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Hace 100 años 300.000 ballenas azules abonaban el mar con sus excrementos y sostenían la cadena alimentaria marina entera: sus heces son el fertilizante más potente del océano, con concentraciones de hierro hasta 100.000 veces superiores al agua de mar

Las heces de las ballenas azules fertilizan el océano con hierro y sostienen la base de la cadena alimentaria marina.

Hace 100 años 300.000 ballenas azules abonaban el mar con sus excrementos y sostenían la cadena alimentaria marina entera: sus heces son el fertilizante más potente del océano, con concentraciones de hierro hasta 100.000 veces superiores al agua de mar

Las ballenas siempre han sido vistas como gigantes del mar, pero una nueva investigación apunta a algo mucho más pequeño y mucho menos evidente. Sus heces contienen hierro en formas que podrían ser aprovechadas por la vida marina, un detalle que ayuda a entender cómo estos animales pudieron fertilizar los océanos durante siglos.

La idea no es que las ballenas lo controlaran todo, ni mucho menos. Pero el estudio liderado por oceanógrafos de la Universidad de Washington refuerza una hipótesis potente, que los grandes cetáceos no solo comen krill, sino que también devuelven nutrientes esenciales a la superficie del mar, justo donde el fitoplancton necesita luz para crecer.

El hierro que falta

En muchas zonas del océano hay nitrógeno y fósforo, pero eso no siempre basta. El fitoplancton, esas diminutas plantas marinas que sostienen buena parte de la cadena alimentaria, también necesita hierro para crecer y hacer la fotosíntesis.

El problema es que el hierro escasea en grandes regiones alejadas de los continentes. El Océano Austral, que rodea la Antártida, es uno de los ejemplos más claros de este cuello de botella. Hay nutrientes, hay agua y hay luz en la superficie, pero falta una pieza pequeña. Y esa pieza cambia mucho las cosas.

La bomba de las ballenas

Las ballenas barbadas se alimentan de grandes cantidades de krill y otros pequeños organismos. Después, liberan sus desechos cerca de la superficie, donde el fitoplancton puede aprovechar mejor los nutrientes. A este proceso se le conoce como “bombeo de ballenas”.

Parece una imagen simple, casi de vida cotidiana marina. Un animal se alimenta en una zona, digiere y devuelve parte de esa materia al agua en otra capa del océano. Pero en la práctica puede ser una forma natural de mover nutrientes desde la red alimentaria hacia la base de todo el sistema.

Randie Bundy, autora sénior del trabajo, lo resumió con una frase muy gráfica al explicar la recogida de muestras. “El excremento de ballena flota”. Esa característica, tan poco elegante como útil, permite que los investigadores lo recojan con redes y frascos cuando lo encuentran en el mar.

Cinco muestras y una pista

El equipo analizó cinco muestras de heces de ballenas barbadas. Dos procedían de ballenas jorobadas del Océano Austral y tres de ballenas azules frente a la costa central de California. No es una cifra enorme, así que conviene leer los resultados con prudencia.

Aun así, la pista química es importante. Los investigadores encontraron altas concentraciones de hierro y cobre disueltos, además de moléculas orgánicas llamadas ligandos. Estas moléculas se unen a los metales y pueden cambiar la forma en la que los organismos marinos los aprovechan.

Aquí está el punto clave. No basta con que haya hierro en el agua, también importa si ese hierro está disponible para la vida. Según el estudio, el hierro aparecía asociado a ligandos débiles e intermedios que aumentaban su estabilidad y su posible disponibilidad biológica. No es poca cosa.

El cobre también sorprendió

El cobre tiene una doble cara. Es un micronutriente necesario para varios procesos biológicos, pero en ciertas formas puede ser tóxico para organismos marinos muy pequeños. Por eso, encontrar mucho cobre en las heces podía abrir una duda incómoda.

El análisis mostró algo distinto. Los ligandos orgánicos se unían al cobre y reducían su posible toxicidad, mientras otros ayudaban a que el hierro fuese más accesible para los organismos. La Universidad de Washington señala que los científicos aún no saben con seguridad de dónde salen esos ligandos, aunque sospechan que podrían estar relacionados con bacterias del estómago de las ballenas.

Un pasado con más ballenas

Antes de la caza industrial, los grandes cetáceos eran mucho más abundantes. El artículo recuerda que en el siglo XX se mataron 1,5 millones de ballenas barbadas en el hemisferio sur, incluidas más del 95 % de las especies más grandes, como la ballena azul y el rorcual común.

Durante años, se pensó que, al desaparecer tantas ballenas, el krill tendría menos depredadores y aumentaría. Pero en algunas antiguas zonas balleneras ocurrió lo contrario, la biomasa de krill cayó con fuerza en las décadas posteriores. Los autores advierten de que no todo puede atribuirse a las ballenas, porque también influyen el calentamiento, el hielo marino y la pesca de krill.

Aun así, la hipótesis gana fuerza. Si había muchas más ballenas reciclando hierro en la superficie, también pudo haber más alimento para el fitoplancton y, por tanto, más base para sostener al krill. En el fondo, el océano no funciona como una despensa cerrada, sino como una red de intercambios constantes.

Por qué importa ahora

Esta investigación no defiende lanzar hierro al mar sin más. De hecho, el mensaje va por otro camino. Lo que muestra es que la naturaleza ya tenía mecanismos propios para reciclar micronutrientes, y que algunos de ellos dependían de animales enormes que durante mucho tiempo se trataron solo como recursos comerciales.

Patrick Monreal, primer autor del estudio, lo planteó de forma clara al hablar de la escala ecológica. “Los animales desempeñan un papel más importante en los ciclos químicos”. Esa frase encaja muy bien con lo que revela el trabajo, porque obliga a mirar a las ballenas no solo como fauna carismática, sino como piezas activas de la química del océano.

También hay una lectura climática. El fitoplancton participa en la captura de carbono, el krill alimenta a muchas especies y las ballenas ayudan a mover materia y nutrientes. Si se rompe una parte de esa cadena, el efecto puede viajar mucho más lejos de lo que parece a simple vista.

Una lección de conservación

La recuperación de las ballenas no solo importa por razones éticas o por biodiversidad. También puede tener consecuencias para el funcionamiento de los ecosistemas marinos, especialmente en regiones donde el hierro limita la productividad. No es una solución mágica al cambio climático, pero sí una pieza que se había subestimado.

El estudio deja una imagen fácil de entender. Un animal gigantesco come krill, digiere, excreta y devuelve al mar un fertilizante natural que puede alimentar a organismos microscópicos. Suena extraño, pero así funciona muchas veces la vida en la Tierra. Lo pequeño sostiene a lo grande, y lo grande devuelve algo a lo pequeño.

El estudio completo ha sido publicado en Communications Earth & Environment.

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