Durante décadas se creyó que el cerebro era inmune al espacio pero un estudio con 26 astronautas descubre un ‘reloj circadiano’ que abre la puerta a un viaje sin precedentes

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Publicado el: 17 de junio de 2026 a las 12:47
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Mujer en estado de hibernación artificial dentro de una cápsula espacial inspirada en investigaciones sobre torpor y reloj circadiano

Un equipo de la Universidad de Nagoya, en Japón, ha identificado un circuito neuronal que ayuda a decidir cuándo un mamífero entra en torpor, un estado natural en el que bajan la temperatura corporal y el metabolismo para ahorrar energía. El hallazgo se ha realizado en ratones y no significa que la hibernación humana esté lista, pero sí aclara una pieza importante de un rompecabezas que lleva años intrigando a médicos y expertos en exploración espacial.

La idea suena a ciencia ficción, sobre todo si pensamos en viajes de larga duración fuera de la Tierra. Pero el punto de partida es muy real. Algunos animales, como colibríes, murciélagos y ratones, pueden reducir su gasto energético cuando faltan alimentos o hace frío extremo. ¿Cómo sabe el cuerpo cuándo debe apagar parte de su actividad sin ponerse en peligro? Ahí está la clave.

El reloj del cerebro

El estudio se centra en el reloj circadiano del cerebro, una pequeña región situada en el hipotálamo que ayuda a organizar los ritmos diarios del cuerpo. En los ratones, ese reloj no activa directamente el torpor. Más bien hace algo casi igual de importante. Lo frena durante el día.

Los investigadores observaron que el circuito conecta el núcleo supraquiasmático, considerado el reloj central del cerebro, con el área preóptica, una zona relacionada con el control de la temperatura corporal. En la práctica, este camino neuronal funciona como una especie de semáforo interno. Cuando la señal inhibitoria está activa, el animal permanece fuera del torpor. Cuando esa señal baja por la noche, el organismo puede entrar en modo ahorro.

No es poca cosa. Entender ese semáforo ayuda a explicar por qué el torpor aparece en momentos concretos del día y no de manera caótica. En ratones normales se produce sobre todo entre la medianoche y el amanecer, mientras que al alterar la salida del reloj circadiano ese patrón se desordena.

Un freno que se apaga de noche

Daisuke Ono, investigador del Research Institute of Environmental Medicine de la Universidad de Nagoya y autor sénior del trabajo, lo resume con una idea sencilla. «El área preóptica del cerebro controla la temperatura corporal y tiene un papel importante en el inicio del torpor», explicó. «Durante el día, el reloj circadiano del cerebro suprime el torpor, que ocurre entre la medianoche y el amanecer en los ratones».

Para probarlo, el equipo utilizó optogenética, una técnica que permite activar o desactivar neuronas concretas mediante luz. Cuando estimularon la vía que conecta el reloj circadiano con el área preóptica, el torpor se redujo. Cuando el sistema se alteró, los animales entraron en torpor en momentos irregulares o lo hicieron mucho menos.

La pieza molecular más llamativa aparece en unas neuronas que producen arginina vasopresina, conocidas como neuronas AVP. Estas células liberan señales inhibitorias relacionadas con GABA, un mensajero químico del cerebro. Al interferir con esa comunicación, el calendario interno del torpor dejó de funcionar con normalidad.

No es dormir, es ahorrar energía

El torpor no es una siesta larga ni un sueño profundo sin más. Es un estado de hipometabolismo en el que el cuerpo reduce de forma fuerte su actividad para sobrevivir a condiciones difíciles. Baja la temperatura corporal, baja el gasto energético y el organismo entra en una especie de modo resistencia.

Esto importa porque el cuerpo humano también sufre cuando hay traumatismos graves, cirugías complejas o falta de oxígeno en los tejidos. En medicina ya se usa la hipotermia inducida en algunos contextos para intentar limitar daños. Si se comprendiera mejor cómo regula el cerebro estos estados de bajo consumo, podrían abrirse nuevas vías para proteger órganos y tejidos en situaciones críticas.

Pero conviene poner los pies en la Tierra. El estudio se ha hecho en ratones, no en personas. Los humanos no entramos de forma natural en torpor, así que cualquier aplicación clínica o espacial está todavía lejos y necesitaría mucha más investigación. Aun así, descubrir el circuito es un avance importante. Primero hay que encontrar el mapa antes de pensar en recorrer el camino.

La mirada puesta en el espacio

La Universidad de Nagoya señala que estos resultados podrían aportar pistas para futuros estados hipometabólicos controlados. En otras palabras, para reducir de manera segura el gasto energético del cuerpo durante un tiempo. Esa idea interesa mucho en viajes espaciales largos, donde cada kilo de comida, agua y oxígeno cuenta.

¿Significa esto que una tripulación humana podría viajar pronto en hibernación hacia Alfa Centauri? No. Sería exagerado decirlo así. Lo que sí sugiere el trabajo es que la biología de los mamíferos tiene circuitos capaces de coordinar metabolismo, temperatura y supervivencia. Si algún día se consigue imitar ese proceso de forma segura en humanos, los viajes de larga duración podrían plantearse de otra manera.

El propio Ono matiza el mecanismo con una frase clave. «El reloj no activa directamente el torpor. En cambio, reduce su influencia inhibitoria por la noche, permitiendo que los circuitos neuronales implicados en la termorregulación y el equilibrio energético promuevan el torpor cuando las condiciones ambientales son favorables». Esa coordinación entre sistemas es lo que hace tan interesante el hallazgo.

Lo que queda por demostrar

El gran reto ahora es saber hasta dónde se puede trasladar este conocimiento. Los ratones son mamíferos, pero no son humanos. La distancia entre activar un circuito en un laboratorio y usar esa información para proteger a una persona en un hospital, o en una nave espacial, es enorme.

Aun así, el descubrimiento encaja con una línea de investigación cada vez más relevante. Comprender cómo algunos animales reducen su metabolismo sin colapsar puede ayudar a diseñar tratamientos más precisos. También puede aportar nuevas ideas para misiones espaciales en las que el cuerpo humano tendría que soportar meses o años en condiciones muy exigentes.

En el fondo, este estudio no promete una nave rumbo a otra estrella mañana. Promete algo más prudente y quizá más valioso. Enseña cómo el cerebro regula uno de los mecanismos de supervivencia más extremos de la naturaleza. Y eso, para la medicina y para la exploración espacial, ya es una puerta abierta.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Nature Communications.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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