¿Puede una esponja ayudar a devolver vida a uno de los hábitats costeros más alterados por la actividad humana? Un equipo científico probó cinco especies mediterráneas y acabó trasladando 42 ejemplares de cuatro de ellas a Marina Palamós, en Girona. La quinta no superó la preparación en el laboratorio.
La gran sorpresa fue Chondrosia reniformis, conocida como esponja riñón de pollo. Veintidós de sus 24 ejemplares seguían vivos al final de sus respectivos periodos de seguimiento, que alcanzaron hasta 455 días, y varios se dividieron para generar clones. Aun así, el hallazgo identifica una candidata para futuros proyectos, no demuestra que pueda limpiar por sí sola un puerto entero.
Una prueba en Marina Palamós
El trabajo fue dirigido por Manuel Maldonado y Carlota Escarré, del Centro de Estudios Avanzados de Blanes del CSIC, junto con Anna Lloveras, de Ocean Ecostructures. El objetivo era encontrar especies autóctonas capaces de resistir un entorno portuario degradado y actuar más adelante como apoyo para la recuperación ecológica.
Los investigadores recogieron las esponjas cerca de Punta Santa Anna, unos 30 kilómetros al sur del puerto. Después las mantuvieron en tanques de agua marina y trataron de fijarlas a placas de cerámica reciclada. Los 15 ejemplares de Corticium candelabrum murieron en esa fase y nunca llegaron a Palamós.
Desde noviembre de 2024, el equipo instaló las placas restantes sobre estructuras metálicas recubiertas de carbonato de calcio, un mineral presente en muchas conchas. Las observó con fotografías submarinas y visión artificial, una técnica que permitió al ordenador reconstruir casi de forma continua los cambios de tamaño, forma y posición.
Una superviviente clara
Las otras tres especies trasladadas al puerto no tuvieron la misma suerte. Crambe crambe, Scalarispongia scalaris e Ircinia oros fueron reduciendo su tamaño hasta desaparecer entre los 140 y los 165 días, según la especie y el lote.
Chondrosia reniformis siguió otro camino. El 91,7 por ciento sobrevivió hasta el final de su seguimiento, aunque al principio muchos ejemplares perdieron algo de superficie antes de estabilizarse. Los dos individuos contabilizados como bajas se desprendieron de las placas, por lo que su destino final no pudo confirmarse.
Hay un matiz importante. El número de ejemplares de Scalarispongia scalaris e Ircinia oros fue pequeño, de modo que sus malos resultados deben considerarse preliminares. Además, el estudio no realizó una caracterización completa de los contaminantes del agua y los sedimentos del puerto.
Se mueve y crea clones
Esta esponja no permanece totalmente inmóvil. Puede reptar, un movimiento lentísimo en el que reorganiza su cuerpo y avanza sobre la superficie a la que está adherida. Un individuo recorrió 12,7 centímetros y otros llegaron a esconderse bajo las placas atravesando bordes o pequeños orificios.
Puede parecer poca distancia, como mover un dedo sobre una mesa. Pero para un animal que vive pegado a una roca supone cambiar de vecindario, evitar la luz intensa y los sedimentos o buscar un rincón con menos competencia. En uno de esos refugios, un clon pequeño multiplicó varias veces su superficie en unos tres meses.
Siete de los 24 ejemplares originales se dividieron al menos una vez y produjeron 17 descendientes genéticamente idénticos. Tras descontar las pérdidas, la población experimental pasó de 24 a 40 individuos. “Puede cambiar de posición si las condiciones locales se deterioran”, explicó Maldonado.
Por qué importa para un puerto
Las esponjas funcionan como filtros vivos. Hacen circular agua por una red de poros, capturan bacterias y partículas orgánicas, y sus microbios asociados participan en el reciclaje de nutrientes. También añaden relieve al fondo y ofrecen refugio a gusanos, crustáceos y peces jóvenes.
Por eso se habla de ellas como ingenieras del ecosistema. La renaturalización no consiste en devolver un puerto a un estado intacto, algo poco realista mientras siga funcionando, sino en recuperar parte de su biodiversidad y de sus procesos naturales. No es echar una esponja al agua y esperar magia.
La cautela tiene respaldo previo. Una investigación anterior sobre cobre detectó que Chondrosia reniformis podía mantener su forma y crecimiento en un puerto, pero también reducía su capacidad de bombeo y presentaba peor supervivencia tras cuatro meses. Resistir la contaminación no significa salir ilesa.
Lo que falta demostrar
El experimento no midió cuánto contaminante retiraron las esponjas ni si aumentó la biodiversidad alrededor de las estructuras. Tampoco comparó la calidad del agua antes y después. Esas pruebas serán necesarias para saber si su resistencia se traduce en una mejora ambiental medible.
El equipo quiere seguir a los ejemplares durante varios años y vigilar sus comunidades de microbios simbióticos. Son microorganismos que viven dentro del tejido de la esponja y podrían ayudarla a procesar nutrientes o tolerar sustancias tóxicas, aunque esa función concreta todavía debe probarse en Marina Palamós.
Un trabajo de 2023 sobre el microbioma y el mercurio encontró una comunidad microbiana diversa en Chondrosia reniformis y detectó el metal sobre todo en zonas internas de su cuerpo. Sus autores plantearon que esos microorganismos podrían participar en su retención, pero lo presentaron como una posibilidad que necesita más investigación. Ese es, precisamente, el siguiente paso.
El estudio oficial se ha publicado en Frontiers in Marine Science.



