La desertificación no solo vuelve los paisajes más secos. También empobrece el suelo, aumenta la erosión y hace mucho más difícil que regrese la vegetación. En ese escenario, un estudio publicado en 2017 en PLOS ONE probó una fórmula poco vistosa, pero muy seria, para sujetar la arena y devolverle algo de vida al terreno. La combinación de cianobacterias, un fijador del suelo y un polímero superabsorbente permitió formar en un año una costra biológica mucho más estable que la arena sin tratar.
El trabajo se realizó en la estación experimental de Shapotou, en Ningxia, al norte de China, una zona árida donde la precipitación anual baja de los 300 milímetros. No es precisamente un sitio donde baste con plantar y esperar. Los investigadores compararon tres escenarios. Uno con suelo de control, otro solo con cianobacterias y un tercero con cianobacterias más TKS7 (un agente fijador del suelo) y SAP (un material capaz de retener agua y aportar nutrientes). La meta era acelerar un proceso natural que, en condiciones normales, puede tardar décadas.
¿Y qué es exactamente esa costra? Es una capa viva que se forma en la superficie del suelo gracias a microorganismos como las cianobacterias. Esa especie de piel une los granos de arena, reduce el impacto de la lluvia, frena que el viento arrastre partículas y empieza a mejorar la fertilidad del terreno. En la práctica, significa que un suelo que hoy se levanta con una ráfaga puede empezar a comportarse como una base más firme.
Los números ayudan a ponerlo en contexto. Tras 12 meses, el tratamiento combinado alcanzó el 75% de la estabilidad de agregados de una costra natural de unos 20 años y llegó al 88% de su resistencia frente a la erosión por viento. Cuando se aplicaron solo cianobacterias, la mejora fue menor. Se quedó en el 68% de estabilidad y el 73% de resistencia al viento respecto a esa costra natural usada como referencia. No es un detalle menor, porque en los primeros meses es cuando el suelo está más expuesto a que la lluvia fuerte o el aire se lleven por delante el avance conseguido.
Además, el suelo no solo quedó más sujeto. También se volvió más activo. El estudio observó aumentos claros en carbohidratos, biomasa de cianobacterias, biomasa microbiana, respiración del suelo, fijación de carbono y eficiencia fotosintética frente al suelo desnudo. En varios de esos indicadores, el tratamiento combinado se movió entre el 50% y el 100% de los valores medidos en una costra natural madura. Dicho de otra forma, no solo se estaba pegando la arena. También empezaba a funcionar un pequeño ecosistema sobre ella.
Hay otro punto importante. Los autores no venden humo. Aunque los resultados fueron prometedores, también advierten de que hace falta seguimiento a largo plazo para comprobar si estas costras inoculadas mantienen su estabilidad durante años y cómo responden a lluvias intensas, viento continuo y otras perturbaciones del terreno. Ese matiz importa mucho. Porque restaurar un suelo no consiste en lograr una foto bonita al cabo de unos meses, sino en conseguir que aguante.
El interés de esta vía se entiende mejor con el tamaño del problema. La Convención de la ONU de Lucha contra la Desertificación recuerda que hasta el 40% de la tierra del planeta está degradada y que más de 3.000 millones de personas se ven afectadas por ese deterioro. Por eso estas soluciones llaman tanto la atención. No sustituyen una buena gestión del agua, del territorio o de la vegetación, pero sí pueden ofrecer un primer anclaje en lugares donde recuperar suelo fértil parece casi imposible. ¿Qué significa esto sobre el terreno? Menos arena suelta, menos erosión y una base algo más realista para que la vida vuelva a abrirse paso.
El estudio científico, publicado en 2017, ha sido publicado en PLOS ONE.









