Brasil ya perfora el pozo Morpho, en el bloque FZA-M-59, a unos 175 kilómetros de la costa de Amapá. El objetivo es comprobar si existen petróleo y gas en cantidades comerciales. Pero la operación avanza junto a un sistema arrecifal del que todavía sabemos muy poco.
¿Qué ocurriría si un accidente empujara contaminantes hacia arrecifes, manglares o zonas de pesca artesanal? Petrobras sostiene que sus modelos no prevén que un vertido alcance la costa, mientras varios científicos advierten de que las corrientes, las mareas y las lagunas de información obligan a ser prudentes. Ahí está el verdadero conflicto.
La perforación ya está en marcha
IBAMA concedió la licencia de operación el 20 de octubre de 2025 y Petrobras inició los trabajos de perforación a finales de ese mes. Esta fase recoge datos geológicos para saber si existe un yacimiento con valor comercial, pero todavía no produce petróleo. Tras una interrupción por la fuga de fluido, los trabajos se reanudaron el 16 de marzo de 2026.
La compañía calcula que la perforación terminará durante agosto de 2026, aunque el calendario puede variar. Si aparece un reservorio, la extracción no comenzará automáticamente. Harán falta otro proceso ambiental y nuevas infraestructuras.
Un arrecife fuera de lo común
El sistema arrecifal amazónico no se parece a la imagen clásica de aguas transparentes y corales de colores. Un estudio de 2016 estimó una superficie de unos 9500 kilómetros cuadrados, mientras otro trabajo posterior planteó que su área potencial podría alcanzar los 56 000 kilómetros cuadrados.
Además, no todo está formado por coral. Hay fondos consolidados, rodolitos, algas calcáreas, esponjas, octocorales, corales negros y peces asociados. «El arrecife amazónico tiene corales, pero predominan las esponjas o las algas rojas», explica José Eduardo Martinelli Filho.
La pluma de agua dulce del Amazonas también forma parte de la historia. Un estudio publicado en abril de 2026 combinó 21 años de datos por satélite con 4541 registros de fauna bentónica. Sus resultados relacionan la descarga del río y la circulación regional con la distribución de los organismos que viven en el fondo marino.
Lo que todavía no sabemos
Menos del 5 % de la posible extensión del arrecife había sido observado de forma directa en los trabajos científicos de referencia. Faltan mapas detallados, series largas de corrientes y datos suficientes sobre peces y organismos bentónicos. No es poca cosa.
Existe debate sobre la extensión exacta, la composición y la vitalidad de algunas zonas. Pero esa discusión no equivale a decir que el sistema no existe. En 2022, un grupo de investigadores reunió las pruebas disponibles para defender que el Gran Sistema Arrecifal Amazónico es un hecho científico.
Petrobras afirma que no se han identificado sistemas arrecifales próximos al punto exacto donde se perfora Morpho. Los científicos críticos responden que el riesgo no termina debajo de la sonda, porque una descarga puede desplazarse. La pregunta no es solo dónde está el pozo, sino hacia dónde se mueve el mar.
Las corrientes cambian el mapa
La petrolera señala que Morpho está a más de 500 kilómetros de la desembocadura del Amazonas y que sus modelos consideran improbable que un vertido llegue a la costa brasileña. Pero en esta región también cuentan las corrientes rápidas, los fuertes vientos y las grandes mareas.
En 2024, investigadores del IEPA y Greenpeace liberaron siete boyas con GPS para seguir las corrientes superficiales. Cinco cruzaron la frontera brasileña y dos alcanzaron zonas costeras de Amapá y Pará. Una boya lanzada sobre el bloque FZA-M-59 entró en aguas de la Guayana Francesa en 26 horas.
Las boyas no reproducen perfectamente el comportamiento del petróleo, que cambia con el oleaje, el viento y la degradación química. Sí muestran algo importante. Las aguas conectan con manglares, espacios protegidos y países vecinos en plazos muy cortos.
La pesca también está en juego
La costa amazónica mantiene una fuerte dependencia de la pesca artesanal. Un accidente podría cerrar áreas de captura, frenar ventas y dejar embarcaciones amarradas incluso antes de conocerse el daño ecológico. Para muchas familias, eso significaría menos ingresos y menos alimento.
Entre las especies de interés está el pargo, uno de los productos pesqueros marinos de exportación más valiosos de Brasil. Además, la costa de Amapá no tiene la red logística acumulada durante décadas en Río de Janeiro o São Paulo. «Podría ser viable en el futuro, pero no ahora», resume Martinelli Filho sobre la preparación ante un accidente grave.
La fuga que encendió las alarmas
El 4 de enero de 2026, Petrobras comunicó la pérdida de fluido de perforación en dos líneas auxiliares que unían la sonda con el pozo. El producto llegó al mar y las operaciones fueron interrumpidas. No fue petróleo, una diferencia importante, pero tampoco una incidencia menor.
IBAMA impuso después una multa de 2,5 millones de reales y señaló que el fluido contenía componentes de riesgo medio para la salud humana y el ecosistema acuático. Petrobras defendió que era biodegradable, no persistente y ajustado a las normas ambientales. Dos lecturas distintas del mismo episodio.
La fuga no demuestra que vaya a producirse un gran vertido de crudo. Sí recuerda que perforar en aguas ultraprofundas, con corrientes intensas y lejos de grandes bases logísticas, exige controles constantes. Y eso se nota.
Qué ocurrirá ahora
La perforación continúa y su resultado sigue abierto. Encontrar hidrocarburos tampoco bastará para declarar un campo comercial, porque harán falta más pozos, nuevos estudios y otra licencia. El camino sería largo.
Mientras tanto, nuevas expediciones intentan llenar las lagunas sobre biodiversidad, corrientes y pesca. Ese conocimiento debe pesar en las próximas decisiones. Saber si hay petróleo no es lo mismo que conocer su coste ambiental.
Son referencias clave para seguir un caso que todavía cambia.
La investigación periodística de referencia ha sido publicada por Mongabay Brasil.



