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Durante 20 años, la URSS perforó la corteza terrestre hasta los 12 km pero la roca se calentó tanto que se volvió como plástico sellando el pozo

El pozo superprofundo de Kola alcanzó más de 12 kilómetros antes de que el calor deformara la roca y frenara la perforación.

Durante 20 años, la URSS perforó la corteza terrestre hasta los 12 km pero la roca se calentó tanto que se volvió como plástico sellando el pozo

¿Cuánto hemos conseguido penetrar en el planeta que pisamos cada día? El pozo superprofundo de Kola, iniciado por la Unión Soviética en 1970, alcanzó 12.262 metros en 1989 y sigue siendo el sondeo vertical más profundo de la Tierra. Aun así, solo cubre cerca del 0,19 por ciento del camino hasta el centro terrestre.

La cifra impresiona, pero el final suele contarse mal. La perforación no llegó a una bolsa de magma ni dejó un túnel abierto hacia las profundidades. El calor y la presión hicieron que la roca sólida se deformara lentamente y estrechara o sellara partes del pozo.

Un récord con matices

Kola conserva el récord de profundidad vertical, no el de mayor longitud perforada. Algunos pozos de petróleo y gas recorren más kilómetros porque se curvan y avanzan de lado por un yacimiento, aunque no bajen tanto. La Asociación Estadounidense de Geólogos del Petróleo sigue situando a Kola como el pozo vertical más profundo.

Tampoco era un tubo perfectamente recto. Hubo equipos atascados, ramales abandonados y nuevas perforaciones desde puntos menos profundos. Charlotte Wrigley, investigadora de la Universidad de Stavanger, explica que la rama récord quedó a menos de diez grados de la vertical, algo que el director David Guberman describió como “una tarea muy difícil”.

La roca empezó a moverse

En la superficie, una roca cristalina parece rígida. A varios kilómetros soporta una presión enorme y mucho calor, por lo que puede comportarse de forma dúctil o plástica. Es decir, se deforma poco a poco sin estar fundida, como una arcilla extremadamente dura que tarda en cambiar de forma.

La revisión científica de 2026 sitúa la temperatura en unos 180 grados centígrados a diez kilómetros y en 212 grados cerca del fondo. Eran valores muy superiores a los previstos. En esas condiciones, el flujo plástico cerraba repetidamente el orificio y hacía difícil mantenerlo estable.

La ingeniería tampoco daba tregua. La Unión Europea de Geociencias señala que algunas brocas se desgastaban tras avanzar solo entre siete y diez metros. Sustituirlas exigía elevar la sarta, la columna de tubos que sostiene la broca, de unos 12 kilómetros y alrededor de 200 toneladas, así que un metro más no era un metro cualquiera.

El centro nunca fue la meta

La Tierra tiene un radio medio de 6.371 kilómetros, según la NASA. Al compararlo con los 12,262 kilómetros de Kola, el avance equivale aproximadamente al 0,192 por ciento. La cifra muestra la escala del planeta, no el éxito o fracaso del proyecto.

Los científicos soviéticos no pretendían llegar al centro. Querían obtener muestras directas de la corteza continental y habían fijado un objetivo inicial de 15 kilómetros. Kola se quedó por debajo, pero consiguió datos imposibles de obtener solo desde la superficie.

El límite más importante era el Moho, la frontera entre la corteza y el manto detectada por un cambio en la velocidad de las ondas sísmicas. El Servicio Geológico de Estados Unidos sitúa su profundidad media cerca de 35 kilómetros bajo los continentes y alrededor de seis bajo los océanos. Por eso se intenta alcanzar el manto desde el fondo marino, aunque perforar desde un barco también es complicado.

Lo que encontró Kola

La perforación recuperó testigos, cilindros de roca extraídos para estudiarlos, y permitió medir el interior del pozo. Un informe del Servicio Geológico de Estados Unidos publicado en 1986 dejó constancia oficial del proyecto mientras los trabajos seguían activos. Era una ocasión poco común para comparar las señales sísmicas con roca real.

Uno de los hallazgos cuestionó la idea de una corteza local dividida de forma simple entre granito y basalto. En vez de una frontera limpia, apareció una transición continua hacia rocas antiguas de granito y gneis, una roca transformada por presión y calor. Algunas discontinuidades sísmicas reflejaban diferencias estructurales y mecánicas, no un salto brusco de composición.

El pozo también atravesó roca fracturada con fluidos donde antes se imaginaba una corteza seca y sellada. No era un océano subterráneo. Eran líquidos y gases alojados o circulando por grietas y fallas, una diferencia clave para entender la corteza profunda.

Por qué sigue importando

Los geólogos estudian el interior terrestre mediante ondas sísmicas, gravedad, magnetismo y rocas elevadas por procesos tectónicos. Son métodos esenciales, pero indirectos. Kola ofreció una referencia física para comprobar si esas interpretaciones encajaban con lo que había bajo tierra.

Guangyou Zhu y Haiping Huang, de la Escuela de Geociencias de la Universidad de Yangtze, revisaron en 2026 Kola y otros proyectos ultraprofundos. Su conclusión general es que la corteza profunda no es fría, seca e inmóvil, sino un entorno con calor, fracturas, fluidos y reacciones químicas.

Al final del día, Kola no fue una carrera fallida hacia el centro del planeta. Fue un laboratorio estrecho y muy difícil que corrigió modelos, puso a prueba materiales y mostró cuánto puede cambiar una roca sin fundirse. Ese es el verdadero récord.

La revisión científica principal se ha publicado en Communications Earth & Environment.

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