Lanzan un robot-torpedo bajo el hielo de la Antártida y vuelve meses después con un hallazgo que reescribe lo que la ciencia sabía del cambio climático

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Publicado el: 18 de mayo de 2026 a las 12:38
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Robot submarino Argo emergiendo entre el hielo de la Antártida tras recopilar datos sobre el cambio climático.

Durante años, la Antártida parecía jugar con sus propias reglas. Mientras el planeta se calentaba, su hielo marino crecía en algunas zonas, algo que desconcertaba a los científicos y que no encajaba bien con lo que se esperaba en un mundo cada vez más cálido.

Ahora, unos robots oceánicos de la red Argo han ayudado a explicar parte del misterio. Sus datos apuntan a que el océano Austral estuvo guardando calor bajo una especie de «tapa» de agua fría y menos salada, hasta que los vientos cambiaron el equilibrio y ese calor empezó a subir hacia el hielo marino. Y eso no es poca cosa.

La pista estaba bajo el hielo

La clave no llegó desde un satélite ni desde una expedición clásica en barco, sino desde flotadores autónomos que se sumergen miles de metros, toman medidas y vuelven a la superficie para enviar la información por satélite. Son aparatos discretos, con forma alargada, que trabajan donde casi nadie puede estar durante meses.

En la Antártida, algunos de estos flotadores pasan por debajo del hielo marino estacional. Allí miden temperatura, salinidad y otros datos del agua, justo en una zona donde la superficie no cuenta toda la historia. El equipo de Stanford analizó unos 20 años de datos recogidos bajo el hielo, un archivo poco usado hasta ahora para entender estos cambios.

«Ha sido esclarecedor tener por fin suficientes datos ampliamente distribuidos bajo el hielo para distinguir tendencias oceánicas de un año a otro alrededor de la Antártida», explicó Earle Wilson, autor principal del estudio y profesor en la Stanford Doerr School of Sustainability.

La trampa de calor

En muchos océanos, el agua más cálida está cerca de la superficie porque recibe la energía del Sol. En el océano Austral ocurre algo distinto. La atmósfera es tan fría que enfría la capa superior del agua, mientras que por debajo quedan masas de agua relativamente más cálidas.

Según el estudio, durante décadas aumentaron las precipitaciones sobre el océano Austral. Más nieve y más lluvia hicieron que la superficie fuera menos salada y menos densa. En la práctica, eso creó una tapa que dificultaba la mezcla vertical del agua.

Ese detalle cambió el tablero. El calor quedó atrapado en capas profundas, sin llegar de forma directa al hielo marino. Así se explica, en buena parte, que la extensión del hielo antártico creciera desde los años setenta hasta 2015, incluso con temperaturas globales al alza.

Cuando el viento cambió

El problema llegó cuando el viento empezó a empujar con más fuerza. Los investigadores relacionan el giro de 2016 con un aumento del afloramiento, que es el proceso por el que aguas profundas suben hacia la superficie. Dicho de forma sencilla, el océano empezó a removerse más.

Wilson lo resumió con una frase contundente. «Lo que observamos fue básicamente una liberación muy violenta de todo ese calor acumulado desde abajo», dijo a Grist. Ese calor no apareció de la nada. Llevaba años guardado bajo la superficie.

Cuando subió, entró en contacto con el hielo desde abajo y dificultó que se formara nuevo hielo. Además, los vientos y las tormentas también pueden romper placas, moverlas y dejar más agua expuesta. Es un círculo que se nota rápido en una región tan sensible.

Por qué importa fuera de la Antártida

Puede parecer un problema lejano, perdido en un mapa blanco y azul. Pero el hielo marino antártico cumple varias funciones importantes. Refleja parte de la radiación solar, protege el océano de un calentamiento más rápido y actúa como barrera frente a las olas.

También ayuda a proteger las plataformas de hielo flotantes que rodean el continente. Estas plataformas funcionan como un apoyo natural para el hielo que descansa sobre tierra. Si se debilitan, el hielo continental puede fluir con más facilidad hacia el mar.

Ahí aparece la preocupación global. El hielo marino, por sí solo, no eleva el nivel del mar cuando se derrite porque ya flota. Pero su pérdida puede dejar más expuestas las plataformas y acelerar procesos que sí afectan al nivel del mar. Esa es la parte que más vigilan los científicos.

Un rompecabezas incompleto

El estudio no dice que todo esté resuelto. De hecho, una parte importante sigue abierta. Los flotadores Argo no detectaron exactamente las mismas condiciones en el sector del Pacífico, al oeste de la península Antártica y hacia el mar de Ross, aunque allí también hubo expansión y posterior retroceso del hielo.

Wilson reconoció ese punto con claridad. «Vimos tendencias opuestas en el sector del Pacífico, con el interior del océano enfriándose en lugar de calentarse después de la disminución del hielo marino», señaló. «Esto sigue siendo una parte sin respuesta del rompecabezas».

Esto es importante porque evita una lectura demasiado simple. La Antártida no funciona como una piscina uniforme. Sus mares, vientos, corrientes y estaciones cambian mucho de una zona a otra, y por eso los modelos climáticos necesitan datos reales recogidos sobre el terreno, o mejor dicho, bajo el hielo.

Qué significa ahora

La gran pregunta es si la Antártida ha entrado en una nueva etapa de poco hielo marino o si el sistema puede volver a oscilar hacia años de recuperación. Los propios investigadores son prudentes. El océano puede guardar memoria durante años y responder de forma lenta, pero también puede cambiar de golpe cuando varias piezas se alinean.

En el fondo, lo que muestra este trabajo es que el océano Austral no es un simple acompañante del cambio climático. Es una pieza central. Absorbe calor, mueve agua por todo el planeta y regula parte de lo que ocurre en el extremo sur del mundo.

Para los ciudadanos, la idea principal es sencilla. Lo que pasa bajo el hielo no se queda bajo el hielo. Puede afectar a las plataformas antárticas, al nivel del mar y a la forma en que entendemos los próximos años de calentamiento global. El reloj climático también corre allí abajo, aunque no lo veamos.

El estudio completo ha sido publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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