Construcción

China está hundiendo servidores de IA en el fondo del mar y los resultados son esperanzadores: el primer centro de datos del mundo refrigerado por el océano abastece a 20.000 hogares y consume un 22,8% menos de energía

China pone en marcha el primer centro de datos submarino para IA y logra reducir un 22,8 % el consumo energético.

China está hundiendo servidores de IA en el fondo del mar y los resultados son esperanzadores: el primer centro de datos del mundo refrigerado por el océano abastece a 20.000 hogares y consume un 22,8% menos de energía

China acaba de poner en marcha frente a Shanghái un centro de datos submarino que mira directamente al gran problema de la inteligencia artificial. No es solo una instalación tecnológica más. Es una prueba de hasta dónde están llegando los países para alimentar servidores, reducir calor y gastar menos agua en plena carrera digital.

El proyecto de Lingang, situado en aguas de la costa oriental de Shanghái, se presenta como el primer centro de datos submarino del mundo alimentado directamente por energía eólica marina. La idea parece sencilla, pero tiene mucha ingeniería detrás. Usar el viento del mar para dar electricidad y el propio océano para enfriar los equipos, evitando buena parte del consumo que tienen los centros de datos tradicionales en tierra.

Un centro de datos en el mar

La instalación entró oficialmente en operación en mayo de 2026 y se encuentra a unos 10 kilómetros de la costa, en el área de Lingang. Ha sido construida por una filial de China Communications Construction y cuenta con una capacidad total planificada de 24 megavatios, una cifra que las autoridades comparan con el consumo de unos 20.000 hogares.

La clave no está solo en meter servidores bajo el agua. El punto más novedoso es el modelo de conexión directa con parques eólicos marinos. La electricidad viaja desde los aerogeneradores hasta los módulos sumergidos mediante cables compuestos submarinos, sin pasar por parte del recorrido habitual de la red eléctrica. Menos vueltas, menos infraestructura y más cercanía entre la energía y el consumo.

El frío sale del océano

Los centros de datos se calientan mucho. Cualquiera que haya notado un portátil ardiendo sobre la mesa puede imaginar lo que ocurre cuando se juntan miles de servidores trabajando sin parar. En un edificio convencional, mantenerlos a una temperatura segura exige mucha electricidad y, en muchos casos, agua dulce.

En Lingang, el sistema usa agua de mar como fuente natural de refrigeración mediante un intercambio térmico con tuberías de cobre. Según los datos publicados por Lin-gang, este diseño reduce el consumo eléctrico en un 22,8 %, elimina el uso de agua dulce y recorta más del 90 % del suelo necesario frente a instalaciones tradicionales. También sitúa su PUE, un indicador que mide la eficiencia energética del centro. Cuanto más cerca de 1, mejor.

El profesor Li Zhen, de la Universidad de Tsinghua, explicó que los centros de datos convencionales suelen dedicar cerca de un tercio de su electricidad a la refrigeración. Para una instalación submarina de escala similar, esa parte bajaría a «una décima parte» del consumo total. Y eso, en un sector que ya se mide en miles de millones de kilovatios hora, no es poca cosa.

La IA aprieta el sistema

El contexto importa. La Agencia Internacional de la Energía calcula que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría duplicarse hasta alcanzar unos 945 TWh en 2030. Sería algo menos del 3 % de toda la electricidad consumida en el planeta, con la inteligencia artificial como uno de los motores principales de ese crecimiento.

El agua también entra en la ecuación. Un informe de la Universidad de Naciones Unidas advierte de que la huella hídrica asociada a los centros de datos podría llegar a 9,3 billones de litros en 2030. Dicho de otra manera, el mundo digital no vive en una nube invisible. Necesita suelo, cables, electricidad, refrigeración y recursos físicos muy concretos.

Por eso el experimento chino llama tanto la atención. En el fondo, lo que busca es juntar tres piezas que normalmente se tratan por separado. La computación, la energía renovable y la refrigeración. Si las tres funcionan juntas, el sistema puede ser más eficiente.

No todo está resuelto

Ahora bien, esto no significa que todos los centros de datos deban acabar bajo el mar. La tecnología todavía tiene preguntas importantes por delante. La corrosión, el mantenimiento, los cables submarinos, el calor liberado al entorno marino y el coste de reparar equipos sumergidos son asuntos que deben medirse con calma.

Microsoft ya había probado antes la idea con Project Natick, un centro de datos submarino experimental desplegado frente a las islas Orcadas, en Escocia. La compañía aseguró tras su recuperación que el concepto era viable y que los servidores tuvieron una tasa de fallos inferior a la de instalaciones comparables en tierra. Pero aquello fue un ensayo, no una infraestructura comercial conectada de forma directa a eólica marina.

La diferencia de Lingang está justo ahí. China no solo prueba si los servidores pueden vivir bajo el agua. Intenta demostrar que pueden formar parte de una red industrial para inteligencia artificial, 5G, análisis masivo de datos y grandes modelos de lenguaje. Es una apuesta mucho más ambiciosa.

Una pista para las costas

La experiencia también abre una pregunta interesante para otros países con litoral. ¿Tiene sentido pensar en centros de datos costeros que usen menos suelo y menos agua dulce? En teoría, ciudades con calor, demanda digital y acceso al mar podrían mirar este modelo con atención, siempre que existan permisos, estudios ambientales y energía limpia suficiente.

En el Caribe colombiano, por ejemplo, lugares como Cartagena, Barranquilla o Santa Marta reúnen algunas condiciones básicas sobre el papel. Tienen costa, altas temperaturas durante buena parte del año y una demanda creciente de servicios digitales. Pero eso no equivale a decir que vayan a construir algo parecido mañana. Harían falta estudios técnicos, ambientales y económicos muy serios.

Lo mismo vale para cualquier otro territorio. La tecnología puede sonar brillante, pero el mar no es un solar vacío. Es un ecosistema vivo. Por eso, si esta idea crece, tendrá que hacerlo con vigilancia ambiental, transparencia y datos públicos.

La brújula de la próxima nube

El centro de datos submarino de Lingang no resuelve por sí solo la enorme factura energética de la inteligencia artificial. Pero sí enseña una dirección posible. Si vamos a usar cada vez más datos, la infraestructura que los sostiene tendrá que ser más limpia, más eficiente y menos dependiente de agua dulce.

La nube, al final, también pesa. Pesa en la red eléctrica, en el territorio y en los recursos naturales. China ha decidido llevar una parte de ese peso al fondo del mar, empujada por la eólica marina y por una necesidad muy concreta, enfriar la IA sin disparar aún más el consumo.

El comunicado oficial sobre la entrada en operación del proyecto ha sido publicado por Shanghai International Services.

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