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Satélites captan cómo sin necesidad de una erupción, 1,4 kilómetros cúbicos de magma lograron desplazarse 50 kilómetros bajo la corteza terrestre en Etiopía

Satélites revelan cómo un enorme volumen de magma recorrió 50 kilómetros bajo Etiopía sin provocar una erupción.

Satélites captan cómo sin necesidad de una erupción, 1,4 kilómetros cúbicos de magma lograron desplazarse 50 kilómetros bajo la corteza terrestre en Etiopía

¿Cómo se sigue un río de roca fundida que nunca llega a verse? Un equipo internacional ha reconstruido desde el espacio el avance de 1,4 kilómetros cúbicos de magma bajo el Valle del Rift etíope entre diciembre de 2024 y marzo de 2025. El material recorrió unos 50 kilómetros sin alcanzar la superficie, aunque deformó el terreno y estuvo acompañado por miles de terremotos.

La conclusión principal del estudio, publicado el 8 de julio de 2026, apunta a lo que ocurrió más abajo. El magma fue alimentado por varios depósitos situados entre 6 y 12 kilómetros de profundidad, que quedaron conectados mientras descendía la presión en la parte más profunda del sistema. Según los investigadores, la tensión tectónica y la presencia de magma no bastan por sí solas para desencadenar una intrusión tan grande.

Un dique bajo el Rift

Una intrusión magmática sucede cuando el magma se abre paso dentro de la corteza, pero no consigue salir como lava. En este caso formó un dique, una lámina de roca fundida que se introduce por fracturas y actúa como una cuña bajo tierra. Al avanzar, empuja la roca y deja señales medibles en la superficie.

El escenario fue la región de Fentale y Dofen, en el norte del Rift etíope. Un rift es una franja donde la corteza se estira y se adelgaza porque dos partes del continente se separan muy lentamente. Esa tensión puede acumularse durante siglos antes de liberarse en episodios breves y muy intensos.

La fase principal se activó en torno al 22 de diciembre de 2024, cuando especialistas de la Universidad de Addis Abeba pidieron apoyo al grupo de Carolina Pagli, profesora de la Universidad de Pisa. Durante unos tres meses, los científicos combinaron observaciones orbitales y datos de campo para seguir la evolución del magma.

Satélites para ver el subsuelo

La herramienta central fue la interferometría radar, conocida como InSAR. La técnica compara imágenes de radar tomadas en fechas distintas y convierte pequeños cambios de la señal en mapas de desplazamiento. Así se pueden medir deformaciones del terreno con precisión milimétrica.

El equipo cruzó datos de Sentinel-1, la misión europea de radar, con imágenes de la constelación italiana COSMO-SkyMed. Estos sensores funcionan de día, de noche y a través de las nubes, una ventaja clave en una zona de acceso limitado. Era como observar la respiración del suelo desde cientos de kilómetros de altura.

Un informe de seguimiento satelital publicado en 2025 estimó que la mayor intrusión duró unos 60 días y causó desplazamientos superficiales de hasta unos tres metros. En uno de los tramos más rápidos, la punta del dique avanzó cerca de 24 kilómetros en cinco días hasta alcanzar la zona de Dofen.

La clave estaba a gran profundidad

El nuevo trabajo fue encabezado por Carolina Pagli, Alessandro La Rosa y Simone Cesca, junto con investigadores del GFZ Helmholtz Centre for Geosciences y varias universidades. El equipo combinó geodesia, el estudio de la forma y los movimientos de la Tierra, con la localización de los terremotos. Así reconstruyó tanto la ruta del magma como los cambios en sus zonas de almacenamiento.

Los resultados señalan una red de depósitos conectados entre 6 y 12 kilómetros bajo la superficie. Las vías entre ellos se habrían formado con rapidez, permitiendo que una cantidad enorme de magma alimentara el dique durante semanas. No era una cámara aislada, sino un sistema que fue abriendo conexiones sobre la marcha.

También apareció una pieza menos intuitiva. En la parte profunda se desarrolló una presión menor de la esperada, un desequilibrio que facilitó el drenaje de grandes volúmenes hacia las fracturas conectadas. Por eso, los autores sostienen que la tensión de la corteza y la disponibilidad de magma solo desencadenan estos episodios cuando se suman la conexión entre depósitos y esa caída profunda de presión.

Sin erupción, pero con riesgo

Que el magma no llegara a la superficie evitó una erupción magmática, pero no convirtió el episodio en inofensivo. Un análisis de la respuesta científica publicado en 2025 registró más de 300 terremotos de magnitud 4 o superior, daños en edificios y carreteras, deslizamientos y la evacuación de unas 75.000 personas. La ausencia de lava, por tanto, no equivale a ausencia de peligro.

Los datos satelitales y de campo se compartieron con las autoridades etíopes para apoyar la evaluación del riesgo y la gestión de la emergencia. Los satélites no predicen por sí solos si habrá una erupción ni cuándo ocurrirá, pero permiten vigilar zonas remotas casi en tiempo real. Combinados con sismómetros y receptores de posicionamiento, ofrecen una imagen más completa, aunque siempre sujeta a incertidumbre.

«Observar la Tierra desde el espacio está cambiando profundamente la forma en que estudiamos los grandes procesos geológicos del planeta», afirmó Pagli. En el estudio participaron también la Universidad de Potsdam, CNR-IREA, las universidades de Bolonia, Southampton y Florencia, la South China Agricultural University y la Universidad de Addis Abeba. La investigación recibió financiación del proyecto Space It Up.

El estudio principal se ha publicado en Science Advances.

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