Ciencia

Elon Musk está destruyendo cientos de satélites Starlink lanzándolos contra la atmósfera (260 en solo seis meses) y los científicos temen que las partículas de aluminio dañen la capa de ozono

SpaceX retiró 260 satélites Starlink en seis meses y los científicos alertan del posible impacto del aluminio en el ozono.

Elon Musk está destruyendo cientos de satélites Starlink lanzándolos contra la atmósfera (260 en solo seis meses) y los científicos temen que las partículas de aluminio dañen la capa de ozono

SpaceX ha comunicado que 260 satélites Starlink reentraron en la atmósfera entre el 1 de diciembre de 2025 y el 31 de mayo de 2026. De ellos, 176 pertenecían a la primera generación y 84 a la segunda, mientras que otros 349 fueron retirados del servicio durante ese mismo periodo y siguen descendiendo para su futura eliminación.

La maniobra reduce el riesgo de dejar aparatos muertos dando vueltas alrededor de la Tierra, pero no hace desaparecer sus materiales. El calor extremo los convierte en gases y partículas metálicas en las capas altas de la atmósfera, donde sus efectos todavía no se conocen por completo. Y ahí empieza el problema ambiental.

Más de uno al día

La cifra equivale a una media de más de una reentrada diaria durante seis meses. SpaceX afirma que sus satélites están diseñados para desintegrarse y que el riesgo calculable para las personas en tierra es nulo, además de dirigir las reentradas hacia regiones poco pobladas cuando resulta posible.

Retirarlos de la órbita es importante. Un satélite averiado puede convertirse en basura espacial y aumentar el peligro de colisiones, algo nada menor en un entorno cada vez más transitado.

El propio informe muestra esa presión. Los Starlink de primera generación hicieron 65.137 maniobras de prevención de colisiones durante el periodo analizado y los de segunda generación realizaron 142.015. En total, más de 207.000 movimientos en medio año.

La basura cambia de forma

¿Qué significa esto en la práctica? Que limpiar la órbita puede trasladar una parte del problema a la atmósfera. No vemos caer una pieza de metal sobre una casa, pero el aluminio y otros metales siguen en algún sitio.

Ya existen pruebas de que los restos de las naves llegan a la estratosfera. Un estudio publicado en PNAS detectó aluminio y otros metales procedentes de reentradas en alrededor del 10% de las partículas de ácido sulfúrico de mayor tamaño analizadas en esa capa de la atmósfera.

Esto no demuestra que los 260 Starlink hayan provocado un daño concreto ni permite calcular su huella individual. Sí confirma algo básico. Los materiales no se esfuman.

El ozono entra en juego

Una investigación publicada en 2024 en Geophysical Research Letters utilizó simulaciones a escala atómica para estudiar qué ocurre con el aluminio durante una reentrada. El modelo calculó que un satélite genérico de 250 kilos y con un 30% de aluminio podría generar cerca de 30 kilos de nanopartículas de óxido de aluminio.

Estas partículas preocupan porque pueden facilitar reacciones químicas relacionadas con la destrucción del ozono. Los autores estimaron que las reentradas mundiales de 2022 produjeron unos 16,6 toneladas de óxidos de aluminio y que un escenario con megaconstelaciones plenamente desplegadas podría superar las 360 toneladas anuales.

El viaje, además, sería lento. Según el modelo, algunos de esos compuestos podrían tardar hasta 30 años en bajar desde la mesosfera hasta unos 40 kilómetros de altitud, donde se encuentra buena parte de la capa de ozono. El impacto de hoy podría notarse mucho después.

La ciencia pide matices

Conviene no convertir una alerta científica en una sentencia. El estudio de 2024 se basa en simulaciones y reconoce limitaciones sobre la composición real de cada satélite, las reacciones químicas y el comportamiento de las partículas. Tampoco analizó de forma específica esta tanda de Starlink.

Una investigación más reciente, publicada en mayo de 2026 en Earth’s Future, modeló de forma conjunta los lanzamientos y las reentradas de las megaconstelaciones. Calculó que todas las misiones espaciales podrían reducir el ozono global alrededor de un 0,02% en 2029, frente a cerca del 2% asociado a las sustancias reguladas por el Protocolo de Montreal, y que las megaconstelaciones representarían menos de una décima parte de esa pérdida espacial prevista. «El impacto actual sobre la atmósfera es pequeño, así que todavía tenemos la oportunidad de actuar pronto», explicó la profesora Eloise Marais, responsable del proyecto en UCL.

Los dos trabajos no miden exactamente lo mismo. Uno estudia el posible efecto a largo plazo del aluminio de las reentradas y el otro analiza varios contaminantes en un periodo más cercano. La conclusión común es bastante clara, faltan mediciones reales y seguimiento continuado.

Una red que seguirá creciendo

El dato de los 260 satélites no es un episodio aislado. Hay otros 349 aparatos ya retirados del servicio que deberán reentrar, y cada renovación tecnológica añadirá nuevas unidades al final de su vida útil. La rueda seguirá girando.

Además, la FCC autorizó en enero de 2026 una segunda tanda de 7.500 satélites Starlink Gen2. Con esa decisión, la constelación Gen2 autorizada en Estados Unidos alcanza las 15.000 unidades, aunque no todas están desplegadas.

En casa no diríamos que un aparato se ha reciclado solo porque se ha quemado. En órbita ocurre algo parecido. Evitar la basura espacial es necesario, pero también hay que saber qué se deja en el aire a cambio.

La regulación pendiente

La Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos ha propuesto excluir las operaciones espaciales de las revisiones de la Ley Nacional de Política Ambiental, conocida como NEPA. Su argumento es que serían actividades extraterritoriales con efectos situados fuera de la jurisdicción estadounidense.

A mediados de julio de 2026 seguía siendo una propuesta. Bajo las reglas actuales, una parte interesada todavía puede solicitar una revisión ambiental si explica con detalle por qué una actividad supuestamente exenta podría causar un impacto significativo.

Aquí aparece una pregunta incómoda. ¿Cómo se estudia un efecto global y acumulativo si cada licencia se analiza como un caso separado? El reloj tecnológico corre más deprisa que la regulación.

Qué debería vigilarse

La prioridad debería ser publicar la masa, la composición y el destino previsto de cada satélite, además de medir los compuestos generados durante reentradas reales. También hacen falta campañas independientes en la mesosfera y la estratosfera, porque los modelos son útiles, pero no sustituyen las muestras tomadas en el aire.

Esto no significa que deban dejarse miles de satélites muertos en órbita. Significa que el diseño para la desintegración debe proteger tanto a las personas en tierra como a la atmósfera, y que la evaluación debería contemplar el efecto acumulado de toda la constelación. No es poca cosa.

El informe semestral de SpaceX fue presentado el 1 de julio de 2026 ante la FCC. El documento puede consultarse en el expediente oficial de la comisión.

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