Europa tiene un problema que ya no se mide solo en emisiones. También se mide en barcos cargados de gas, petróleo importado y precios que suben cuando el mundo se pone nervioso. El nuevo informe de Moeve y PwC sostiene que las llamadas moléculas verdes podrían reducir a la mitad la dependencia energética exterior de la Unión Europea en 2040, bajándola del 57% registrado en 2024 al 28%.
La conclusión coloca a España en una posición poco habitual. No como espectadora, sino como una pieza central. La Península Ibérica tiene sol, viento, puertos, industria y una red de proyectos que pueden convertir electricidad renovable en combustibles limpios para aviones, barcos, fábricas y camiones pesados. Pero hay una condición clara. Hace falta escalar rápido y hacerlo bien.
Qué son estas moléculas
Las moléculas verdes son combustibles y materias primas producidas con recursos renovables. En este grupo entran el hidrógeno renovable, sus derivados como el amoniaco o el metanol, los biocombustibles de segunda generación y el biometano. Dicho de forma sencilla, son energía limpia en forma de combustible.
¿Por qué importan tanto si ya existen placas solares y aerogeneradores? Porque no todo se puede electrificar con facilidad. Un coche puede cargar una batería, pero un buque que cruza océanos o un avión de largo recorrido necesita mucha energía concentrada en poco espacio.
Ahí entra esta solución. No sustituye a la electrificación, la complementa. En la práctica, sirve para esos sectores donde enchufar no basta, como la aviación, el transporte marítimo, la química, la siderurgia o parte del transporte pesado.
El dato clave
Según el informe, para 2040 las moléculas verdes podrían sustituir entre el 20% y el 40% de la demanda actual de combustibles fósiles en Europa. Para 2050, Moeve prevé que estas energías representen entre el 25% y el 33% del mix energético europeo. No es poca cosa.
El debate, por tanto, no va solo de clima. Va también de seguridad de suministro. La propia Unión Europea tiene fijada en su legislación climática la reducción de emisiones netas en al menos un 55% para 2030, un 90% para 2040 y la neutralidad climática para 2050.
En el fondo, lo que busca Europa es no depender tanto de combustibles fósiles comprados fuera. Y eso se entiende muy bien cuando una crisis internacional termina llegando a la factura de la luz, al precio del transporte o al coste de producir alimentos.
España gana peso
España aparece en el informe como uno de los países mejor colocados para liderar esta carrera. La razón principal es su capacidad renovable y el coste competitivo de su electricidad. En la comparativa de precios de energía solar y eólica, España figura con 38 euros por MWh en solar y 66 euros por MWh en eólica.
Eso importa porque producir hidrógeno verde necesita mucha electricidad renovable. Cuanto más barata y abundante sea, más opciones hay de fabricar combustibles sostenibles a precios competitivos. Aquí el sol no es solo paisaje. También puede ser industria.
El informe también reconoce a España como líder europeo en cartera de proyectos Power to Hydrogen y sitúa a Iberia con una previsión de 0,39 millones de toneladas anuales de hidrógeno renovable en 2030. La cifra está vinculada a 3 GW en España y 0,9 GW en Portugal.
Barcos y aviones
Uno de los ejemplos más fáciles de entender está en el transporte marítimo. Traer unas zapatillas desde Asia usando moléculas verdes tendría un coste añadido de unos 50 céntimos por par, según el informe. Para el consumidor, el impacto sería pequeño. Para las emisiones, el cambio puede ser grande.
En aviación ocurre algo parecido. El SAF, o combustible sostenible de aviación, puede incorporarse sin modificar los motores y reducir hasta un 90% las emisiones de CO₂ frente a combustibles tradicionales, según el análisis de Moeve y PwC.
Esa parte es clave para el viajero. El avión despega igual, el embarque sigue siendo el mismo y no hay que cambiar la forma de volar. Como recoge la información facilitada, desde World2Meet apuntan que los clientes no notan más ruido ni más vibraciones con estos combustibles.
La parte difícil
El problema es que estos combustibles todavía son más caros. El informe habla del llamado «green premium», ese sobrecoste inicial que aparece cuando una tecnología limpia aún no ha alcanzado suficiente escala. En algunos casos, como el SAF, el combustible puede costar actualmente entre dos y tres veces más que el convencional.
Pero el estudio matiza algo importante. Ese sobrecoste se reduce cuando avanza por toda la cadena de valor y no siempre llega con fuerza al precio final. En la década de 2030, los biocombustibles de segunda generación podrían acercarse a la paridad con los combustibles fósiles, mientras que los combustibles sintéticos basados en hidrógeno verde lo harían en la década de 2040.
Para que eso ocurra no basta con buenas intenciones. Hacen falta marcos regulatorios estables, demanda clara, infraestructuras de producción y almacenamiento, inversión y colaboración público privada. La tecnología sola no baja los precios de un día para otro.
Empleo e industria
El informe también pone cifras al impacto económico. Según las proyecciones citadas por Moeve y ManpowerGroup, el desarrollo de estas moléculas podría generar hasta 1,7 millones de nuevos empleos en Europa y Reino Unido para 2040. España lideraría la creación de empleo dentro de la UE, con 181 000 puestos.
También habría un impacto sobre el PIB. El documento calcula un aumento de hasta 145 000 millones de euros para 2040 en el área analizada, de los que 15 600 millones corresponderían a España. En otras palabras, no hablamos solo de cambiar combustibles. Hablamos de fabricar una nueva cadena industrial.
La carrera ya ha empezado. Y aquí el reloj corre más deprisa que la política. Si Europa quiere menos dependencia, menos emisiones y más industria propia, las moléculas verdes pueden ser una de sus mejores cartas.
El informe oficial ha sido publicado por Moeve en colaboración con PwC.












