Un submarino nuclear soviético hundido en el mar de Noruega sigue liberando material radiactivo casi cuatro décadas después de su accidente. Se trata del K-278 Komsomolets, un sumergible de la antigua URSS que descansa a unos 1680 metros de profundidad con un reactor nuclear dañado y dos armas nucleares todavía en su interior.
La conclusión principal del nuevo estudio es clara, aunque no invita al alarmismo. Los investigadores han encontrado pruebas de que el combustible del reactor se está degradando y que algunos radionúclidos salen del pecio, pero no han visto señales de un impacto apreciable en la fauna marina cercana. En el fondo, el mar está diluyendo rápido esa contaminación. Y eso cambia mucho la lectura del riesgo.
Un submarino único bajo el mar
El K-278 Komsomolets no era un submarino cualquiera. La URSS construyó una sola unidad de este tipo, con un doble casco de aleación de titanio pensado para operar a profundidades extremas para su época.
Su historia terminó el 7 de abril de 1989, cuando un incendio en la parte trasera del navío se descontroló. A bordo viajaban 69 tripulantes y solo 27 sobrevivieron. La tragedia humana fue enorme, pero el problema ambiental no acabó aquel día.
Desde entonces, el submarino permanece en el lecho marino como una cápsula de la Guerra Fría. Dentro conserva un reactor nuclear y dos torpedos con carga nuclear, una combinación que explica por qué Noruega lleva años vigilando la zona.
La fuga que no se ha detenido
La primera gran señal visual llegó en 2019, cuando una expedición noruega observó material saliendo de una tubería de ventilación del submarino y de una rejilla cercana. No era una simple mancha en una imagen submarina. Las muestras tomadas en el entorno mostraron niveles elevados de radionúclidos en esa zona concreta.
El nuevo trabajo, publicado en 2026 en PNAS, confirma que esa liberación continúa. Los científicos compararon isótopos de plutonio y uranio para identificar su origen, una especie de “huella química” que permite diferenciar el reactor de otras fuentes de contaminación radiactiva.
El resultado apunta al reactor del Komsomolets. Según los autores, hay pruebas claras de que el combustible nuclear se está corroyendo lentamente dentro del pecio. Es un proceso silencioso, pero sigue ahí. No es poca cosa.
Qué han encontrado los científicos
Los investigadores analizaron agua, sedimentos y organismos recogidos cerca del submarino con vehículos operados a distancia. También usaron sonar y vídeo submarino para revisar los daños visibles del casco.
El punto más delicado está en la zona del reactor. Allí se han detectado radionúclidos compatibles con combustible nuclear degradado. En palabras sencillas, parte del material que debía permanecer aislado dentro del submarino parece estar entrando en contacto con el agua de mar.
Pero hay una segunda parte importante. Las muestras no muestran indicios de plutonio procedente de las ojivas nucleares del compartimento de torpedos. Esto sugiere que los trabajos realizados por Rusia en los años noventa, cuando se sellaron zonas vulnerables con titanio, siguen funcionando en buena medida.
Por qué no se habla de desastre ambiental
La palabra “radiación” siempre asusta. Es normal. Pero en este caso los propios datos obligan a matizar.
El estudio indica que el material radiactivo se diluye con rapidez en el agua profunda del mar de Noruega. Dicho de otra forma, las concentraciones más preocupantes aparecen muy cerca del punto de fuga, pero caen de forma notable a poca distancia del submarino.
Tampoco se han encontrado señales claras de daño en la fauna local. Los organismos analizados no muestran, según los investigadores, un impacto apreciable vinculado a estas emisiones. Esto no significa que el problema no exista, sino que por ahora parece limitado al entorno más inmediato del pecio.
El papel de Noruega
Noruega tiene un motivo evidente para seguir de cerca este caso. El submarino está hundido en una zona marina sensible y relativamente próxima al Ártico, donde cualquier contaminación persistente preocupa a científicos, pescadores y autoridades.
La vigilancia actual corre a cargo de organismos como la Autoridad de Seguridad Radiológica y Nuclear de Noruega y el Instituto de Investigación Marina. Su trabajo no consiste solo en mirar si hay radiación, sino en entender cómo cambia el pecio con el paso de los años.
Y ahí está la pregunta incómoda. Si el reactor se está degradando ahora, ¿qué puede pasar dentro de diez, veinte o treinta años? El océano diluye, sí, pero el casco también envejece.
Un legado de la Guerra Fría
El Komsomolets es uno de esos restos que recuerdan que la contaminación no siempre viene de fábricas activas o vertidos recientes. A veces llega desde tecnologías militares abandonadas en el fondo del mar, lejos de la vista de todos.
Durante la Guerra Fría, muchas decisiones se tomaron pensando en la estrategia y no en el coste ambiental a largo plazo. Ahora, décadas después, los científicos tienen que vigilar submarinos, reactores y munición nuclear hundida en aguas profundas.
En la práctica, este caso muestra algo muy sencillo. Lo que se hunde no desaparece. Puede quedar fuera de la conversación pública, pero no fuera de los procesos físicos, químicos y biológicos del planeta.
Qué puede pasar ahora
Los autores del estudio creen que hacen falta nuevas expediciones para entender mejor por qué la fuga varía con el tiempo. También quieren conocer el mecanismo exacto que permite que los radionúclidos salgan desde la zona del reactor.
Retirar el submarino no parece una opción sencilla. Mover una estructura dañada, a tanta profundidad y con material nuclear dentro, podría generar más riesgos que dejarla en el fondo bajo vigilancia. Por eso, la solución más prudente parece seguir midiendo, comparando y actuando solo si los datos muestran un cambio preocupante.
Para el lector, la idea clave es esta. No estamos ante una catástrofe marina inmediata, pero sí ante una advertencia seria. El Komsomolets sigue liberando radiación y su estado debe vigilarse con lupa, porque el mar profundo no es un vertedero infinito.
El estudio completo ha sido publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.








