En Puget Sound, frente a la costa del estado de Washington, varios vecinos pensaron que estaban viendo un “objeto flotante no identificado”. Pero no era ciencia ficción. Era Ocean-2, un prototipo de energía undimotriz (la que aprovecha el movimiento de las olas) desarrollado por la startup Panthalassa.
La idea suena muy lógica cuando se explica en voz alta. Si el mar se mueve casi siempre, ¿por qué no sacar de ahí una electricidad más constante que la solar o la eólica? El reto es hacerlo sin que el océano pase factura en corrosión, costes y problemas ambientales.
Un “objeto” en Puget Sound
Ocean-2 llamó la atención porque a veces se veía tumbado sobre el agua, como si fuera una pieza perdida de algún barco. Su cofundador, Garth Sheldon-Coulson, contó que en horizontal “está apagado y se mueve”, y que al ponerlo en vertical “hace energía subiendo y bajando” con las olas.
Según explicó, el prototipo se desplegó desde Everett Ship Repair y estuvo en el mar durante una prueba de unas tres semanas. Allí buscaron algo más que kilovatios, también “probar la comunicación por satélite y todo lo necesario para capturar energía” en condiciones reales.
Cómo se saca electricidad del oleaje
Ocean-2 se parece a una boya gigante porque, en el fondo, se comporta como una. Flota, acompaña el movimiento y no intenta pelearse con cada ola, que es justo donde se han roto muchos proyectos anteriores. La filosofía aquí es “seguir la corriente” y no resistirla.
En medios especializados se describe con una esfera visible de unos 10 metros de diámetro conectada a una estructura tubular sumergida de unas seis decenas de metros. Con el vaivén, el agua circula por el interior y esa energía se convierte en electricidad mediante turbinas.
Dicho de otro modo, se busca un sistema más limpio y cerrado, con menos piezas críticas expuestas. Eso no garantiza el éxito, pero suele reducir puntos de fallo. Y en alta mar, cada reparación cuesta una fortuna.
Lo que dicen los números
Con la undimotriz conviene separar un pico de potencia de una producción estable. Varios reportes hablan de picos cercanos a 50 kW en condiciones favorables. Sirve para validar el concepto, pero no significa que ya estemos ante una tecnología lista para alimentar una ciudad.
Para tener una escala en la cabeza, en 2023 el consumo medio mensual por cliente residencial en Estados Unidos fue de 861 kWh, según la EIA. Son números que ayudan a entender que 50 kW es un primer paso, no un destino.
Lo realmente valioso ahora es el aprendizaje. Cómo envejecen los materiales, qué pasa cuando el mar está revuelto y cuánto cuesta mantenerlo operativo son las preguntas que deciden si esto escala.
Por qué vuelve a sonar la energía de las olas
Hay un factor que lo empuja todo. La demanda eléctrica crece y los centros de datos están entre los grandes motores, con previsiones de consumo récord en 2025 y 2026 en Estados Unidos, según la EIA.
En Europa, el sector también intenta salir del laboratorio. Ocean Energy Europe calcula una cartera de 165 MW en proyectos con financiación pública previstos hasta 2030. También señala que la producción eléctrica acumulada de la energía oceánica en Europa llegó a 106 GWh en 2024, una pista de que ya hay más horas reales de operación.
En EEUU, el Departamento de Energía abrió en septiembre de 2024 una convocatoria de hasta 112,5 millones de dólares para acelerar tecnologías undimotrices con pruebas en mar abierto. El mismo informe sitúa el apoyo público de EEUU en 141 millones de dólares en 2024 y eleva el total de los últimos cinco años a 591 millones.
El mar es el mejor juez
La energía de las olas lleva décadas prometiendo mucho y entregando poco. No por falta de ideas, sino porque la sal, la corrosión, el crecimiento biológico y el mantenimiento en alta mar son un muro. Cuando toca sacar una pieza, no hay “taller de la esquina”.
Por eso el impacto ambiental importa tanto como los kilovatios. Sheldon-Coulson aseguró que diseñaron el prototipo para que “la vida marina no se vea alterada ni quede atrapada” en el sistema.
Aun así, aquí no hay atajos. Si algún día se despliegan más unidades, la monitorización y las evaluaciones ambientales serán la base para ganar confianza y permisos.
Más allá de enchufar casas
Este tipo de energía no tiene por qué acabar solo en la red eléctrica. En Ocean-1, el prototipo anterior, el cofundador explicó que estaban “haciendo hidrógeno verde” a bordo al “separar el agua”, una vía para producir combustible limpio lejos de tierra.
Eso abre usos donde hoy dependemos de diésel o de cables carísimos. Infraestructuras marítimas, sensores, comunicaciones o procesos en costa podrían beneficiarse si el sistema logra ser fiable y competitivo.
Y también está el debate tecnológico de fondo. La electricidad más estable ayuda a cubrir picos y a sostener nuevas necesidades que no paran, como la computación, pero primero van los datos y luego las promesas.
Qué mirar a partir de ahora
Panthalassa ya mira al siguiente paso. Tras el test, Sheldon-Coulson habló de volver a Portland para “diseñar la mejor versión”, Ocean-3, y apuntó a un plazo aproximado de un año para nuevas pruebas.
Para el lector, hay tres señales claras que merece la pena seguir, durabilidad, coste real por kWh e impacto ambiental medido. Si esas tres casillas empiezan a llenarse con datos sólidos, la energía de las olas puede dejar de ser el “patito feo” de las renovables. Y si no, al menos sabremos mejor qué no funciona en el mar.
La convocatoria oficial se ha publicado en el Departamento de Energía de Estados Unidos.










