Durante mucho tiempo, la Vía Láctea se ha contado casi como una historia de crecimiento continuo. Primero gas, después estrellas, más tarde un gran disco giratorio y, con los años, pequeñas galaxias absorbidas por el camino. Pero un nuevo estudio liderado desde España añade un giro mucho más violento a esa narración.
La conclusión principal es llamativa, aunque conviene decirla con cuidado. La Vía Láctea no fue «destruida» por completo, pero su primer disco estelar sí pudo quedar parcial o casi totalmente borrado por una gran colisión hace unos 11.000 millones de años. Después, nuestra galaxia habría tenido que recomponerse y recuperar su forma ordenada de disco. No es poca cosa.
Un golpe en la juventud galáctica
El trabajo ha sido realizado por Matthew D. A. Orkney y Chervin F. P. Laporte, investigadores vinculados al Instituto de Ciencias del Cosmos de la Universidad de Barcelona (ICCUB), el Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC) y centros internacionales. La investigación se publicó en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society el 7 de mayo de 2026.
La clave está en el disco de la Vía Láctea, esa enorme estructura aplanada donde se encuentran la mayoría de sus estrellas, incluido el Sol. Este disco gira a más de 220 kilómetros por segundo, una velocidad difícil de imaginar desde aquí abajo, donde bastante tenemos con entender el tráfico de una ciudad en hora punta.
Los astrónomos llevan años intentando saber cuándo empezó ese giro ordenado. Ese momento se conoce como «spin-up», que podríamos traducir como el instante en el que la galaxia empieza a comportarse como un disco rotatorio coherente.
La pista de Gaia
El gran sospechoso de esta sacudida es Gaia-Sausage-Enceladus (GSE), una galaxia más pequeña que acabó fusionándose con la joven Vía Láctea. Su huella se detectó gracias a la misión Gaia, que encontró estrellas con movimientos y composiciones extrañas, distintas a las que cabría esperar si hubieran nacido tranquilamente dentro de nuestra galaxia.
En la práctica, esas estrellas funcionan como restos de un accidente antiguo. No vemos el choque directamente, porque ocurrió cuando el universo era muy joven, pero sí vemos las marcas que dejó en las órbitas, en la química y en la distribución de algunas poblaciones estelares.
El nuevo análisis sitúa esa gran fusión hace alrededor de 11.000 millones de años. Es una fecha más temprana que muchas estimaciones anteriores y cambia la forma de leer la historia de la Vía Láctea.
La galaxia se rehízo
Para llegar a esta conclusión, los autores utilizaron las simulaciones cosmológicas Auriga. Son modelos numéricos que reproducen la formación y evolución de galaxias parecidas a la Vía Láctea durante unos 13.500 millones de años, desde una fase muy temprana del universo hasta la actualidad.
Estas simulaciones muestran algo importante. Los discos giratorios pueden formarse antes de lo que se pensaba, pero también pueden quedar muy alterados por colisiones violentas. Por eso, el giro que observamos hoy no tiene por qué marcar el nacimiento original del disco, sino el momento en el que la galaxia logró recuperarse tras el impacto.
Dicho de otra forma, la Vía Láctea pudo tener una estructura de disco muy antigua, perder buena parte de ese orden durante la fusión con GSE y después reconstruirlo. Es como mirar una casa ya restaurada y pensar que siempre estuvo así, sin ver las grietas que tuvo en el pasado.
Un estallido de estrellas
El choque no solo habría desordenado estrellas. También pudo comprimir enormes reservas de gas y desencadenar una etapa de formación estelar muy intensa. En astronomía, estos episodios se conocen como «starburst», un brote de nacimiento de estrellas.
Los autores relacionan ese episodio con la aparición de cúmulos globulares, grupos muy densos de estrellas antiguas que sirven como fósiles cósmicos. En el estudio, esa población asociada al estallido recibe el nombre de Tainá.
«Esta es la primera vez que se establece esta conexión», explicó Laporte al hablar del vínculo entre el impacto, el aumento de la formación estelar y los cúmulos globulares. La frase es breve, pero resume bien el alcance del hallazgo.
No fue el fin de todo
Aquí conviene frenar el entusiasmo. El estudio no afirma que la Vía Láctea desapareciera como galaxia. Lo que propone es que una colisión importante pudo borrar o alterar de forma profunda su primer disco estelar.
Además, los datos sugieren que GSE no pudo ser una fusión mayor en sentido estricto. El artículo indica que la firma cinemática del disco antiguo sobrevivió hasta hoy y que el choque encaja mejor con una fusión menor, con una relación de masa inferior a 1:4.
Eso significa que la galaxia intrusa era más pequeña que la Vía Láctea primitiva, aunque lo bastante grande como para dejar una cicatriz enorme. Según la explicación del LIRA del Observatorio de París, Gaia-Sausage-Enceladus pudo tener entre una décima y una cuarta parte de la masa de la joven Vía Láctea.
Mirar al pasado sin viajar
El problema de estudiar nuestra galaxia es evidente. Estamos dentro de ella. No podemos alejarnos miles de millones de años luz para verla de frente ni viajar al pasado para observar su juventud.
Por eso, los científicos combinan tres herramientas. Una es Gaia, que mide posiciones y movimientos de estrellas con enorme precisión. Otra son las simulaciones, que permiten probar escenarios distintos. Y la tercera es la observación de galaxias lejanas con instrumentos como el telescopio espacial James Webb y ALMA, donde se ven procesos parecidos en pleno desarrollo.
Orkney resume el fondo del asunto al señalar que la estructura galáctica y las colisiones antiguas «deben entenderse en conjunto». Y ahí está el cambio de mirada. La Vía Láctea no es solo un disco bonito y estable en el cielo nocturno, sino el resultado de golpes, pérdidas y reconstrucciones.
Una nueva historia de la Vía Láctea
Este estudio no cierra el debate, pero sí coloca una pieza importante en el rompecabezas. La Vía Láctea pudo empezar a girar de forma ordenada muy pronto, sufrir después una colisión decisiva y recuperar más tarde la arquitectura que vemos hoy.
La imagen final es más turbulenta y, quizá por eso, más interesante. Nuestro Sistema Solar nació mucho después de aquella sacudida, en una galaxia que ya había sobrevivido a uno de sus episodios más duros.
El estudio completo ha sido publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.









