Precisamente por eso hacen falta observaciones sobre el terreno que permitan conocer el paisaje sonoro. El proyecto del MIT combina ese interés científico con aplicaciones de vigilancia marítima y defensa.
Cuando el tiempo manda
La campaña de marzo mostró hasta qué punto investigar allí depende del tiempo. Las ventiscas retrasaron una semana la llegada al campamento y, una vez dentro, pasaron otros cinco días sin vuelos. Los investigadores solo pudieron desplegar aproximadamente una cuarta parte de los sensores previstos antes de recibir la orden de regresar al refugio.

Las temperaturas rondaban los 32 grados bajo cero y las rachas de viento alcanzaban unos 64 kilómetros por hora. La nieve levantada por el viento amenazaba con borrar las huellas del trayecto de vuelta. En esas condiciones, recuperar un aparato deja de ser una tarea rutinaria.
El ensayo del módem se trasladó después a una laguna de Utqiaġvik, con apoyo de UIC Science. Allí trabajaron sobre hielo anclado a la costa o al fondo, distinto de la placa a la deriva donde se instaló Ice Camp. Esa diferencia importa al valorar dónde se ha probado realmente el sistema.
Lo que falta por resolver
La resistencia del equipo también cuenta. En una actualización publicada el 25 de septiembre, el Laboratorio Lincoln explicó que David Whelihan fabricó una carcasa mediante impresión 3D para proteger la parte del módem situada sobre el hielo, combinando plástico rígido y flexible para soportar esfuerzos sin agrietarse.
De cara a Ice Camp 2028, el grupo prevé ensayar sensores que puedan lanzarse desde el aire y mejorar la integración del módem. En futuras versiones, los datos podrían salir del Ártico mediante drones o satélites. Esa conexión completa sigue siendo una posibilidad de desarrollo.
La meta es que las mediciones dependan menos de que una persona pueda llegar hasta cada sensor. Los resultados del ensayo se publicaron en MIT News el 4 de septiembre de 2026, y la actualización sobre la protección del equipo apareció el 25 de septiembre en la web oficial del Laboratorio Lincoln.
Foto: Dave Whelihan / MIT Lincoln Laboratory









