¿Puede un árbol dar madera durante siglos sin desaparecer del bosque? En las montañas de Kitayama, al norte de Kioto, los silvicultores llevan desde finales del siglo XIV practicando el daisugi, una forma de cultivar varios troncos rectos sobre la base viva del cedro japonés.
La técnica permite cortar los tallos útiles mientras el árbol madre permanece en pie y genera una nueva tanda. Suena casi como un truco, pero detrás hay años de poda precisa, conocimientos transmitidos entre generaciones y un mercado muy concreto para madera fina.
Un cedro convertido en plataforma
En un daisugi maduro, el tronco principal se ensancha y forma una base situada a cerca de un metro del suelo. Desde esa estructura brotan tallos verticales, como si varios árboles delgados crecieran sobre uno solo.
Los trabajadores conservan determinadas ramas horizontales para que aparezcan nuevos brotes después de cada corte. Así no es necesario plantar otra vez desde cero, algo poco habitual en coníferas, y la misma base puede sostener sucesivas cosechas de madera.
Nació en las montañas de Kioto
La cronología oficial de la prefectura de Kioto sitúa el inicio de la producción de cedro de Kitayama entre 1394 y 1427. La zona estaba formada por valles estrechos y carecía de una vía fluvial adecuada para sacar madera pesada, aunque estaba cerca de Kioto.
Con el desarrollo de la ceremonia del té y de la arquitectura sukiya, aumentó la demanda de postes y vigas esbeltos para interiores de acabado muy cuidado. El contexto favoreció piezas largas, uniformes y de pequeño diámetro, más fáciles de transportar que los grandes troncos.
Veinte años de poda paciente
El proceso no empieza con una plataforma ya hecha. Cuando el árbol de una sola guía alcanza unos 25 o 30 años, se realiza el primer corte y se seleccionan los brotes que nacen de la base.
A partir de ahí, los trabajadores podan cada pocos años para retirar ramas laterales, evitar nudos grandes y mantener los tallos rectos. Los taruki, las pequeñas vigas o cabios tradicionales, pueden cortarse después de alrededor de veinte años.
En los ejemplares grandes aparecen decenas de troncos y, según el Ayuntamiento de Kioto, algunos superan el centenar. Productores locales señalan que una base bien cuidada puede seguir dando madera durante 200 o 300 años.
Qué madera produce realmente
La poda repetida deja superficies lisas, anillos de crecimiento compactos y menos nudos, cualidades apreciadas cuando la madera queda a la vista. El gran daisugi de Nakagawa, considerado el más antiguo que se conserva en la zona, tiene unos 400 años y se mantiene para producir tallos finos de uso decorativo.
En internet se repite que la madera de daisugi es el doble de densa y un 40 por ciento más flexible. Esa fórmula no figura en las fuentes primarias revisadas para este artículo, aunque un estudio de resistencia de 1951 firmado por Jiro Kohara y Yosihiko Sakamoto sí encontró valores superiores en muestras de troncos pulidos de Kitayama frente al cedro japonés común.
En esos ensayos, la resistencia a la flexión fue entre un 56 y un 62 por ciento mayor, y la resistencia a la compresión entre un 18 y un 30 por ciento superior. Son resultados relevantes, pero no una regla aplicable a cualquier pieza de daisugi, porque el trabajo analizó un material y unas pruebas concretas.
Sostenible, pero no milagrosa
El interés actual se entiende mejor al mirar el contexto mundial. La evaluación forestal de 2025 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura calcula que la deforestación alcanzó una media de 10,9 millones de hectáreas al año entre 2015 y 2025.
Frente a ese problema, el daisugi mantiene viva la base después de cada cosecha y reduce la necesidad de volver a plantar. Pero sigue cortando madera, requiere especialistas y está pensado para piezas pequeñas de alto valor, no para sustituir por sí solo la gestión forestal a gran escala.
Las fuentes oficiales y académicas revisadas tampoco aportan un cálculo completo de cuánto carbono ahorra frente a una plantación convencional. En la práctica, su principal valor demostrado está en aprovechar durante mucho tiempo un árbol establecido y mantener un paisaje cultural ligado a Kioto.
Una tradición que busca futuro
En un informe académico de 2022, Wil de Jong, Andrea Yuri Flores Urushima, Benoît Jacquet y Takuya Takahashi estudiaron la historia de estos bosques y los problemas para conservarlos. El trabajo reunió a investigadores vinculados a la Universidad de Kioto, la Universidad Seika de Kioto, la Escuela Francesa de Extremo Oriente y la Universidad de la Prefectura de Shiga.
Los autores señalan que la demanda de madera pulida de Kitayama cayó con fuerza desde la década de 1990, mientras disminuían los interiores tradicionales donde se utilizaba. El productor Toshiyuki Fujita lo resume así en una traducción al español. “El daisugi muestra distintas expresiones según cómo se forme y se cuide”.
Hoy la técnica sobrevive en la arquitectura tradicional, la jardinería, el turismo cultural y la búsqueda de nuevos usos para la madera. Su futuro dependerá de que esas salidas sostengan a los productores sin convertir una práctica artesanal en una promesa exagerada.
El trabajo académico de referencia se ha publicado en International Forestry Review.



