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Un estudio sugiere que el latido electromagnético de la Tierra vibra casi en la misma frecuencia que las ondas cerebrales humanas y ya investigan su relación real

Un estudio explora si el latido electromagnético de la Tierra podría influir en el cerebro, aunque aún no existen pruebas.

Un estudio sugiere que el latido electromagnético de la Tierra vibra casi en la misma frecuencia que las ondas cerebrales humanas y ya investigan su relación real

¿Puede el cerebro captar, de alguna manera, el débil ruido electromagnético natural del planeta? Dos trabajos teóricos publicados en BioSystems por investigadores vinculados al Politécnico de Turín plantean que las membranas neuronales, el agua que las rodea y el líquido cefalorraquídeo podrían participar en un acoplamiento con campos eléctricos y magnéticos.

La propuesta apunta, entre otras señales, a las resonancias Schumann, generadas por las tormentas entre la superficie terrestre y la ionosfera. La idea es sugerente, pero la conclusión importante es otra. Todavía no se ha demostrado que esas frecuencias controlen la conciencia, estabilicen la mente o conecten unos cerebros con otros, y los dos artículos no presentan nuevos datos experimentales.

El latido de la Tierra

Las resonancias Schumann son ondas electromagnéticas de frecuencia extremadamente baja. Los rayos excitan la enorme cavidad formada por la Tierra y la ionosfera, que se comporta como una especie de caja de resonancia planetaria. Su frecuencia fundamental ronda los 7,8 Hz, acompañada por otros picos, y puede variar con las condiciones atmosféricas e ionosféricas.

Llamarlas «latido de la Tierra» ayuda a visualizar el fenómeno, pero no debe tomarse de forma literal. Alrededor de esa frecuencia también aparecen ritmos eléctricos cerebrales próximos a las bandas theta y alfa. Los propios autores lo resumen con una cautela clave, «la coincidencia de frecuencias no implica un acoplamiento directo».

Qué propone la hipótesis

Marco Cavaglià y Jack A. Tuszynski plantean un Marco Holográfico Unificado para explicar cómo el cerebro podría integrar información a distintas escalas. Cavaglià es un investigador vinculado al Politécnico de Turín con experiencia clínica en anestesiología. Su propuesta desplaza parte de la atención desde las neuronas completas hacia sus membranas, el agua interfacial y el líquido cefalorraquídeo.

En este contexto, «holográfico» no significa que el cerebro proyecte imágenes ocultas. Se refiere a la posibilidad de que la información esté distribuida en patrones de fase e interferencia, de forma parecida a como un holograma reparte la información por toda su superficie. Las membranas actuarían como soporte sensible y el agua cercana ayudaría a mantener o transmitir esos patrones.

¿Dónde entra la Tierra? Los autores consideran que las resonancias Schumann podrían funcionar, como mucho, como una referencia temporal muy débil cuando coincidieran en fase con ritmos internos. Sería más parecido a un metrónomo apenas audible que a un mando a distancia del cerebro, y el mecanismo central de la teoría no depende de campos externos.

El agua junto a las neuronas

El agua vicinal, también llamada agua interfacial, es la capa situada junto a membranas, proteínas y otras superficies biológicas. En ese espacio puede mostrar cambios en la organización de sus enlaces, su viscosidad o su respuesta eléctrica respecto al agua libre. Es una zona diminuta, pero allí ocurren procesos importantes para las membranas y las proteínas.

El salto más atrevido consiste en proponer que esa capa sostenga formas de coherencia capaces de participar en el procesamiento cerebral. Los autores reconocen que las llamadas «zonas de exclusión» y algunos modelos cuánticos del agua siguen siendo discutidos. Por eso, hablar de una «batería biológica» que almacena o transmite pensamientos como si ya estuviera demostrada sería ir demasiado lejos.

El modelo EMI

Un segundo trabajo, firmado por Tommaso Firaux, Tuszynski y Cavaglià, amplía la idea mediante el modelo EMI, siglas de Energía, Masa e Información. Este marco describe la mente como un sistema dinámico en el que los patrones cerebrales buscan estados relativamente estables, llamados atractores.

En la práctica, un atractor sería una configuración a la que el sistema tiende a regresar, aunque reciba pequeñas perturbaciones. Los autores relacionan estos estados con la percepción, la memoria, la conducta y la continuidad de la identidad personal. Es una propuesta para ordenar fenómenos complejos, no una prueba de que la conciencia sea una señal recibida desde el planeta.

Cuando dos cerebros se coordinan

La sincronización entre personas tampoco es una invención. El hiperescaneo permite registrar al mismo tiempo la actividad cerebral de dos o más participantes, y distintos experimentos han encontrado acoplamientos durante conversaciones, movimientos coordinados y otras tareas compartidas.

Pero aquí conviene frenar. Dos cerebros pueden mostrar ritmos parecidos porque escuchan la misma voz, siguen el mismo compás, se observan o ajustan sus movimientos entre sí. Estos resultados no demuestran que exista una antena cerebral común ni que las resonancias Schumann transporten pensamientos o emociones.

La prueba que todavía falta

Los dos artículos de BioSystems no presentan un ensayo con voluntarios ni un experimento que haya detectado la conexión entre la Tierra y el cerebro. Sus fichas indican que no utilizaron datos para la investigación descrita. Lo que ofrecen es un marco conceptual y una hoja de ruta para intentar refutarlo o confirmarlo.

Entre las pruebas propuestas aparecen exposiciones controladas a frecuencias cercanas a las resonancias Schumann, sesiones con blindaje magnético, señales fuera de fase y comparaciones con otras frecuencias. También plantean combinar registros eléctricos con técnicas capaces de observar cambios en membranas y agua interfacial, además de estudiar qué ocurre durante la anestesia o al modificar ritmos respiratorios y del líquido cefalorraquídeo.

Para tomar la hipótesis en serio, los efectos tendrían que repetirse, aparecer bajo condiciones concretas, desaparecer con controles adecuados y ser confirmados por equipos independientes. Por ahora, estos trabajos no respaldan terapias, audios, pulseras o dispositivos comerciales basados en 7,83 Hz, ni permiten afirmar que las tormentas cambien directamente la conciencia humana. 

El marco principal ha sido publicado en la revista BioSystems.

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