La campana del Zar pesa casi 202 toneladas y nunca ha sonado. Mide 6,14 metros de alto y 6,6 de diámetro, y los Museos del Kremlin de Moscú la consideran, en su ficha en inglés, la mayor del mundo.
Descansa sobre un pedestal de piedra junto al campanario de Iván el Grande. Junto al pedestal se conserva el trozo de 11,5 toneladas que perdió en 1737, según la ficha oficial del museo.
Tres gigantes rotos antes que ella
Según la Biblioteca Presidencial Borís Yeltsin, el primer gigante del Kremlin lo fundió Andréi Chójov para Borís Godunov. Cayó en un incendio y se rompió.
En 1652, el zar Alexéi Mijáilovich mandó refundir sus pedazos en una campana mayor. Aquella se rajó por un golpe fuerte del badajo, y su sucesora se vino abajo en el incendio de junio de 1701.
El 26 de julio de 1730, la emperatriz Ana Ioánnovna ordenó fundir de nuevo aquellos restos, recoge la crónica de la Biblioteca Presidencial. La nueva pieza debía pesar 13.000 pudos, más de 200 toneladas.
Un foso de diez metros
El encargo fue para Iván Motorin, campanero hereditario, que empezó por un modelo mil veces más pequeño. Para la pieza real excavó en la plaza Ivánovskaya un foso de 10 metros de ancho y otros 10 de hondo, con armazón de roble y ladrillo, cuatro hornos alrededor y un tejado de madera.
En noviembre de 1734 llegó el primer intento, y salió mal. Tres hornos fallaron seguidos, ardió el mecanismo que alzaba el molde y el tejado del taller cayó sobre la forma.
Motorin murió en agosto de 1735 y su hijo Mijaíl tomó el relevo. Para la segunda colada reunieron a 400 bomberos en la plaza, por si acaso.
El 25 de noviembre de 1735, tras 36 horas de fusión, el bronce llenó el molde en 1 hora y 12 minutos. Eran 12.327 pudos, unos 201.924 kilos de metal. El 25 de noviembre de 2026 se cumplirán 291 años de aquella noche.
El incendio de la Trinidad
Acabada la colada, la campana se quedó en el foso para pulir los relieves barrocos del escultor Fiódor Medvédev. A finales de mayo de 1737, el gran incendio de la Trinidad llegó al Kremlin. El tejado de madera del foso ardió y cayó sobre la campana.
Al apagar las llamas con agua, el bronce se enfrió de forma desigual, explica el museo. Dos grietas del borde se juntaron y desprendieron un trozo de 11,5 toneladas, casi el 6 % del peso total.

Noventa y nueve años bajo tierra
Refundirla habría costado más que la primera colada, así que el arquitecto Forstenberg propuso soldarle el trozo, aunque el plan parecía poco viable. Murió de peste en 1770 y la campana siguió en su agujero.
En 1821, por orden de Alejandro I, limpiaron el foso y bajaron una escalera para los curiosos, a quienes según el museo guiaban los campaneros del Kremlin.
Hubo que esperar a 1836 y a Auguste de Montferrand, el arquitecto de San Isaac en San Petersburgo, que montó sobre el foso andamios, poleas y cuerdas.
El primer intento de izarla falló. En el segundo, la campana salió en 42 minutos y 33 segundos, con la ayuda de 500 soldados del regimiento de Borodinó.
Desde entonces está sobre un pedestal de ocho lados, con un orbe de bronce encima.
Un sonido calculado en 2016
El 16 de abril de 2016, el Cal Day de Berkeley presentó una recreación digital de su sonido. La idea fue de Greg Niemeyer y Chris Chafe, y el Berkeley Center for New Media publicó una entrevista con uno de sus colaboradores, John Granzow.
Sacaron el perfil de imágenes de la campana. Aquí la rotura jugó a su favor, porque por el hueco se ve lo gruesa que es la pared. Con esa silueta, girada sobre su eje, montaron una campana virtual de polígonos, y un cálculo de elementos finitos les dio las notas que saldrían de ella.
Granzow, entonces profesor ayudante de Música en la Universidad de Míchigan, fue claro: «Este no es el sonido de la campana del Zar». Añadió que la campana lleva siglos «sonando en la mente» de quienes intentan imaginarlo.
Soldarla dañaría sus relieves
¿Y no se podría arreglar para que suene? El museo admite que los visitantes se lo preguntan a menudo.
La ficha oficial responde con un pasaje de I. D. Kóstina (2007), según el cual la técnica actual permite, «por supuesto, soldar las grietas existentes e incluso devolver a su sitio el fragmento».
El problema es lo que se perdería por el camino. Según Kóstina, así «inevitablemente sufrirá la decoración irrepetible» de la campana. Refundirla en una campana que suene es aún menos posible, porque es un monumento de historia, arte y fundición.
Resulta llamativo en un oficio donde una campana rota se solía refundir, según el propio museo. Al menos 40 campanas del Kremlin se perdieron en 1929 en la búsqueda de metales no férreos.
Hoy se recupera el cobre de las redes viejas o la plata de las células solares. La campana del Zar, en cambio, se conserva tal como quedó en 1737.
Nadie sabe cómo habría sonado
Ninguna grabación dirá nunca cómo sonaba intacta, porque jamás llegó a colgarse. La simulación de 2016 es un modelo, igual que cualquier reconstrucción digital de un rostro antiguo.
Las fuentes oficiales tampoco coinciden en fechas. Una página del museo sitúa la escalera en 1821 y otra a finales del siglo XVIII. La placa del pedestal da 1733 como año de la colada, frente al 1735 de los archivos.
Foto: Museos del Kremlin de Moscú











