Unos científicos británicos hundieron 50 toneladas de bloques de cenizas de carbón para crear un arrecife artificial, y décadas después las cámaras ven allí más animales que en los otros puntos estudiados

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Por HoyECO
Publicado el 5 de noviembre de 2026 a las 11:00
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Montículo del arrecife artificial de bloques de cenizas de carbón de la bahía de Poole, cubierto de algas y rodeado de peces
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En junio de 1989, un equipo británico hundió 50 toneladas de bloques hechos con cenizas de carbón en la bahía de Poole, en el sur de Inglaterra. Querían comprobar si aquel residuo servía para un arrecife artificial. Los bloques quedaron sobre arena, a unos 10 metros de fondo y a 3 kilómetros de las rocas más cercanas.

A las pocas semanas ya había bogavantes entre ellos. Tres décadas después, unas cámaras con cebo vieron allí más animales que en los otros cinco puntos estudiados. Por el camino quedó una pregunta incómoda: qué pasaba con los metales del carbón.

Ocho montículos frente a Dorset

Cada bloque medía 40 × 20 × 20 centímetros. El equipo apiló los bloques en ocho montículos cónicos de un metro de alto y unos cuatro de ancho.

No era ceniza pura. La mezcla llevaba cenizas de carbón pulverizado, yeso y lodos de limpiar los humos de la central, todo fijado con cemento. Había tres recetas y un control de hormigón corriente, cada uno repetido en dos montículos.

Según un trabajo de 1992 en la revista Chemistry and Ecology, el cemento tenía dos funciones. Debía inmovilizar los metales pesados y dar a los organismos una superficie dura donde agarrarse.

Estados Unidos ya había hundido bloques de neumáticos en Massachusetts en 1978, y más tarde llegarían los vagones de metro frente a Nueva York. En Poole, la novedad era el residuo de la central.

Un bogavante durante 800 días

Entre 1989 y 1992, los investigadores marcaron 114 bogavantes europeos (Homarus gammarus). El 48 % volvió a aparecer al menos una vez en el arrecife. Lo resume el Cefas, el centro público de ciencia pesquera del Reino Unido, sobre un estudio de 1994 en la revista Crustaceana.

Dieciséis bogavantes marcados aparecieron después lejos, hasta a 15,7 kilómetros. Otro se dejó ver entre los bloques durante más de 800 días.

Un bogavante europeo resguardado bajo una estructura de hormigón cubierta de organismos en el fondo marino
Un bogavante europeo se resguarda bajo una estructura de hormigón submarina, en este caso en Bretaña (Francia) (Foto: Olivier Dugornay / Ifremer, CC BY 4.0)

«Los bogavantes colonizaron rápidamente las nuevas estructuras artificiales», escribieron los autores. Muchos mostraron una «considerable fidelidad al lugar a largo plazo». Otro trabajo de 1994, en el Bulletin of Marine Science, añade que también llegaron bueyes de mar desde las rocas cercanas.

Fanecas a sotavento

El pez más abundante era la faneca (Trisopterus luscus), un pariente pequeño del bacalao. El 86,6 % eran juveniles de menos de 191 milímetros, según un estudio de 1999 en el Journal of Fish Biology.

De día formaban bancos quietos que no comían. Si la corriente pasaba de 0,3 metros por segundo, se pegaban a los bloques por el lado resguardado, cerca del fondo.

Al caer la noche se iban a comer, entre 15 y 30 minutos después del anochecer. Volvían entre 45 y 60 minutos antes del amanecer, y algunas marcadas seguían allí cinco días después.

Cadmio, cromo y manganeso

Al quemar carbón, los metales pesados se concentran en las cenizas. Por eso el equipo cortó bloques durante dos años y midió siete metales: cadmio, cromo, cobre, plomo, manganeso, níquel y cinc.

Solo el cadmio se perdía de forma detectable por la superficie. Un análisis de 1994 cifró esa pérdida en menos del 5 % del total. El cromo y el manganeso, en cambio, parecían aumentar en la capa exterior.

Las ascidias, briozoos y algas rojas de la ceniza se compararon con las del hormigón. No acumulaban metales en exceso.

En 1995 llegó el control de bloques con tres y cuatro años bajo el agua. Los siete metales no habían cambiado de forma significativa, aunque la superficie perdía calcio y el magnesio del mar lo iba sustituyendo.

Ese trabajo añadió moluscos, crustáceos y peces territoriales, más arriba en la cadena alimentaria. Tampoco halló pruebas consistentes de bioacumulación frente a los arrecifes de control.

Cámaras con caballa en 2019

Investigadores de la Universidad de Bournemouth volvieron a la bahía en 2019. Sus cámaras llevaban 100 gramos de caballa picada delante del objetivo. Grabaron 144 vídeos de media hora entre abril y septiembre.

Estudiaron tres rocas naturales y tres estructuras humanas: un espigón de 1924, una vieja tubería de desagüe y el arrecife de cenizas. Contaron 3933 animales de 39 especies, 29 de ellas peces.

El arrecife de 1989 tuvo más animales a la vez en pantalla que los otros cinco puntos. En junio llegó a 150 en un solo fotograma, y la faneca fue la especie más numerosa del lugar.

El bogavante europeo y el pez de San Pedro solo salieron allí y en la roca natural más profunda. Los autores lo atribuyen sobre todo a la profundidad.

Ahora bien, al juntar los tres puntos artificiales frente a los tres naturales, la diferencia no fue significativa. Las estructuras humanas ganaban en primavera, pero desde mediados del verano los peces preferían las rocas. Los hábitats artificiales «parecían ser importantes en ciertos meses», concluyen.

¿Peces nuevos o peces mudados?

Queda la duda de fondo de cualquier arrecife artificial. El propio artículo de 2021 admite que no se sabe si estas estructuras atraen peces de otros sitios o si aumentan la población.

Tampoco hay datos de metales publicados más allá de los bloques de cuatro años. Las cenizas de carbón también acabaron en la carretera de Kentucky de 1988 o la autopista de Illinois de 1972. Los resultados fueron desiguales.

El estudio de 2019 se publicó en enero de 2021 en la revista Marine Biology.

Imagen: Hall, Herbert y Stafford / Marine Biology, CC BY 4.0

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