A 3499 metros de altitud, el hielo de la Weißseespitze ha conservado partículas de la atmósfera europea desde la época romana hasta comienzos de la Edad Moderna. En menos de diez metros aparecen rastros de minería medieval, incendios, polvo y grandes episodios volcánicos.
El hallazgo tiene una segunda lectura mucho más urgente. El núcleo fue extraído en 2019, cuando el hielo alcanzaba 9,95 metros en el punto de perforación, pero en 2025 solo quedaban unos 5,5 metros. Casi la mitad de esta biblioteca natural ya se ha perdido.
Diez metros para contar dos mil años
La Weißseespitze se encuentra en los Alpes de Ötztal, en Tirol, cerca de la frontera entre Austria e Italia. Su pequeña capa de hielo cubre la parte alta del glaciar Gepatschferner y ha conservado un archivo de unos 6000 años, aunque el nuevo análisis químico se centra en cerca de dos mil.
Los investigadores estudiaron los 8,5 metros superiores de un núcleo de 9,95 metros recuperado en 2019. Midieron 18 elementos traza, ácidos orgánicos, iones, levoglucosano y partículas microscópicas de carbón para distinguir mejor el polvo natural, el humo y la contaminación humana.
La cronología se construyó con argón 39 y radiocarbono. Las capas superficiales de 2019 se formaron entre 1552 y 1708, mientras que la base analizada se sitúa entre el 349 antes de nuestra era y el 420 de nuestra era. No es poca cosa.
No es aire romano atrapado
Conviene afinar una idea. El glaciar no conserva una botella de aire antiguo, sino la huella química de las partículas que viajaban por la atmósfera y terminaron depositadas con la nieve.
Cada nevada dejó metales, sales, polvo y restos de combustión. Después llegaron nuevas capas y el hielo cerró el registro. Como resume la autora principal, Azzurra Spagnesi, estos archivos «funcionan como un libro de historia».
Las fechas, eso sí, tienen márgenes de incertidumbre, sobre todo en profundidad. El núcleo permite reconocer periodos y procesos, pero no siempre asignar cada pico químico a un año o a un acontecimiento concreto.
La minería medieval dejó metal en la nieve
El hielo presenta aumentos de arsénico, plomo, cobre y plata en periodos compatibles con una minería y una fundición más intensas en Europa. Los autores señalan zonas de los Alpes italianos, el Tirol, la Engadina y las montañas Harz, donde la extracción de plata y cobre también liberaba plomo y arsénico.
¿Qué significa esto en la práctica? Los hornos no necesitaban estar al lado del glaciar para dejar marca. Las partículas podían viajar con las masas de aire, igual que hoy vemos polvo sahariano sobre coches y balcones lejos de su origen.
Pero hay un matiz importante. Las fuentes naturales dominaron la composición del núcleo y la aportación identificada como antropogénica rondó el 7 por ciento. La contaminación humana existía, aunque todavía aparecía como episodios sobre un fondo principalmente natural.
El humo medieval quedó congelado
Una de las señales más llamativas aparece a unos 6,4 metros de profundidad. Allí se detectó un gran pico de levoglucosano, un compuesto que se forma cuando arde la madera, fechado aproximadamente entre 902 y 1280.
El equipo comparó esa señal con un núcleo de turba de Schwarzboden, situado unos 20 kilómetros al sureste. La turbera también mostraba un máximo de microcarbón entre 822 y 1092, lo que apoya una etapa de incendios regionales más frecuentes o intensos.
Los investigadores apuntan a una combinación de clima relativamente cálido y seco, vegetación inflamable y mayor presión humana sobre el paisaje. La expansión de pastos, cultivos y quemas para despejar terreno pudo sumar humo a los incendios naturales. El paisaje también deja cicatrices en el hielo.
Los volcanes escribieron desde lejos
Algunas capas muestran picos simultáneos de sulfatos, arsénico, plata y cobre. El estudio los relaciona con grandes perturbaciones volcánicas del siglo XIII y con actividad volcánica del hemisferio norte alrededor de 1580, señales observadas también en otros archivos de hielo.
Las erupciones potentes pueden lanzar aerosoles a gran altura y mantenerlos en circulación durante meses. Así, una nube originada a miles de kilómetros puede dejar una firma química en los Alpes cuando el cielo local ya parece limpio.
Aun así, los autores no asignan cada pico a un volcán concreto. La incertidumbre de la datación y la mezcla con polvo o emisiones metalúrgicas obligan a hablar de coincidencias compatibles, no de identificaciones absolutas. La ciencia también consiste en saber dónde frenar.
El archivo se derrite
La parte más preocupante está en el presente. El punto estudiado pasó de casi diez metros de hielo en 2019 a unos 5,5 metros en 2025, una pérdida aproximada de 4,5 metros en apenas seis años.
Las capas de la era industrial ya habían desaparecido antes de la perforación. Ahora están en riesgo los periodos preindustriales que permiten comparar una atmósfera dominada por fuentes naturales con las emisiones mucho mayores de la sociedad moderna.
El estudio recuerda que alrededor del 30 por ciento de los glaciares de Ötztal podría desaparecer para 2030. Cuando uno de estos archivos se derrite no solo se pierde agua congelada. Se borran datos que no pueden fabricarse de nuevo.
La memoria del clima no tiene copia
Estos núcleos ayudan a reconstruir los incendios, el transporte de polvo, la contaminación minera y la actividad volcánica anteriores a la Revolución Industrial. Además, ofrecen una referencia para medir hasta qué punto hemos alterado hoy la atmósfera.
Por eso, los investigadores consideran urgente documentar y conservar muestras de los glaciares que todavía mantienen capas antiguas. El reloj corre más deprisa que las campañas de perforación y cada verano cálido puede llevarse páginas completas de esa historia.
El estudio oficial ha sido publicado en Frontiers in Earth Science.



