Ciencia

Un estudio con más de 8.000 personas descubre por qué ocultamos nuestros éxitos cuando alguien está pasando por un mal momento

Un estudio con más de 8.000 personas revela por qué solemos ocultar nuestros éxitos para proteger a quien lo está pasando mal.

Un estudio con más de 8.000 personas descubre por qué ocultamos nuestros éxitos cuando alguien está pasando por un mal momento

Cuando un amigo cuenta que ha suspendido un examen, perdido una oportunidad laboral o recibido un resultado médico decepcionante, muchas personas reaccionan contando una experiencia parecida. Puede parecer una forma de llevar la conversación hacia uno mismo, pero una nueva investigación apunta justo en la dirección contraria. A menudo lo hacemos para aliviar el golpe y demostrar que la otra persona no está sola.

El trabajo, basado en nueve estudios con 8.229 participantes, concluye que adaptamos lo que contamos a las emociones de quien tenemos delante. Compartimos nuestros fracasos con más facilidad cuando el otro también ha fracasado, mientras que solemos callar, suavizar o aplazar un éxito propio si creemos que podría hacerle sentir peor. No es poca cosa.

El impulso de decir «a mí también»

Los investigadores llaman a este comportamiento «divulgación receptiva de resultados». Dicho de forma sencilla, es la decisión de contar o esconder un éxito o un fracaso después de que otra persona acaba de revelar el suyo.

La respuesta más habitual consiste en emparejar las experiencias. Si alguien cuenta que le rechazaron en un proceso de selección, es más probable que recordemos nuestro propio rechazo. Si celebra que consiguió el puesto, tendemos a responder con una buena noticia comparable.

Pero la simetría no es perfecta. Contar un fracaso similar se percibe como una manera de ofrecer apoyo emocional, mientras que compartir un éxito parecido puede aportar menos consuelo y hasta sonar a competición. Por eso el «a mí también» aparece con especial fuerza cuando las cosas han salido mal.

El fracaso se comparte más

El estudio detectó dos diferencias claras. Las personas revelaban fracasos coincidentes con mayor frecuencia que éxitos coincidentes. Además, ante resultados distintos, era más probable contar un fracaso después del éxito ajeno que anunciar un éxito después del fracaso de otra persona.

¿Qué ocurre cuando a uno le ha ido bien y al otro no? Muchos participantes preferían guardar silencio. Quienes sí hablaban tendían a quitar importancia a su logro, pedir disculpas, ofrecer ayuda o esperar un poco antes de contarlo.

También sucedía lo contrario. Si alguien acababa de compartir una buena noticia, quienes tenían una experiencia negativa retrasaban su revelación para no apagar ese momento. En el fondo, la conversación se ajustaba como el volumen de una radio para no imponerse sobre la emoción del otro.

Cómo se hizo la investigación

El equipo combinó escenarios hipotéticos, respuestas redactadas por los propios participantes y conversaciones reales. En total analizó 2.216 respuestas escritas y 473 parejas que mantuvieron conversaciones, además de experimentos controlados en ámbitos como la salud, el empleo y las inversiones.

A algunos participantes se les asignaba un resultado positivo o negativo. Después conocían el resultado de otra persona y decidían si revelaban el suyo, cuándo lo hacían y con qué tono. Otros estudios modificaron la simpatía, la relación, el estatus profesional y la similitud entre las experiencias.

El trabajo fue realizado por Emily Prinsloo, Irene Scopelliti, George Loewenstein y Joachim Vosgerau, vinculados a Rice University, Bayes Business School, Carnegie Mellon University y la Universidad Bocconi. Siete experimentos fueron prerregistrados, una práctica que deja definidos aspectos importantes del análisis antes de conocer los resultados.

La simpatía pesa más que el estatus

El patrón era más fuerte cuando los participantes sentían aprecio por quien había hablado primero. También compartían más los fracasos similares cuando ambas experiencias pertenecían al mismo ámbito, como suspender el mismo examen de conducir o recibir un resultado parecido en una prueba médica.

Sin embargo, la cercanía de la relación y las diferencias de estatus no cambiaron de manera significativa el resultado principal. Se observó entre amigos, compañeros, mentores e incluso desconocidos en interacciones breves. Esto sugiere que no se trata únicamente de quedar bien ante alguien importante.

La clave parece estar en la utilidad emocional atribuida a las palabras. Un fracaso propio puede funcionar como consuelo si resulta relevante para lo que la otra persona acaba de vivir. Un éxito, en cambio, puede convertirse en sal sobre la herida si se cuenta en el peor momento.

Las buenas intenciones no bastan

La investigación muestra lo que la gente intenta hacer, pero no demuestra que esas estrategias siempre funcionen. Los autores reconocen que todavía falta saber cómo recibe realmente la otra persona el silencio, la disculpa o la historia de un fracaso parecido.

Ocultar un éxito puede interpretarse como una actitud paternalista si más tarde se descubre. Del mismo modo, responder a un problema con «a mí me pasó algo peor» puede sonar a competición y desplazar el foco de quien necesitaba ser escuchado. La intención era consolar, pero el resultado podría ser otro.

Además, los resultados describen tendencias generales, no una receta universal. Buena parte de los participantes procedía de Estados Unidos, Reino Unido y Canadá y hablaba inglés, por lo que otras culturas podrían manejar el éxito, el fracaso y la modestia de forma distinta. Los propios investigadores plantean estudiar estas posibles diferencias.

Qué significa en la vida diaria

En la práctica, el hallazgo invita a escuchar antes de compartir. Una experiencia propia puede ayudar cuando demuestra comprensión y se cuenta sin ocupar toda la conversación. A veces basta con una frase breve y volver a preguntar cómo se siente la otra persona.

También conviene cuidar el momento. Si un compañero acaba de perder un ascenso, quizá no sea la mejor ocasión para anunciar que uno ha sido promocionado, aunque ocultarlo durante demasiado tiempo tampoco garantiza una reacción mejor. El tono y el contexto importan.

¿La regla más útil? No convertir el «a mí también» en «ahora hablemos de mí». La investigación sugiere que ya intentamos proteger los sentimientos ajenos de manera intuitiva, pero hacerlo bien exige algo más que buenas intenciones. Exige atención.

Hablar también regula emociones

Irene Scopelliti, profesora de marketing y ciencias del comportamiento en Bayes Business School, resume el fondo del trabajo con una idea sencilla. «No se trata tanto de gestionar nuestra propia imagen como de proteger los sentimientos de la otra persona».

La conclusión cambia la forma de entender muchas charlas cotidianas. Lo que contamos no depende solo de quiénes somos o de la imagen que queremos proyectar, sino también de la emoción que acaba de entrar en la conversación. 

El estudio completo ha sido publicado en Organizational Behavior and Human Decision Processes.

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