Cuando una multitud camina sin una dirección fija, lo lógico sería pensar que cada persona gira hacia donde le apetece. Unos irían a la derecha, otros a la izquierda y el resultado final sería bastante caótico. Pero un nuevo estudio publicado en «Nature Communications» ha encontrado algo mucho más curioso. Los humanos tienden a moverse en sentido contrario a las agujas del reloj, incluso cuando no hay una norma, una señal o una pared que les empuje a hacerlo.
La investigación, realizada con experimentos en España y Japón, no da todavía una respuesta cerrada sobre la causa. Y ahí está lo llamativo. El patrón aparece en adultos, adolescentes y niños, y se mantiene aunque los investigadores tengan en cuenta factores como la cultura, el sexo, el tamaño del grupo o si una persona es zurda o diestra. ¿Qué significa esto en la práctica para quienes diseñan estaciones, museos, colegios o calles con mucho tránsito? Quizá más de lo que parece.
El giro inesperado
La pista surgió casi por casualidad durante unos experimentos relacionados con el movimiento de peatones. El equipo analizaba cómo se desplazaban las personas en espacios controlados y observó que, una y otra vez, el grupo acababa girando en sentido antihorario.
«Al analizar los experimentos, mis colegas se dieron cuenta por casualidad de que, en 32 de 33 ensayos experimentales, las personas preferían claramente girar en sentido contrario a las agujas del reloj», explicó Claudio Feliciani, coautor del estudio y profesor asociado de proyecto en la Universidad de Tokio en aquel momento.
No era lo que esperaban. En principio, cuando alguien camina sin un objetivo concreto, lo normal sería que sus giros fueran más o menos aleatorios. Pero los datos mostraban una tendencia medible. Pequeña en algunos casos, sí, pero constante.
Pruebas en España y Japón
Para comprobar que no se trataba de una casualidad, los investigadores hicieron pruebas en diferentes escenarios. Uno de los experimentos se llevó a cabo en la Universidad de Navarra con 50 participantes dentro de un recinto circular de 5 metros de radio. Allí caminaron libremente mientras una cámara situada a 10 metros de altura registraba sus movimientos.
Después analizaron a 107 adolescentes de 13 y 14 años en el patio de un colegio de Pamplona. Esta vez el espacio era abierto, de unos 50 por 60 metros, y las trayectorias se grabaron con un dron desde 40 metros de altura. La idea era sencilla, eliminar la influencia de paredes o límites demasiado cercanos.
También hubo experimentos en Japón, donde las costumbres de circulación peatonal no son exactamente iguales que en España. Y aun así, el patrón volvió a aparecer. Esto ayudó a descartar que todo se explicara solo por una norma cultural aprendida.
Ni zurdos ni diestros
Una explicación rápida podría ser pensar que el fenómeno tiene que ver con la mano dominante. Como hay más diestros que zurdos, quizá eso empuja al conjunto hacia un lado. Pero el estudio no encontró una diferencia significativa entre personas diestras y zurdas.
Los investigadores fueron más allá y analizaron también la dominancia del pie y del ojo. Incluso hicieron pruebas con personas que llevaban un parche en un ojo para ver si el campo visual cambiaba el resultado. El sesgo antihorario se mantuvo.
«Probablemente no viene de los ojos, porque probamos a tapar el ojo izquierdo o el derecho y el sesgo seguía ahí», señaló Feliciani. También consideró poco probable que se deba a fenómenos a gran escala como la fuerza de Coriolis o el campo magnético terrestre, según los resultados obtenidos hasta ahora.
Los niños dieron otra pista
El factor que sí pareció tener algo más de peso fue la edad. Según la Universidad de Tokio, los niños mostraron una tendencia más fuerte a moverse en sentido contrario a las agujas del reloj que los adultos. No es poca cosa.
En una escuela infantil japonesa, los investigadores analizaron a niños de unos 5 años durante una actividad de movimiento libre con música. El giro antihorario no solo apareció, sino que fue más marcado que en otros escenarios. El propio estudio señala que los menores pueden imitar más a sus compañeros y acabar moviéndose todos en la misma dirección.
Esto no demuestra por sí solo que el sesgo sea innato, pero sí reduce el peso de las explicaciones basadas únicamente en normas aprendidas. Un niño pequeño todavía no ha interiorizado de la misma manera las reglas de circulación, las señales de un aeropuerto o la costumbre de caminar por un lado de la acera.
Qué puede significar
La parte más interesante llega ahora. Si este sesgo es real y se confirma en más estudios, podría ayudar a diseñar mejor los espacios con mucha gente. Hablamos de estaciones de tren, aeropuertos, museos, centros comerciales, estadios o plazas donde el movimiento de peatones puede ser incómodo e incluso peligroso cuando hay aglomeraciones.
En el fondo, lo que plantea el estudio es que quizá no caminamos de forma tan neutral como creemos. Una pequeña preferencia individual, repetida por muchas personas, puede convertirse en un patrón colectivo. Como una corriente suave que casi no se nota hasta que ves el conjunto desde arriba.
Los autores apuntan que los recorridos de circulación en museos o exposiciones podrían alinearse con esta tendencia natural para mejorar el confort y el flujo de visitantes. Pero también advierten que hacen falta más investigaciones en entornos reales, con obstáculos, entradas, salidas y peatones que no se comportan como en un experimento.
El misterio sigue abierto
Por ahora, nadie puede decir con seguridad por qué ocurre. La hipótesis más prudente es que podría existir algún tipo de asimetría biomecánica o una forma particular de procesar la información espacial. Dicho de otra manera, quizá nuestro cuerpo o nuestro cerebro inclinan la balanza sin que nos demos cuenta.
«Nuestros resultados pueden parecer un descubrimiento menor, pero en la naturaleza la mayoría de los fenómenos relacionados con la locomoción muestran que los animales caminan sin preferencia direccional», explicó Feliciani. Según el investigador, el fuerte sesgo encontrado en personas apunta a una posible asimetría a nivel biomecánico.
La imagen es sencilla. Caminamos por una estación, evitamos a alguien en una acera, rodeamos un obstáculo en un museo y creemos que decidimos cada giro de forma libre. Tal vez sí. Pero los datos sugieren que hay una pequeña brújula interna empujando hacia la izquierda. Y eso se nota.
El estudio completo ha sido publicado en Nature Communications.









