La Amazonia no está en peligro solo por el aumento de la temperatura. Un nuevo estudio publicado en Nature advierte que cerca de dos tercios de la selva podrían pasar a bosques degradados o a ecosistemas parecidos a una sabana si el calentamiento global alcanza entre 1,5 y 1,9 °C y la deforestación sube hasta situarse entre el 22 y el 28 % del territorio amazónico. Es una combinación peligrosa, no una simple cifra aislada.
Lo más inquietante es que la Amazonia ya ha perdido alrededor del 17 o 18 % de su bosque, según el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático. Es decir, el margen de seguridad no parece tan amplio como se pensaba. Y eso cambia la forma de mirar cada incendio, cada carretera y cada hectárea talada.
La señal de alarma
Hasta ahora, muchos análisis situaban el riesgo de una gran degradación amazónica en escenarios de calentamiento mucho más alto. El nuevo trabajo calcula que, sin contar más deforestación, un cambio a gran escala sería más probable cerca de los 3,7 o 4 °C. Pero al añadir la pérdida de bosque, el umbral baja de golpe.
Según los modelos del estudio, la transición podría afectar a entre el 62 y el 77 % de la cuenca forestal amazónica en los peores escenarios analizados. No significa que toda la selva desaparezca de un día para otro. Significa que grandes zonas perderían estabilidad y podrían quedar atrapadas en una forma de funcionar más seca, más pobre y menos resistente.
Por qué la tala seca la selva
La Amazonia no es solo una masa de árboles. También es una enorme fábrica natural de lluvia. Los árboles liberan vapor de agua a la atmósfera y esa humedad vuelve a caer como lluvia en otras partes de la cuenca, un mecanismo que puede aportar hasta la mitad de la precipitación del propio sistema amazónico.
Cuando se talan árboles, se corta parte de esa rueda del agua. El aire se seca, las sequías aprietan más y el bosque que queda tiene más dificultades para mantenerse vivo. Nico Wunderling, autor principal del estudio, lo resume así, «La deforestación hace que la Amazonia sea mucho menos resiliente».
El efecto cadena
El problema no se queda donde cae la motosierra. Si una zona pierde árboles y deja de enviar humedad, otras regiones situadas a cientos o incluso miles de kilómetros también pueden volverse más vulnerables. Es como quitar piezas de una red que parecía sólida hasta que empiezan a fallar los nudos.
Los investigadores llaman a esto efectos en cascada. En la práctica, quiere decir que una pérdida de bosque en el este de la Amazonia puede alterar la lluvia en zonas que dependen de esa humedad transportada por el viento. Por eso importa cuánto se deforesta, pero también dónde se deforesta.
Lo que está en juego
La escala ayuda a entender el golpe. RAISG considera una Amazonia de 8.470.209 kilómetros cuadrados y MapBiomas Amazonia calculó que entre 1985 y 2023 se perdieron más de 88 millones de hectáreas de bosques en la región. No es una mancha pequeña en un mapa. Es casi un país entero borrado árbol a árbol.
La Amazonia también sostiene agua, alimentos, biodiversidad y formas de vida que no se pueden trasladar a otro sitio como si fueran muebles. RAISG recuerda que la cuenca es hogar de unos 47 millones de personas, incluidos pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y poblaciones mestizas. Si el bosque se seca, el problema no queda encerrado en la selva. Sale por los ríos, por los cultivos y por la factura climática de todos.
No es una sentencia
El estudio no debe leerse como una predicción exacta con fecha cerrada. Los propios autores explican que una transición completa hacia un nuevo estado degradado podría tardar décadas o incluso siglos una vez superado el umbral. Además, los modelos tienen incertidumbres, como ocurre con cualquier simulación climática compleja.
Pero tampoco es una excusa para mirar hacia otro lado. La conclusión científica es bastante clara. Detener la deforestación, restaurar bosques dañados y reducir rápidamente las emisiones puede bajar el riesgo. Johan Rockström, director del PIK y coautor del trabajo, lo dejó en una frase sencilla, «Estos cambios no son inevitables».
Qué hay que mirar ahora
La clave no es solo proteger grandes áreas intactas, aunque eso es imprescindible. También hace falta vigilar la degradación que no siempre se ve desde lejos, como incendios repetidos, tala selectiva, minería, carreteras nuevas y pérdida de conectividad ecológica. A veces el bosque sigue pareciendo verde, pero ya funciona peor. Y eso se nota.
Para los países amazónicos, el mensaje es incómodo pero directo. Cada punto porcentual de bosque perdido acerca el sistema a una zona más peligrosa, sobre todo si el calentamiento global sigue avanzando. Para el resto del mundo, la lectura tampoco es cómoda, porque el carbono, el agua y la biodiversidad de la Amazonia no entienden de fronteras.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Nature.









