El Ártico ha dejado de ser solo una imagen de hielo, osos polares y paisajes remotos. Bajo esa región que se calienta a gran velocidad, el Servicio Geológico de Estados Unidos calculó que podrían quedar por encontrar unos 90 000 millones de barriles de petróleo, además de enormes cantidades de gas natural y líquidos del gas natural.
Pero aquí hay un matiz importante. No se trata de un único yacimiento descubierto, ni de reservas probadas listas para extraer mañana, sino de una estimación de recursos «no descubiertos y técnicamente recuperables» en todo el territorio situado al norte del Círculo Polar Ártico. Y eso cambia mucho la lectura de la noticia.
No es un yacimiento único
La cifra impresiona, claro. Pero conviene empezar por lo básico para no caer en una idea equivocada. El informe del USGS no habla de un gran campo petrolero ya delimitado, sino de varias provincias geológicas con potencial de petróleo y gas.
En la práctica, esto significa que parte de esos recursos podría existir, pero aún tendría que localizarse, medirse y comprobarse. Después vendría otra pregunta igual de importante. ¿Sería rentable y seguro extraerlo en una de las zonas más frágiles del planeta?
La cifra que atrae a todos
El cálculo medio del USGS apunta a 90 000 millones de barriles de petróleo, 1 669 billones de pies cúbicos de gas natural y 44 000 millones de barriles de líquidos del gas natural. Traducido a metros cúbicos, el gas se acerca a los 47,3 billones de m³.
Además, cerca del 84 % de esos recursos estaría en zonas marinas. No es poca cosa. Perforar en alta mar ártica implica hielo, tormentas, oscuridad durante meses, costes enormes y una respuesta mucho más difícil si se produce un vertido.
El deshielo abre la puerta
La razón por la que este debate vuelve con fuerza es sencilla. El Ártico se está calentando mucho más rápido que el resto del planeta, según el Arctic Report Card 2025 de la NOAA. Menos hielo significa más acceso, más rutas marítimas y también más presión sobre ecosistemas que ya están al límite.
Ahí entra la paradoja. El calentamiento causado en buena parte por la quema de combustibles fósiles está facilitando el acceso a más petróleo y gas. Es como si el propio problema estuviera abriendo una nueva puerta al mismo modelo energético que lo alimenta.
La ruta que todos miran
El interés no está solo bajo el suelo o bajo el mar. También está en la superficie. La Ruta Marítima del Norte, que discurre desde la zona de Murmansk hasta el estrecho de Bering, puede acortar los viajes entre Europa y Asia frente a rutas tradicionales como la del Canal de Suez.
El 28 de mayo de 2026, Reuters informó de la salida hacia Asia de un metanero ruso por esa ruta antes de lo habitual. El dato puede parecer técnico, pero dice mucho. Si el hielo se retira antes, el calendario comercial cambia, y eso lo miran con lupa las navieras, los gobiernos y las empresas energéticas.
Rusia parte con ventaja
Rusia tiene una posición geográfica difícil de igualar. Gran parte de la costa ártica está en su territorio y la Ruta Marítima del Norte pasa junto a sus aguas y puertos. Por eso Moscú ve el Ártico como una pieza energética, comercial y estratégica.
No se trata solo de vender gas o petróleo. También se trata de controlar pasos, puertos, rompehielos, permisos y presencia militar en una zona donde cada kilómetro cuenta. Cuando el mapa cambia, el poder también se mueve.
China quiere su sitio
China no tiene costa ártica, pero no se ha quedado mirando desde lejos. En su Libro Blanco de 2018 se definió como «estado cercano al Ártico» y vinculó sus intereses a la investigación, las rutas marítimas, los recursos y la llamada «Ruta de la Seda Polar».
Ese detalle explica mucho. Pekín busca rutas más cortas, menos dependencia de pasos marítimos tensos y acceso a materias primas. A cambio, insiste en que sus actividades deben seguir el derecho internacional y respetar a los Estados árticos, aunque esa presencia genera recelos.
Estados Unidos no quiere quedarse atrás
Estados Unidos también mira al norte con preocupación. La Guardia Costera estadounidense informó en noviembre de 2025 de que sus únicos tres rompehielos polares eran el Healy, el Polar Star y el Storis. En una región de hielo, eso no es un detalle menor.
Los rompehielos son la llave física del Ártico. Sirven para investigación, rescate, suministro, vigilancia y acceso a zonas donde un barco normal no puede entrar. Sin ellos, tener intereses sobre el papel sirve de poco cuando llega el hielo real.
El gran riesgo ambiental
El problema es que el Ártico no es una zona cualquiera. Un vertido de petróleo allí sería mucho más difícil de limpiar que en mares templados, por la lejanía, el frío, la oscuridad y la falta de infraestructuras. Y sus ecosistemas tardan más en recuperarse.
También están las comunidades indígenas, la pesca, los mamíferos marinos y el equilibrio climático global. El Ártico funciona como un espejo blanco que refleja parte de la radiación solar. Si ese espejo se rompe, el calor se queda más tiempo. Y eso se nota en todo el planeta.
Lo que hay que tener en cuenta
La carrera por el Ártico no debería contarse solo como una historia de petróleo, gas y rutas más cortas. Es también una prueba de hasta dónde llega la contradicción energética mundial. Queremos reducir emisiones, pero seguimos mirando nuevos combustibles fósiles cuando el hielo se derrite.
El Consejo Ártico existe desde 1996 como foro de cooperación entre los ocho Estados árticos, aunque su mandato excluye expresamente la seguridad militar. Esa limitación importa, porque la región necesita normas claras justo cuando aumentan los intereses económicos y geopolíticos.
El informe oficial sobre estas estimaciones ha sido publicado por el U.S. Geological Survey.










