Ciencia

La Vía Láctea viaja a 600 kilómetros por segundo hacia un misterioso punto del universo escondido detrás de nuestra propia galaxia, y los astrónomos no pueden verlo directamente

La Vía Láctea viaja a 600 km/s hacia el Gran Atractor y un nuevo estudio revela un misterio aún mayor del universo.

La Vía Láctea viaja a 600 kilómetros por segundo hacia un misterioso punto del universo escondido detrás de nuestra propia galaxia, y los astrónomos no pueden verlo directamente

La Vía Láctea no está quieta. Nuestro vecindario galáctico se mueve a una velocidad enorme respecto al fondo cósmico de microondas, una especie de «eco» del universo primitivo que sirve como referencia para medir estos desplazamientos. Los datos clásicos del satélite COBE situaron la velocidad del Grupo Local, donde está nuestra galaxia, en 627 km/s con un margen de error de 22 km/s. No es poca cosa.

Ese movimiento suele resumirse diciendo que vamos hacia el Gran Atractor, una región del espacio con una concentración enorme de masa y todavía difícil de observar. Pero aquí viene el matiz importante. No hablamos de un agujero negro gigante, ni de una amenaza para la Tierra, ni de un destino al que vayamos a llegar como quien entra en una estación. La historia real es más interesante.

Un tirón que no se ve

El Gran Atractor es una región de atracción gravitatoria situada en la dirección de las constelaciones de Norma y Triangulum Australe. La NASA lo relaciona con el cúmulo de Norma, situado a unos 220 millones de años luz, una de las grandes concentraciones de galaxias más cercanas a la Vía Láctea.

El problema es que mirar hacia allí no es fácil. Desde la Tierra, esa zona queda detrás del plano de nuestra propia galaxia. Es como intentar ver una calle lejana desde una habitación llena de luces, polvo y humo. Los telescopios ópticos se encuentran con estrellas brillantes y nubes de polvo que tapan gran parte del fondo.

Por eso los astrónomos recurren a observaciones en infrarrojo, radio y rayos X. No ven el Gran Atractor como se ve una galaxia en una fotografía bonita, pero sí detectan su efecto. Las galaxias de alrededor se mueven de una forma que revela que hay mucha masa tirando de ellas. Y ahí empieza el misterio.

De dónde salen los 600 km/s

La cifra de 600 km/s no significa que la Vía Láctea esté atravesando el espacio hacia un punto fijo como una nave en una carretera. Significa que el Grupo Local se mueve respecto al fondo cósmico de microondas. Esa señal aparece como una pequeña diferencia de temperatura en el cielo, causada por nuestro propio movimiento.

Los astrónomos llaman a este tipo de movimiento «velocidad peculiar». Es el desplazamiento que queda cuando se descuenta la expansión general del universo. Dicho de forma sencilla, el universo se expande por un lado y las galaxias también sienten tirones locales por la gravedad de grandes estructuras. Las dos cosas ocurren a la vez.

El interés por este flujo cósmico se disparó en los años ochenta. El grupo conocido como los «Siete Samuráis» analizó unas 400 galaxias elípticas y encontró señales de un gran movimiento a gran escala. Aquello ayudó a poner sobre la mesa la idea del Gran Atractor como una pieza clave del mapa cercano del universo.

Laniakea cambió el mapa

En 2014 llegó un paso importante. R. Brent Tully, Hélène Courtois, Yehuda Hoffman y Daniel Pomarède publicaron en Nature un trabajo que redefinía nuestro vecindario cósmico. La Vía Láctea no era solo parte del Grupo Local y del entorno de Virgo, sino de una estructura mucho mayor llamada Laniakea.

Laniakea se describió como una cuenca de atracción. La imagen es sencilla. Si la gravedad fuera un paisaje, las galaxias se moverían como agua que baja por pendientes hacia valles más profundos. En ese mapa, muchas corrientes parecían dirigirse hacia la región del Gran Atractor.

La escala impresiona. El trabajo de Nature habla de una estructura de 160 megapársecs de extensión, con una masa aproximada de 10^17 masas solares y unas 100 000 grandes galaxias. Para situarlo en la cabeza, nuestra Vía Láctea es solo una pequeña ciudad en un país cósmico gigantesco.

La última pieza apunta a Shapley

La historia no se quedó ahí. En 2024, un estudio publicado en Nature Astronomy actualizó el mapa utilizando datos de Cosmicflows-4, con unas 38 000 agrupaciones de galaxias. El objetivo era reconstruir mejor las grandes cuencas de atracción del universo local.

El resultado añade un giro. Según ese trabajo, los datos muestran una ligera preferencia probabilística por que Laniakea forme parte de una cuenca aún mayor asociada a Shapley. En otras palabras, el Gran Atractor no desaparece del mapa, pero quizá no sea la última parada de la cadena gravitatoria.

La Universidad de Hawái explicó este avance con una cifra llamativa. Nuestro vecindario cósmico podría tener un 60% de probabilidad de pertenecer a una estructura más grande, quizá hasta diez veces mayor en volumen que Laniakea, centrada en la concentración de Shapley. El mapa se está haciendo más grande.

Por qué quizá nunca lleguemos

La pregunta lógica es clara. Si algo nos atrae, ¿acabaremos llegando? La respuesta corta es que no necesariamente. En el universo, la gravedad compite con la expansión del espacio, y en escalas tan enormes esa expansión puede cambiar por completo el final de la película.

Un trabajo de 2015 sobre la definición física de los supercúmulos concluyó que Laniakea no constituye una sobredensidad significativa que vaya a colapsar en el futuro. Según ese análisis, tendería a dispersarse con la expansión cósmica. Esto no borra el tirón actual, pero sí evita imaginar un choque final inevitable.

En la práctica, esto significa que la Vía Láctea puede estar moviéndose dentro de una corriente gravitatoria real y, aun así, no terminar «cayendo» en el Gran Atractor. Parece contradictorio, pero no lo es. A estas escalas, el universo no funciona como una bola rodando por una mesa, sino como una red que también se está estirando.

Lo que hay que tener claro

El Gran Atractor no es una amenaza para la Tierra. Tampoco es el centro del universo. Es una región de gran influencia gravitatoria dentro de una red inmensa de galaxias, filamentos y vacíos. Lo fascinante no es el miedo, sino la precisión con la que los astrónomos están reconstruyendo un mapa que no podemos ver directamente.

También conviene recordar otra cosa. Cuando se dice que viajamos a 600 km/s, no hay que imaginar viento, ruido o sacudidas. No se nota, igual que no notamos la Tierra girando bajo nuestros pies mientras caminamos por la calle. La escala es tan grande que la intuición se queda corta.

El estudio más reciente que actualiza esta imagen del vecindario cósmico ha sido publicado en Nature Astronomy.

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