Un equipo de ingenieros de la Universidad Northwestern ha logrado imprimir pequeñas neuronas artificiales capaces de activar células cerebrales reales de ratón en una placa de laboratorio. No es un cerebro artificial, ni una cura inmediata para enfermedades neurológicas. Pero sí es una señal importante de hacia dónde puede ir la electrónica cuando intenta copiar al cerebro de una forma más fiel.
La noticia tiene una lectura médica, pero también ambiental. La inteligencia artificial necesita cada vez más centros de datos, más electricidad y más refrigeración. Si los ordenadores del futuro consiguen procesar información con menos energía, imitando mejor a las neuronas, el impacto podría notarse fuera del laboratorio. También en la factura energética del planeta.
Qué han creado los científicos
Los investigadores han fabricado dispositivos flexibles y de bajo coste que generan impulsos eléctricos parecidos a los de una neurona. La clave no está en que piensen, sino en que disparan señales con ritmos y formas que las células vivas pueden reconocer.
En el estudio, publicado el 15 de abril de 2026 en Nature Nanotechnology, estos circuitos produjeron patrones de actividad variados, desde impulsos aislados hasta ráfagas. Algunos llegaron a frecuencias ajustables de hasta 20 kilohercios y mantuvieron su funcionamiento durante más de un millón de ciclos. No es poca cosa para un dispositivo impreso.
Por qué esto entra en sostenibilidad
La IA está creciendo a gran velocidad y eso tiene un coste físico. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron unos 415 TWh en 2024, alrededor del 1,5 % de la electricidad mundial. La misma agencia proyecta que esa cifra puede acercarse a 945 TWh en 2030.
Además, la Comisión Europea recuerda que los centros de datos no solo consumen electricidad. También pueden tener impacto climático y ambiental por el agua que usan para enfriar equipos y por las emisiones de CO2 si la electricidad no está descarbonizada. Aquí entra el interés de una computación más eficiente. Menos calor, menos gasto y menos presión sobre la red.
El cerebro como modelo
El cerebro humano no funciona como un chip de silicio tradicional. Un ordenador convencional se apoya en miles de millones de transistores rígidos y repetidos. El cerebro, en cambio, es blando, cambiante y tridimensional.
Hersam lo explicó con una comparación sencilla. «El cerebro es lo contrario. Es heterogéneo, dinámico y tridimensional». En el fondo, lo que busca su equipo es acercar la electrónica a esa forma de funcionar, no copiar la mente humana.
La idea tiene sentido por una razón muy práctica. El propio Hersam señaló que el entrenamiento de modelos de IA exige manejar cada vez más datos y eso crea un problema de consumo eléctrico. ¿Qué pasa si el hardware deja de comportarse como una fábrica rígida y empieza a parecerse más a una red nerviosa? Esa es la pregunta de fondo.
Cómo se imprimen estas neuronas
Para construirlas, el equipo usó una técnica llamada impresión por chorro de aerosol. Las tintas electrónicas contenían pequeñas escamas de disulfuro de molibdeno (MoS2), que actúa como semiconductor, y grafeno, que conduce la electricidad. Todo se depositó sobre un sustrato de polímero flexible.
Hasta ahora, ese polímero podía verse como una molestia porque interfería con el paso de la corriente. Pero los investigadores hicieron algo distinto. En vez de eliminarlo por completo, controlaron su descomposición parcial con calor.
Ese pequeño “defecto” terminó siendo útil. Al pasar corriente, se forman filamentos conductores muy finos. Por ahí la electricidad sube y baja de golpe, como ocurre cuando una neurona lanza un impulso. Parece un detalle de laboratorio, pero ahí está la trampa buena del avance.
La prueba con células reales
El paso más llamativo llegó cuando los investigadores conectaron las señales artificiales con cortes de cerebelo de ratón. No hablamos de un animal vivo ni de un cerebro humano. Eran muestras de tejido en laboratorio, algo importante para no exagerar el hallazgo.
Las células nerviosas respondieron a los impulsos artificiales. Según Northwestern, los picos de voltaje de estas neuronas impresas coincidían en aspectos clave con los de las neuronas vivas, incluidos el tiempo y la duración. En la práctica, el tejido pudo “leer” la señal artificial como una señal nerviosa reconocible.
Hersam lo resumió de forma directa. «Se puede ver a las neuronas vivas responder a nuestra neurona artificial». Esa frase explica por qué el estudio ha llamado tanto la atención. La electrónica no solo estaba imitando una señal, sino provocando respuesta biológica.
Lo que podría cambiar
A medio y largo plazo, esta línea de trabajo podría ayudar a crear interfaces cerebro ordenador más finas. Hablamos de sistemas capaces de conectar el sistema nervioso con prótesis, implantes auditivos, dispositivos de comunicación o tecnologías de apoyo para personas con pérdida de movilidad. Todavía suena lejano, pero el camino empieza por lograr una comunicación fiable entre materia viva y electrónica.
También puede servir para diseñar ordenadores neuromórficos, es decir, máquinas inspiradas en el cerebro. No serían ordenadores “con conciencia”. Serían sistemas que procesan información mediante impulsos y memoria local, gastando menos energía que muchos equipos digitales actuales.
Y eso importa más de lo que parece. Cada centro de datos que se abre necesita electricidad, suelo, refrigeración y conexiones. Si la demanda digital sigue creciendo, la eficiencia deja de ser una mejora técnica para convertirse en una cuestión ambiental.
Lo que todavía falta
Conviene frenar un poco el entusiasmo. Estas neuronas artificiales no están listas para implantarse en personas. Tampoco sustituyen neuronas dañadas en pacientes con alzhéimer u otras enfermedades. Por ahora, el logro está en el laboratorio y en tejido de ratón.
Expertos citados por Live Science recuerdan que estas tecnologías aún no se comunican con neuronas biológicas de forma completa y duradera. También falta integrar muchos dispositivos en circuitos con sinapsis artificiales, que serían las conexiones encargadas de transmitir y modular la información. Sin esas piezas, no hay una red neuronal artificial completa.
El avance, por tanto, no es una revolución médica inmediata. Es una puerta abierta. Y en ciencia, a veces eso vale más que una promesa demasiado redonda.
Un avance pequeño con una pregunta enorme
La parte más interesante quizá no sea que una neurona artificial haya hecho responder a una célula real. Lo más importante es que empieza a borrar una frontera que hasta hace poco parecía muy rígida, la que separaba la electrónica dura del tejido vivo.
Si esa frontera se cruza con seguridad, puede haber mejores implantes. Si además se cruza con eficiencia, también puede haber una IA menos hambrienta de electricidad. Es pronto, sí. Pero el experimento apunta a una dirección muy concreta.
El estudio completo ha sido publicado en Nature Nanotechnology.








