Según la psicología la última generación que vivió una infancia feliz son los nacidos entre 1960 y 1970 y solo ellos tienen una resiliencia de otro mundo

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Publicado el: 3 de julio de 2026 a las 23:38
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Niños jugando libremente en una calle durante los años 70, una infancia que la psicología relaciona con una mayor resiliencia.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que muchos niños salían de casa después de comer y volvían cuando empezaba a oscurecer. Jugaban en la calle, en patios, en descampados o en el campo, sin un adulto organizando cada minuto. La idea es llamativa y algo incómoda. Quienes crecieron en los años 60 y 70 podrían haber sido la última gran generación con una infancia verdaderamente libre, esa que mezclaba aire libre, aburrimiento, pequeñas responsabilidades y mucho margen para equivocarse.

El psicólogo Peter Gray lleva años estudiando este cambio. En un artículo publicado en American Journal of Play, defendió que el juego libre con otros niños ha disminuido de forma clara en Estados Unidos y otros países desarrollados, mientras han aumentado indicadores como ansiedad, depresión, sensación de indefensión y otros problemas emocionales en niños y adolescentes. No significa que antes todo fuera perfecto. Significa algo más concreto, que los niños tenían más oportunidades para aprender a manejarse sin una mano adulta encima todo el rato.

La infancia que se fue

Para muchos mayores de 60 años, la infancia no estaba llena de pantallas, actividades extraescolares y agendas cerradas. Estaba llena de calle. También de espera, de lluvia, de polvo en las rodillas y de ese “búscate la vida” que hoy a muchos padres les parece casi impensable.

Caminar hasta el colegio, ir en bicicleta a casa de un amigo o pasar horas jugando sin vigilancia directa no era una excepción. Era lo normal en muchos barrios. En la práctica, cada paseo era un pequeño entrenamiento de autonomía.

Ahí entraba también el entorno. La naturaleza cercana, aunque fuera un parque pequeño o un solar con hierbas, funcionaba como un aula sin paredes. No daba diplomas, pero enseñaba equilibrio, prudencia, fuerza y paciencia.

El juego libre entrenaba la mente

Gray define el juego libre como una actividad elegida y dirigida por los propios niños, hecha por el placer de jugar y no por un objetivo impuesto desde fuera. Esa diferencia importa mucho. No es lo mismo jugar porque toca entrenamiento que inventar una norma, discutirla, romperla y volver a empezar.

En esos juegos había riesgo, pero no siempre peligro grave. Subir a un árbol, saltar una acequia o cruzar una calle poco transitada obligaba a calcular. ¿Puedo hacerlo? ¿Me caigo? ¿Me atrevo? Ese tipo de preguntas, hechas con el cuerpo, entrenaban una confianza que no aparece en una pantalla.

También había conflictos. Alguien hacía trampas, otro se enfadaba, el grupo decidía si seguía jugando o no. Sin saberlo, muchos niños aprendían a negociar, a ceder y a defenderse. Y eso se nota.

Aburrirse también educaba

Hoy el aburrimiento parece una avería. En cuanto aparece, llega el móvil, la tableta, la serie o el vídeo corto. Antes no era así. Había tardes enteras sin nada preparado, y de ahí salían cabañas, carreras, cromos, muñecos hechos con cualquier cosa o conversaciones larguísimas en un portal.

Ese aburrimiento no era siempre agradable. A veces pesaba. Pero obligaba a buscar dentro y alrededor. En buena parte, enseñaba a esperar, a imaginar y a no exigir una recompensa inmediata cada pocos segundos.

La investigación reciente de Gray, David F. Lancy y David F. Bjorklund apunta justo a esa dirección. Su trabajo sostiene que la pérdida de actividades independientes, como jugar, moverse por el barrio o contribuir a la vida familiar sin supervisión constante, puede haber tenido efectos en el bienestar mental infantil.

Responsabilidad antes de tiempo

Otra pieza clave era la responsabilidad. Muchos niños cuidaban de hermanos pequeños, hacían recados, ponían la mesa, ayudaban en el campo, bajaban a comprar pan o se ocupaban de tareas que hoy se reservan a adultos. No era una infancia de cuento. A veces era dura.

Pero esas tareas daban una señal poderosa. El niño entendía que servía para algo, que su acción cambiaba una parte del mundo. En psicología, esto se relaciona con el llamado locus de control, la sensación de que lo que uno hace influye en los resultados.

El concepto fue trabajado durante décadas por investigadores como H. M. Lefcourt, cuya obra sobre locus de control recoge líneas de investigación sobre percepción de control, afrontamiento y conducta relacionada con el logro. Dicho de forma sencilla, no es igual crecer pensando “puedo hacer algo” que crecer sintiendo que todo depende de otros.

El precio de proteger demasiado

La paradoja es dura. Muchos adultos han intentado proteger más a los niños por amor, por miedo al tráfico, por inseguridad o por presión social. Nadie quiere que a su hijo le pase nada. Pero quizá, al retirar todo riesgo, también se ha retirado una parte del aprendizaje.

Bjorklund lo resume con una idea muy clara. Los niños “necesitan sentir que pueden desenvolverse eficazmente en el mundo real, no solo en el mundo escolar”. Esa frase no pide abandonar a los menores. Pide devolverles oportunidades graduales para hacer cosas por sí mismos.

El propio estudio de 2023 insiste en un matiz importante. La seguridad y la guía adulta importan, pero deben equilibrarse con más espacios para la actividad independiente a medida que los niños crecen. El problema, en el fondo, es que hemos movido demasiado la balanza hacia el control.

No todo era mejor antes

Conviene decirlo sin rodeos. No todas las infancias de los años 60 y 70 fueron felices. Había menos protección frente al maltrato, menos atención a la salud mental, más castigos físicos en muchos hogares y desigualdades que hoy vemos con más claridad. Idealizar el pasado no ayuda.

Lo que sí parece valioso es rescatar algunas piezas. Más juego al aire libre. Más barrios caminables. Más parques vivos. Más confianza progresiva. Más tareas reales en casa. No para fabricar niños duros, sino para ayudarles a sentirse capaces.

¿Qué significa esto para una familia de hoy? Quizá empezar por algo pequeño. Ir solo a comprar a la tienda de la esquina cuando la edad y el entorno lo permitan, bajar al parque con amigos, encargarse de una tarea doméstica de verdad o pasar una tarde sin pantalla y sin plan cerrado. Poco a poco.

Recuperar la infancia libre

La última generación que creció así no tenía una receta mágica. Tenía tiempo, calle, juego, naturaleza cercana y adultos que no podían estar en todas partes. De esa mezcla salieron golpes, discusiones y aburrimiento, sí. Pero también autonomía.

Ahora el reto no es copiar el pasado. El tráfico, las ciudades y los hábitos han cambiado. El reto es construir entornos donde los niños puedan recuperar parte de esa libertad sin negar los riesgos reales. Porque una infancia encerrada puede parecer más segura, pero no siempre prepara mejor para vivir.

El estudio más reciente sobre esta cuestión ha sido publicado en The Journal of Pediatrics.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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