Durante años, el león cavernario ha sido imaginado casi como un león actual, pero más grande, más fuerte y adaptado al frío. Una especie de «superleón» de la Edad de Hielo. Sin embargo, un nuevo estudio genético acaba de cambiar esa imagen de forma importante.
Un equipo internacional ha analizado 12 genomas de leones cavernarios y los ha comparado con 20 genomas de leones modernos de África y el sur de Asia. La conclusión es clara. Este animal no era una simple versión antigua del león que conocemos hoy, sino una rama evolutiva propia, separada durante más de 1,5 millones de años. Y eso no es poca cosa.
No era solo un león gigante
El león cavernario fue uno de los grandes depredadores de la Edad de Hielo. Vivió en una enorme franja que iba desde Europa occidental hasta Siberia y el norte de Norteamérica, en paisajes fríos donde también se movían mamuts, rinocerontes lanudos, bisontes, caballos y renos.
Hasta ahora, la forma más sencilla de explicarlo era compararlo con los leones modernos. Pero el ADN ha afinado mucho más la fotografía. Los investigadores extrajeron material genético de huesos, dientes y también de tejidos blandos conservados en el permafrost siberiano, una auténtica nevera natural para el pasado.
David Stanton, investigador de la Universidad de Cardiff y autor principal del estudio, lo resume así. «Lo que vemos en sus genomas es algo mucho más notable», explicó al hablar de un linaje que llevaba más de un millón de años evolucionando por su cuenta.
Una separación muy antigua
La comparación genética muestra que los leones cavernarios y los leones modernos formaban grupos claramente distintos. Según los nuevos análisis, su separación pudo remontarse a más de 1,5 millones de años, bastante antes de lo que sugerían algunas estimaciones anteriores. Reuters recoge que el estudio apunta incluso a una divergencia probable cercana a 1,7 millones de años.
¿Qué significa esto en la práctica? Que no hablamos de dos animales casi iguales separados por unos pocos cambios. Hablamos de dos líneas evolutivas con una historia larga, cada una sometida a sus propios ambientes, presiones y formas de sobrevivir.
El equipo también encontró cambios genéticos únicos en los leones cavernarios. Algunos aparecen relacionados con la función cerebral, la visión, el crecimiento y el desarrollo del sistema circulatorio. Estos datos encajan con lo que ya sugerían los fósiles y el arte rupestre, donde estos animales aparecen como depredadores distintos a los leones actuales.
El clima los juntó
La historia no termina con una separación antigua. Aunque los dos linajes estuvieron mucho tiempo apartados, el estudio muestra que no vivieron completamente aislados. Hubo episodios de cruce entre leones cavernarios y leones modernos durante decenas de miles de años.
Aquí entra en juego el clima. Durante las fases más frías de la Edad de Hielo, las capas de hielo crecían y los paisajes cambiaban. En esos momentos, los leones cavernarios probablemente se desplazaron hacia el sur y pudieron entrar en contacto con leones modernos en zonas de Asia Central y el suroeste de Asia.
Love Dalén, profesor del Centro de Paleogenética de Estocolmo, lo explica de una forma muy directa. «El cambio climático pasado hizo algo más que remodelar hábitats», afirmó. También creó oportunidades breves para que especies separadas se encontraran y se cruzaran.
Sparta y el valor del hielo
Uno de los ejemplares más llamativos del estudio es Sparta, una cría de león cavernario hallada congelada en el noreste de Siberia. La Universidad de Estocolmo indica que fue encontrada en 2018 en Belaya Gora, cerca del río Indigirka, y que la datación por radiocarbono la sitúa en torno a los 32.000 años antes del presente.
Su caso ayuda a entender por qué estos hallazgos son tan valiosos. No se trata solo de encontrar un hueso antiguo en buen estado. Cuando el frío conserva tejidos durante miles de años, los científicos pueden recuperar información genética que antes parecía imposible de leer.
En este estudio, las muestras procedían de leones cavernarios de distintos lugares y épocas, con una antigüedad de entre unos 17.000 y más de 100.000 años. Esa variedad permitió reconstruir una historia mucho más amplia, no una simple foto fija de un animal concreto.
El rey de una sabana helada
A pesar de su nombre, el león cavernario no vivía metido en cuevas como si fueran su hogar habitual. Reuters explica que habitaba sobre todo paisajes abiertos y fríos, como las praderas y tundras del norte de Eurasia y del noroeste de Norteamérica. Era un mundo duro, pero lleno de grandes presas.
En ese ecosistema, conocido como la estepa del mamut, el león cavernario ocupaba la parte alta de la cadena alimentaria. Stanton lo describió como un depredador ápice con un papel ecológico muy importante. En otras palabras, era uno de esos animales que podían marcar el equilibrio de todo un paisaje.
Entre sus presas probables estaban mamuts jóvenes o viejos, rinocerontes lanudos, antílopes, renos, caballos y bisontes. No es difícil imaginar la escena. Frío extremo, manadas en movimiento y un gran felino acechando en silencio. La naturaleza no era más sencilla entonces. Solo era distinta.
Una extinción con muchas preguntas
El león cavernario desapareció hace unos 14.000 años, al final de la Edad de Hielo. Como ocurrió con buena parte de la megafauna del Pleistoceno, su extinción parece encajar en un periodo de fuertes cambios ambientales, con un clima que se transformaba rápido y poblaciones humanas cada vez más presentes.
Pero conviene no cerrar la historia demasiado pronto. Los propios investigadores advierten que las razones exactas de su desaparición no están completamente resueltas. Puede que influyeran el cambio climático, la pérdida de presas, la presión humana y otros factores que todavía no se entienden del todo.
Lo que sí cambia este estudio es la forma de mirar a este animal. Ya no basta con verlo como un león moderno en versión prehistórica. El ADN muestra que fue una criatura con una historia propia, adaptada a un planeta frío y cambiante, y con contactos inesperados con otros leones cuando el clima movía las fronteras de la vida.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Cell.










