Los biólogos ponen el grito en el cielo: las ballenas de Gibraltar «ya no pueden gritar más» por el insoportable ruido de los barcos de la zona

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Publicado el: 24 de mayo de 2026 a las 12:43
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Dos calderones de aleta larga nadando en el Estrecho de Gibraltar afectados por el ruido de los barcos.

Más de 60.000 barcos cruzan cada año el Estrecho de Gibraltar. Es una de las rutas marítimas más transitadas del planeta y, bajo esa autopista de agua, vive una población de unos 250 calderones de aleta larga, también conocidos como ballenas piloto, que está considerada en peligro crítico. Para estos cetáceos sociales, el problema no es solo esquivar cascos de acero. Es hacerse oír.

Un nuevo estudio internacional, liderado por Milou Hegeman y Frants H. Jensen, de la Universidad de Aarhus, concluye que los calderones elevan el volumen de sus llamadas cuando aumenta el ruido de los buques, pero solo lo consiguen a medias. Las señales más importantes para reencontrarse con el grupo ya se emiten al máximo de su capacidad. Dicho de forma sencilla, el Estrecho se ha vuelto tan ruidoso que algunas ballenas ya no pueden «gritar» más.

El Estrecho no se calla

El Estrecho conecta el Atlántico con el Mediterráneo y sostiene una parte importante del tráfico marítimo. Allí pasan mercantes, ferris, barcos de recreo y embarcaciones de avistamiento. Desde fuera puede parecer solo movimiento en superficie, pero bajo el agua cada motor deja una huella sonora.

Para un calderón, el sonido no es un detalle. Es una forma de orientarse, mantener unido al grupo, buscar comida y encontrar pareja. Si el ruido tapa esas señales, el mar deja de ser un espacio abierto y se parece más a intentar hablar en medio de un atasco de camiones. Y eso se nota.

Cómo se escuchó a los calderones

Entre 2012 y 2015, Frants Jensen y su equipo salieron al Estrecho a bordo del buque de investigación Elsa. Con una pértiga de 6 metros colocaron grabadores con ventosas en 23 calderones, que registraban movimiento, profundidad y ruido submarino antes de soltarse y flotar unas 24 horas después.

Después llegó la parte lenta. Los científicos revisaron 1432 llamadas y las agruparon en cuatro tipos, mientras que el análisis principal del artículo trabajó con 1336 llamadas de 18 individuos marcados en grupos sociales pequeños. Esta diferencia importa, porque muestra que no se trata de una escucha casual, sino de un seguimiento fino de animales concretos.

Cuatro formas de llamar

El equipo distinguió llamadas de baja frecuencia, llamadas cortas y pulsadas, llamadas de alta frecuencia y llamadas de dos componentes. Las de baja frecuencia y las de dos componentes parecen especialmente útiles porque viajan más lejos y ayudan a los animales a reencontrarse con su manada. No son simples ruidos.

Estas señales cobran importancia después de las inmersiones profundas en busca de alimento. Cuando un calderón vuelve a la superficie, necesita localizar a los suyos en un paisaje sonoro saturado. ¿Qué ocurre si la llamada no llega lo bastante lejos? El grupo puede quedar más fragmentado justo cuando más necesita coordinarse.

Gritan, pero no basta

El estudio describe una respuesta conocida como efecto Lombard. Es lo que hacemos muchos cuando subimos la voz en un bar lleno, aunque la música siga comiéndose media conversación. En los calderones, el aumento fue de 0,50 ± 0,04 decibelios por cada decibelio adicional de ruido, una compensación clara, pero parcial.

El ruido de fondo registrado osciló entre 79 y 144 decibelios, comparable según la nota de prensa con un restaurante ruidoso o con estar cerca de una aspiradora. Las llamadas de los animales alcanzaron entre 94 y 160 decibelios. El problema es que las señales de mayor alcance, precisamente las más útiles para reunirse, ya estaban en su techo biológico.

El riesgo de perderse

«El aumento del ruido reduce el alcance efectivo de la comunicación», explicó Jensen. En la práctica, esto significa que dos animales que antes podían oírse a cierta distancia ahora necesitan estar más cerca. No es poca cosa en una especie social que caza, se mueve y cría en grupo.

Con una población local de unos 250 ejemplares, cualquier pérdida de contacto puede pesar más. Los investigadores advierten de que el ruido puede complicar el reencuentro tras las inmersiones y la búsqueda de pareja en otros grupos. No es un golpe visible como un vertido, pero puede actuar como una barrera invisible. Día tras día.

Un impacto que no se ve

La contaminación acústica marina tiene una dificultad añadida. No deja una mancha en la costa, ni una montaña de plástico sobre la arena. Pero la Unión Europea considera el ruido antropogénico como un contaminante marino, y el nuevo trabajo recuerda que puede interferir con funciones ecológicas mediadas por señales acústicas.

Michel André, director del Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas de la Universidad Politécnica de Cataluña, valoró en SMC España que «el artículo es de buena calidad» y que sus conclusiones son prudentes. También recordó que el ruido en el mar afecta «a todos los eslabones de la cadena trófica». Su matiz es importante, porque los autores no han medido directamente cuánta señal se pierde ni si ese enmascaramiento reduce la distancia entre individuos.

Qué puede cambiar

El estudio no propone una receta única, pero sí apunta a una idea muy concreta. Si el ruido humano reduce el alcance de las llamadas, gestionar mejor las actividades humanas en zonas sensibles deja de ser un detalle ambiental y pasa a ser una medida de supervivencia. En el fondo, se trata de bajar el volumen de nuestra presencia en el mar.

Eso puede significar revisar rutas, velocidades, horarios o tecnologías más silenciosas allí donde la presión sea mayor. No se trata de apagar el comercio marítimo de un día para otro. Se trata de reconocer que el mar también tiene límites, aunque no los veamos desde cubierta.

Una advertencia desde el fondo

Los calderones del Estrecho están haciendo lo que pueden. Han subido la voz, han ajustado sus llamadas y han llevado algunas señales al máximo de su capacidad. Pero la biología tiene un techo, y los motores no dejan de sonar.

Si una especie necesita gritar para no perder a su grupo, el problema no está en su manera de comunicarse. Está en el ruido que hemos metido en su casa.

El estudio completo, titulado «Vocal compensation to noise in long-finned pilot whales (Globicephala melas)», ha sido publicado en Journal of Experimental Biology.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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