El mayor tesoro de la historia de la Tierra valorado en 18 billones de dólares está bajo el océano Pacífico: encuentran 21.000 millones de toneladas de níquel, cobalto y manganeso a 4.000 metros de profundidad

Adrian Villellas
Publicado el 26 de junio de 2026 a las 15:33
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Nódulos polimetálicos ricos en níquel, cobalto y manganeso en el fondo del océano Pacífico a 4.000 metros de profundidad.

En el fondo del océano Pacífico, entre México y Hawái, hay una de esas historias que parecen demasiado grandes para caber en una sola frase. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima que la Zona Clarion-Clipperton contiene unos 21 100 millones de toneladas secas de nódulos polimetálicos, unas rocas oscuras y redondeadas ricas en manganeso, níquel, cobre y cobalto.

La cifra económica también impresiona. Algunas estimaciones privadas sitúan el valor potencial de estos recursos en el entorno de los billones de dólares, incluso cerca de los 18 billones, pero conviene leer ese número con calma. No es dinero listo para subir a un barco. Es un recurso remoto, profundo y atrapado en un ecosistema que la ciencia apenas empieza a conocer.

Qué hay realmente bajo el Pacífico

Lo primero es aclarar algo importante. No se trata de una mina clásica de tierras raras, sino de nódulos polimetálicos que descansan sobre los sedimentos del fondo marino. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos explica que suelen medir entre 2 y 8 centímetros, aunque pueden alcanzar tamaños mayores, y que aparecen en zonas profundas de entre 4000 y 6000 metros.

Estas rocas se forman muy despacio. Empiezan alrededor de un pequeño núcleo (por ejemplo un fragmento de roca, un diente de tiburón o restos microscópicos) y van acumulando metales durante tiempos enormes. Por eso, aunque parezcan simples piedras, en la práctica son una especie de archivo geológico del océano. Y no se repone en una vida humana.

Por qué interesan tanto

El interés no viene por la apariencia de estos nódulos, sino por lo que contienen. El níquel, el cobalto, el cobre y el manganeso son materiales muy buscados para baterías, redes eléctricas, vehículos eléctricos y tecnologías vinculadas a la transición energética. En otras palabras, están conectados con la factura de la luz, los coches eléctricos y el intento de depender menos de los combustibles fósiles.

El argumento de la industria es sencillo. Si el mundo necesita más metales para electrificarse, el fondo marino podría aliviar parte de la presión sobre minas terrestres que también tienen impactos ambientales y sociales. Pero aquí llega la pregunta incómoda. ¿Tiene sentido solucionar un problema ambiental abriendo otro en una de las zonas menos conocidas del planeta?

El problema vive pegado a las rocas

La Zona Clarion-Clipperton no es un desierto vacío. Cubre alrededor de 6 millones de kilómetros cuadrados en el Pacífico central y oriental, y los estudios de biodiversidad muestran que buena parte de sus especies aún no han sido descritas por la ciencia. Un trabajo citado por OBIS calculó 5578 especies registradas, de las que solo 436 tenían nombre formal.

Eso significa que el debate no va solo de extraer piedras. Va de retirar hábitats. En un fondo marino dominado por lodos blandos, los nódulos son de las pocas superficies duras donde pueden fijarse esponjas, anémonas, corales y otros organismos. Para muchas especies, esas rocas son casa, soporte y refugio al mismo tiempo.

Los científicos ya han advertido de que retirar los nódulos puede destruir el hábitat de fauna que depende de esas superficies duras, sin una recuperación posible a escala ecológica normal. Dicho de forma más clara, si quitas la roca, no solo quitas metal. También quitas el lugar donde vive parte de ese ecosistema.

Las huellas duran décadas

La gran duda es cuánto tarda el fondo marino en recuperarse después de una alteración. Un estudio publicado en Nature en 2025 analizó una antigua zona de prueba minera en la propia Clarion-Clipperton y encontró impactos persistentes 44 años después, aunque también señales de recolonización en algunos grupos de organismos.

El hallazgo tiene matices. Algunas especies móviles parecen volver antes, pero los animales grandes y fijos al fondo siguen siendo muy escasos en las zonas directamente afectadas. Adrian Glover, del Museo de Historia Natural, lo resumió con una frase clave al explicar que los resultados «no proporcionan una respuesta» sobre si esta minería es socialmente aceptable, pero sí aportan datos para decidir mejor.

La carrera ya ha empezado

Aunque no haya explotación comercial aprobada por la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, las pruebas y solicitudes avanzan. La propia ISA afirma que, por ahora, solo ha emitido contratos de exploración y que no ha aprobado ninguna operación comercial, porque las reglas de explotación siguen en desarrollo.

En 2022, Nauru Ocean Resources Inc., filial de The Metals Company, realizó una prueba en la zona NORI-D y elevó más de 3000 toneladas de nódulos a la superficie mediante un sistema de tubería de 4,3 kilómetros. La empresa defendió que la prueba servía para recoger datos ambientales y preparar futuras solicitudes.

La tensión aumentó en 2025, cuando Estados Unidos aprobó una orden ejecutiva para acelerar licencias y permisos vinculados a minerales del fondo marino. La ISA respondió con preocupación, recordando que los recursos situados más allá de las jurisdicciones nacionales forman parte del marco global de gobernanza oceánica.

Qué debe vigilar ahora el mundo

La situación se resume en una frase sencilla. Hay muchos metales, mucho dinero posible y demasiadas incógnitas ecológicas. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos también reconoce que 40 países han pedido ya una moratoria o una pausa preventiva sobre la minería submarina.

Por eso, el foco debería estar menos en la promesa del «tesoro» y más en las condiciones para tocarlo, si algún día se permite. ¿Habrá zonas protegidas suficientes? ¿Se conocerán las especies antes de alterar su hábitat? ¿Quién responderá si el daño dura décadas? No es poca cosa.

El estudio científico más reciente sobre la recuperación biológica tras una prueba minera en la Zona Clarion-Clipperton ha sido publicado en la revista Nature.

Adrian Villellas

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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