Hace más de 14.000 años 5 humanos y un perro se introdujeron en una profunda cueva utilizando un método inaudito: sus huellas quedaron plasmadas en el suelo para la eternidad
Hace unos 14.400 años, cinco personas se adentraron al menos 400 metros en la Grotta della Bàsura, en el noroeste de Italia. Iban descalzas, cruzaron pasos donde solo cabía avanzar a cuatro patas y probablemente las acompañaba un cánido, un animal de la familia de perros y lobos.
¿Cómo iluminaron un recorrido así sin lámparas? Un nuevo estudio apunta a una solución muy simple. Ramitas finas de pino, encendidas solas o en pequeños manojos, daban luz suficiente y producían poco humo.
Una luz muy sencilla
El equipo encabezado por Daniele Arobba, del Museo Arqueológico del Finale, analizó polen y fragmentos de carbón recuperados en la cueva. También participaron Elisabetta Starnini, de la Universidad de Pisa, y especialistas de las universidades de Turín, Génova y Sapienza de Roma.
Muchos restos procedían de pinos y tenían menos de dos o tres centímetros de grosor. El polen dibuja un paisaje de pinares abiertos y estepa fría, por lo que la madera estaba cerca. No eran grandes antorchas de película, sino piezas de entre veinte y treinta centímetros.
La prueba en la oscuridad
Para comprobar la idea, los investigadores repitieron la experiencia en 2024 dentro de una cavidad cercana, sin alterar el yacimiento. Cinco personas caminaron en fila y comprobaron que bastaban dos ramitas encendidas, una en la segunda posición y otra al final.
Tras unos diez minutos de adaptación, podían ver aproximadamente diez metros por delante. La madera se consumía a un ritmo medio de unos cuatro centímetros por minuto, pero generaba poco humo y deslumbraba menos que una llama grande.
El equipo calcula que unas veinte piezas de treinta centímetros permitían cubrir la ida y la vuelta, unos ochocientos metros y cerca de dos horas. Era un sistema sencillo, aunque exigía preparación y madera seca.
Quiénes entraron
Un estudio publicado en 2019, dirigido por Marco Romano, examinó un conjunto de 180 huellas y otras marcas. Concluyó que había dos adultos, un adolescente y dos niños de unos tres y seis años, todos descalzos.
El grupo pertenecía al Epigravetiense, una etapa final del Paleolítico superior en el sur de Europa. Las pisadas, las rodillas marcadas en el barro y las huellas de manos muestran que no fue una visita rápida. Llegaron hasta la Sala de los Misterios.
Un posible perro
Las marcas de patas también han ganado peso. Un trabajo de Federico De Sario y Marco Romano, publicado en línea en noviembre de 2025, sostiene que proceden probablemente de un único cánido que avanzó junto a los humanos.
Los autores consideran más probable que fuera un perro doméstico, pero las huellas no permiten descartar por completo a un lobo. Su solapamiento con pisadas humanas indica, al menos, que recorrieron la cueva al mismo tiempo.
Curiosidad bajo tierra
La investigación no puede decir por qué adultos y niños asumieron aquel riesgo. No hay pruebas suficientes para afirmar que fuese un ritual. Quizá la entrada tuvo un componente social o respondió, sencillamente, a la curiosidad.
«Esta investigación permite reconstruir de forma muy concreta las estrategias usadas para afrontar entornos extremos», explicó Starnini. El hallazgo muestra que una tecnología mínima podía sostener una exploración compleja y planificada.
El estudio principal se ha publicado en Quaternary International.
Imagen: Università di Pisa










