El Pacífico ecuatorial está cambiando deprisa y eso ya no es una simple sospecha de los modelos. La NOAA acaba de elevar al 82% la probabilidad de que El Niño aparezca entre mayo y julio de 2026, con un 96% de probabilidad de que continúe durante el invierno 2026-27 del hemisferio norte.
La parte que más ruido ha hecho es la del supuesto Súper El Niño para noviembre. Algunos titulares hablan de un 100% en un modelo europeo, pero ahí conviene ir con cuidado. La propia NOAA dice que ninguna categoría de intensidad supera el 37% de probabilidad y la OMM recuerda que «Súper El Niño» no forma parte de sus clasificaciones operativas oficiales.
El Pacífico se calienta
Durante el último mes, las condiciones todavía eran ENSO neutrales, pero las temperaturas bajo la superficie del Pacífico ecuatorial han aumentado por sexto mes consecutivo. En palabras sencillas, hay una reserva de agua cálida bajo la superficie que puede alimentar el evento si los vientos y la atmósfera acompañan.
No es solo un mapa bonito de colores rojos. Si esa agua cálida emerge y se acopla con la atmósfera, los patrones de lluvia, sequía y temperatura pueden cambiar en muchas regiones. Y eso, para agricultores, gestores del agua y sistemas eléctricos, no es poca cosa.
El Servicio de Cambio Climático de Copernicus también ha reforzado la señal. Su previsión estacional de mayo indica que más del 50% de los miembros de su sistema múltiple supera una anomalía de 2,5 ºC en el índice Niño 3.4 al final del periodo previsto.
El «100%» necesita contexto
Aquí está la traducción clave para no perderse. Un modelo estacional trabaja con muchos escenarios posibles, llamados miembros del conjunto, y calcula cuántos apuntan hacia una misma evolución. No es una bola de cristal.
Copernicus explica que las previsiones estacionales son un juego distinto a mirar el tiempo de los próximos días. Sirven para estimar probabilidades, no para asegurar que en una fecha concreta ocurrirá una cosa exacta. Cuanto más lejos queda el mes previsto, más cuidado hay que tener al usar esos datos para tomar decisiones.
El ECMWF fue muy claro en abril. Las señales tempranas de primavera llaman la atención, pero no garantizan un resultado concreto, y además existe la conocida barrera de predictibilidad primaveral. En la práctica, marzo, abril y mayo son meses delicados para afinar la fuerza real de El Niño.
Qué dice la NOAA
La actualización oficial del 14 de mayo habla de una probabilidad alta de que El Niño nazca pronto. El índice Niño 3.4 semanal estaba en +0,4 ºC, mientras que Niño 1+2 ya llegaba a +1,0 ºC. Es una señal de calentamiento, aunque todavía no basta por sí sola para declarar un evento.
La NOAA también señala anomalías de vientos del oeste en el Pacífico ecuatorial y una convección suprimida cerca de Indonesia. Son piezas que los meteorólogos vigilan porque indican si el océano y la atmósfera empiezan a moverse juntos. Ahí está la clave.
Pero la frase más importante quizá sea otra. Aunque ha aumentado la confianza en que El Niño ocurra, «aún existe una incertidumbre considerable respecto a la intensidad máxima». Por ahora, ninguna categoría de fuerza supera el 37% de probabilidad.
Por qué importa tanto
El Niño no es una tormenta concreta ni una ola de calor con fecha de entrada. Es un cambio enorme en el Pacífico tropical que puede recolocar las fichas del clima mundial durante meses.
La OMM recuerda que El Niño suele tener un efecto de calentamiento sobre el clima global. También se asocia a más lluvias en zonas como el sur de Sudamérica, el sur de Estados Unidos, el Cuerno de África y Asia central, y a sequía en Australia, Indonesia y partes del sur de Asia.
¿Qué significa esto para la vida diaria? Puede influir en cosechas, embalses, precios de alimentos, incendios, pesca y demanda eléctrica. A veces se nota lejos del Pacífico, como una factura de la luz que se complica en verano o una campaña agrícola que depende de una lluvia que no llega.
Europa también mira al Pacífico
En Europa, El Niño no actúa de una forma tan directa como en los trópicos. Aun así, puede combinarse con otros patrones atmosféricos y con un planeta más cálido, que ya parte con más energía acumulada. Ese es el problema de fondo.
Copernicus prevé para Europa un verano con temperaturas por encima de la media en todas las regiones, con una señal más clara en el sureste del continente. La precipitación, en cambio, es más difícil de anticipar, aunque el este europeo aparece con más probabilidad de totales estacionales por debajo de la media.
La OMM advierte de otro matiz importante. No hay pruebas de que el cambio climático aumente la frecuencia o intensidad de El Niño, pero sí puede amplificar sus impactos porque un océano y una atmósfera más cálidos aportan más energía y humedad a los fenómenos extremos.
Lo que falta por saber
Los eventos más fuertes de El Niño tienen algo en común. Necesitan un acoplamiento claro entre el océano y la atmósfera durante el verano. La NOAA dice que todavía está por ver si eso ocurrirá en 2026.
Por eso el mes de junio será importante. La próxima discusión diagnóstica de la NOAA está prevista para el 11 de junio de 2026, y para entonces los modelos deberían tener más datos sobre vientos, temperatura superficial y calor acumulado bajo el agua.
El mensaje razonable no es dormirnos, pero tampoco caer en el alarmismo. El Niño 2026 apunta alto, quizá muy alto, pero su fuerza final aún no está cerrada. El reloj climático avanza, sí. La diferencia está en prepararse con datos, no con titulares redondos.
La discusión diagnóstica oficial del ENSO ha sido publicada por el Centro de Predicción Climática de la NOAA.













