Fuera de los zoológicos, el dragón de Komodo solo vive en seis islas de Indonesia, dentro del archipiélago de las islas menores de la Sonda: Komodo, Rinca, Padar, Nusa Kode y Gili Motang, las cinco en el Parque Nacional de Komodo, y la vecina Flores. En ese territorio se estima que hay 1.383 adultos y unos 3.458 ejemplares si se suman los juveniles (sin contar las crías que viven en los árboles), según la ficha de la especie en la Lista Roja de la UICN. Esa evaluación se hizo en 2019, se publicó en 2021 y clasifica al animal como En Peligro.
El espacio que ocupa es muy pequeño. La UICN calcula que el área realmente habitada por la especie ronda los 810 kilómetros cuadrados y que cerca del 68 % de los dragones vive en solo dos islas, Komodo y Rinca.
Dónde viven los dragones de Komodo, isla por isla
La UICN cuenta ocho subpoblaciones, ya que divide Flores en tres núcleos distintos. El zoo de San Diego lo resume así: la población vive en seis islas y ocupa menos de 900 kilómetros cuadrados. Así se reparten:

- Rinca. Tiene la subpoblación más grande de la especie, entre 1.119 y 1.493 animales, de los que unos 474 son adultos.
- Komodo. La isla que da nombre al animal y al parque mide unos 35 kilómetros de largo y tiene una población algo menor que la de Rinca. Su cifra sale de un seguimiento de largo plazo por captura y recaptura (se marcan ejemplares y se estima el total por los que vuelven a aparecer), y su densidad es parecida a la que midió el herpetólogo Walter Auffenberg entre 1969 y 1970.
- Flores. Es la isla grande y la más delicada. Tiene tres subpoblaciones, contando los islotes de Longos y Ontoloe, y solo 509 kilómetros cuadrados de hábitat adecuado. Sus datos salen de cámaras trampa y tienen mucha incertidumbre. En el noroeste hay solo 3 adultos y menos de 10 ejemplares.
- Nusa Kode y Gili Motang. Dos islas pequeñas del parque, cada una con su propia subpoblación y con menos de 100 ejemplares, juveniles incluidos.
- Padar. Se quedó sin dragones a finales de los años 70. En la evaluación de 2019 tenía una población mínima, fruto de una recolonización en 2004 y de al menos un traslado deliberado de animales posterior. Como el noroeste de Flores, no pasa de 3 adultos y menos de 10 ejemplares.
Ese reparto explica por qué la ficha de la UICN parece contradecirse. La tendencia general figura como estable, pero el mismo documento marca un declive continuo de adultos y una población muy fragmentada (dividida en grupos aislados entre sí). En Komodo y Rinca el número se mantiene o crece. En Flores la situación es otra: el área ocupada por la especie se ha reducido cerca de un 12 % en 45 años, toda esa pérdida se ha producido allí, sobre todo en el noroeste, y la UICN admite “al menos una pequeña posibilidad” de que sus tres subpoblaciones estén bajando.
Komodo comparte fama con Queimada Grande, otra isla con reptiles de leyenda, aunque allí las protagonistas son serpientes.
Por qué solo vive ahí: un origen australiano
La explicación tradicional era la del gigantismo insular, la idea de que este lagarto se hizo enorme al quedar aislado en unas pocas islas. Los fósiles apuntan a otra cosa. El estudio “Dragon’s Paradise Lost”, publicado en PLoS ONE en 2009 por el paleontólogo Scott Hocknull y su equipo, rechazó esa explicación y situó el origen de la especie en Australia, hace más de 3,8 millones de años. Desde allí se habría dispersado hacia el oeste: ya estaba en Flores hace unos 900.000 años y en Java hace entre 800.000 y 700.000.
Ese trabajo comprobó también que su tamaño se mantuvo estable en Flores durante los últimos 900.000 años. Lo que sí cambió es que sus poblaciones se contrajeron mucho en los últimos 2.000 años. Las islas actuales son, por tanto, el último refugio de un lagarto que antes ocupaba una región mucho más amplia, y si se busca su antepasado, los fósiles apuntan a Australia.
