El Gran Colisionador de Hadrones del CERN, más conocido como LHC, ha quedado apagado para entrar en una parada técnica que durará varios años. No es una avería ni un adiós definitivo. Es la mayor modernización del acelerador desde su construcción, una intervención pensada para preparar la máquina de física de partículas más famosa del mundo para una nueva etapa.
La noticia tiene una lectura científica evidente, pero también otra energética. Mientras se desmontan y sustituyen piezas bajo tierra, parte del calor que genera el sistema del LHC seguirá aprovechándose para calentar edificios en Ferney-Voltaire, una localidad francesa cercana. ¿Qué significa esto en la práctica? Que incluso una instalación enorme, cara y compleja puede enseñarnos algo muy sencillo, desperdiciar energía empieza a ser cada vez más difícil de justificar.
Qué ha apagado realmente el CERN
El LHC es un anillo de 27 kilómetros de imanes superconductores situado en la frontera franco-suiza, cerca de Ginebra. El propio CERN lo describe como un acelerador instalado en un túnel a unos 100 metros bajo tierra, aunque la infraestructura subterránea del laboratorio llega en otros puntos a profundidades de entre 50 y 175 metros. Conviene matizarlo, porque no es exactamente lo mismo.
Este matiz importa, porque no todo el CERN se ha cerrado. Lo que comienza ahora es el Long Shutdown 3, una parada larga de mantenimiento, consolidación, mejoras e instalación de nuevos equipos. En otras palabras, no habrá haces de partículas circulando en el LHC, pero el laboratorio seguirá trabajando.
Por qué lo paran durante cuatro años
El objetivo principal es transformar el LHC en el High-Luminosity LHC, una versión de alta luminosidad prevista para comenzar a operar en 2030. Según el CERN, esta nueva fase aumentará la luminosidad del colisionador hasta diez veces por encima de su diseño original.
Dicho de forma sencilla, la luminosidad mide cuántas colisiones útiles pueden producirse. No se trata solo de «ir más rápido», sino de conseguir muchos más choques entre partículas para obtener más datos. Y cuantos más datos hay, más opciones tienen los físicos de detectar procesos raros que ahora se escapan entre el ruido.
La obra invisible bajo tierra
La intervención será enorme. El CERN calcula que solo en el LHC se retirarán y sustituirán 1,2 kilómetros de imanes y componentes para instalar el nuevo equipo del HiLumi LHC. Jean-Philippe Tock, responsable del equipo de coordinación de LS3, lo resume como «una enorme y compleja tarea logística y de ingeniería».
La reforma también afectará a los grandes experimentos ATLAS y CMS. Estos detectores tendrán que pasar de gestionar unas 60 colisiones protón-protón por cruce de paquetes a entre 140 y 200, y seleccionar los sucesos más interesantes entre más de cinco mil millones de interacciones por segundo. Suena exagerado, pero esa es la escala real del reto.
El detalle ecológico
El LHC no es precisamente una instalación pequeña en términos energéticos. El CERN indica que el consumo total del LHC, sus experimentos y servicios generales ronda los 600 GWh al año, con un máximo de 695 GWh en 2024. La cifra coloca el debate en un terreno incómodo, porque la ciencia puntera también tiene factura eléctrica. Y eso se nota.
Pero ahí aparece una parte menos conocida. Desde enero de 2026, el calor recuperado del sistema de refrigeración del LHC alimenta una red de calefacción para una nueva zona residencial y comercial de Ferney-Voltaire. El CERN señala que esta red debería suministrar el equivalente a varios miles de viviendas y evitar miles de toneladas de CO2 al reducir el uso de fuentes tradicionales como el gas.
El sistema funciona con dos intercambiadores de calor de 5 MW. Durante la parada larga, algunas instalaciones del Punto 8 seguirán necesitando refrigeración, por lo que el CERN prevé aportar entre 1 y 5 MW de calor a la red, salvo durante un total de cinco meses repartidos a lo largo de varios años. No convierte al acelerador en una fuente renovable. Pero aprovechar calor que antes se perdía a la atmósfera no es poca cosa.
Qué seguirá pasando hasta 2030
Aunque no circulen haces de partículas, la actividad científica no se detiene. Miles de investigadores seguirán analizando los grandes conjuntos de datos acumulados durante las etapas anteriores del LHC. Muchas veces, los descubrimientos no llegan en el momento del choque, sino años después, cuando alguien encuentra una señal pequeña en una montaña de información.
El calendario oficial habla de un reinicio gradual del complejo de aceleradores a partir de 2028. La nueva fase del High-Luminosity LHC está prevista para 2030. Si todo encaja, la máquina seguirá funcionando al menos otra década.
Por qué importa fuera de la física
El LHC es famoso por el bosón de Higgs, anunciado en 2012 por las colaboraciones ATLAS y CMS. Pero su trabajo también toca preguntas que siguen abiertas, como la materia oscura, la diferencia entre materia y antimateria o las condiciones del universo primitivo. Puede sonar lejano. Lo es, en parte.
A cambio, la tecnología que rodea a estas máquinas deja aprendizajes muy terrenales. Refrigeración extrema, gestión de datos, imanes superconductores, recuperación de calor y eficiencia energética son piezas de una misma historia. En el fondo, la pregunta no es solo qué busca el CERN bajo tierra, sino cómo se puede investigar mejor sin perder de vista el impacto de hacerlo.
Lo que hay que tener claro
El cierre del LHC no significa que el CERN haya parado por un fallo ni que se haya apagado para siempre. Es una parada planificada para convertirlo en una máquina capaz de producir más colisiones y datos a partir de 2030. El reloj corre despacio en la física de partículas, pero cada pieza que se cambia ahora puede decidir lo que se descubra en la próxima década.
El comunicado oficial sobre la entrada del LHC en el Long Shutdown 3 ha sido publicado por el CERN.