Un varano de unos 70 kilos que vive unos 30 años
Pese al nombre, no es un dragón ni un dinosaurio. Es un varano (familia Varanidae), descrito por Ouwens en 1912, y la UICN lo registra en español como varano de Komodo; en inglés también se le llama “ora”. Es el mayor lagarto vivo, el mismo tipo de récord que tienen otros animales singulares, como el capibara, entre los roedores. Y no es el único lagarto con rarezas: los lagartos de sangre verde de Nueva Guinea llaman la atención por el color de su sangre.

Un adulto en libertad pesa unos 70 kilos, según el Smithsonian’s National Zoo. El zoo de San Diego da para los adultos una horquilla de 1,8 a 3 metros y de 70 a 136 kilos, con machos más grandes que las hembras, y la UNESCO habla de un largo medio de 2 a 3 metros. El ejemplar más grande verificado midió 3,13 metros y pesó 166 kilos, una marca excepcional que no representa al animal medio.
Sobre cuántos años vive, la cifra más sólida es de unos 30 años en libertad. El Smithsonian la da con la advertencia de que los científicos todavía lo estudian, y San Diego habla de “hasta 30 años”. La UICN usa otro indicador, la duración de una generación (la edad media de los padres dentro de la población), que fija en 15 años. Con esas tres décadas, queda lejos de los animales que más años viven.
¿Es venenoso el dragón de Komodo?
Probablemente sí, con matices. Durante años se dijo que mataba gracias a las bacterias de su saliva, que infectaban a la presa después del mordisco. Un estudio publicado en 2009 en la revista PNAS, firmado por Bryan Fry y otros 27 investigadores, descartó que esas bacterias fueran la clave. Según ese trabajo, el animal tiene un veneno con efecto anticoagulante (impide que la sangre coagule) y capaz de provocar un shock, que agrava las heridas profundas que causa la mordida de un animal de cráneo ligero.
El Smithsonian describe una glándula de veneno en la mandíbula inferior. Un estudio de 2025 en Veterinary Research Communications describió esa glándula y comprobó que sus conductos desembocan en las vainas de los dientes, pero se hizo con una sola hembra adulta muerta en cautividad y sus autores avisan de que el resultado no se puede generalizar. Por eso lo prudente es decir que se cree venenoso: la hipótesis tiene apoyo científico, pero el debate sigue abierto.
Crías sin macho y una infancia en los árboles
Una puesta tiene hasta 30 huevos (la media es de 18, según la UICN) y las crías miden unos 30 centímetros al nacer, según el zoo de San Diego. Pasan su primer año en los árboles, y la UICN no las incluye en los 3.458 ejemplares. Solo un 10 % de las crías viables llega a adulta, y en toda la especie hay unas 415 hembras adultas.
En 2006, la revista Nature publicó que dos hembras de zoológicos británicos (Flora, en Chester, y Sungai, en Londres) habían tenido crías mientras estaban separadas de los machos. Las pruebas genéticas confirmaron que no hubo fecundación, un fenómeno llamado partenogénesis. El estudio, firmado por Phillip Watts y su equipo, mostró que una hembra puede pasar de reproducirse sola a hacerlo con un macho según tenga uno cerca, y que las crías nacidas así son siempre machos.
Cuántos quedan y qué futuro tienen
La UICN clasifica al dragón de Komodo como En Peligro (categoría EN, criterio C1, el que se aplica a poblaciones pequeñas con un declive continuo estimado). Antes figuraba como Vulnerable. La evaluación vigente la hizo en 2019 un equipo con Tim Jessop como primer autor y sigue en vigor en la versión 2026-1 de la Lista Roja.
La mayor parte de los dragones vive en el Parque Nacional de Komodo, creado en 1980 y Patrimonio Mundial desde 1991, según la UNESCO, que señala la pesca ilegal y la caza furtiva como las principales amenazas del parque.
El clima es la otra incógnita. Un estudio de 2020 en Ecology and Evolution, con Jessop entre sus autores, modelizó qué podría pasar hasta 2050 con distintos escenarios climáticos. Según el escenario, la especie podría perder entre el 8 % y el 87 % de su hábitat, dejar de ocupar entre el 25 % y el 97 % de las manchas de hábitat donde vive y ver caer su abundancia entre un 27 % y un 99 %. Son proyecciones, no hechos. El mismo trabajo señala a Rinca y Komodo, las dos islas que ya concentran casi el 70 % de los dragones, como sus refugios más seguros, y recuerda que en Flores solo unos 80 kilómetros cuadrados de hábitat potencial cuentan con protección.









