Japón llevó el black bass de boca grande al lago Ashi en 1925 para ampliar las posibilidades de pesca. No fue soltado entonces en el lago Biwa, pero terminó llegando a este antiguo ecosistema y a muchas otras cuencas mediante dispersión natural y traslados realizados por personas.
Un nuevo estudio de ADN ambiental aporta ahora la pista más clara sobre ese viaje. La investigación apunta a introducciones repetidas de una de las especies de black bass en el Biwa, donde estos depredadores se sumaron a otros problemas como la pérdida de orillas naturales y la regulación del agua.
El ADN reconstruye el viaje
Bajo el nombre de black bass se agrupan varios peces norteamericanos. El estudio distingue el de boca grande, introducido en el lago Ashi en 1925 y 1972, el black bass de Florida, llevado al embalse de Ikehara en 1988, y el de boca pequeña, detectado en Japón alrededor de 1990.
El equipo coordinado por Kimi Uchii, de la Universidad Osaka Ohtani, analizó agua de 121 puntos en 31 prefecturas entre 2021 y 2023. Halló ADN de al menos una de las tres especies en 87 lugares. El agua conserva pequeñas huellas procedentes de tejidos, mucosidad y excrementos, por lo que no es necesario capturar cada pez.
La señal más llamativa apareció en el lago Biwa. Allí se detectaron tres variantes genéticas del black bass de Florida, cuatro al incluir el río Yasu, aunque su punto inicial de introducción estaba lejos. Esa diversidad sugiere traslados importantes o repetidos, pero no permite saber quién los hizo ni cuándo.
Un lago muy vulnerable
El lago Biwa tiene unos cuatro millones de años y alberga cerca de 60 especies endémicas entre peces, moluscos y otros organismos. Es un archivo vivo construido durante un tiempo difícil de imaginar, con criaturas que no existen en ningún otro lugar.
El black bass de boca grande fue localizado en el norte del Biwa en 1974. En 1980 ya se había extendido por las zonas costeras y su población aumentó con fuerza durante esa década. El bluegill, otro pez norteamericano, estaba presente desde aproximadamente 1965 y se disparó a comienzos de los años noventa.
Ambos presionan el ecosistema de formas distintas. El black bass come principalmente peces y camarones, mientras el bluegill consume también huevos, insectos, zooplancton y plantas acuáticas. La presión llega desde los huevos hasta los peces que ya nadan por la orilla, una mala combinación.
El golpe a los peces locales
Los registros históricos relacionaron el aumento del black bass con una caída rápida de las capturas de carpas crucianas. Al mismo tiempo, varias especies pequeñas de ciprínidos desaparecieron de zonas poco profundas y la captura anual de peces comerciales costeros terminó reducida aproximadamente a la mitad respecto a los años setenta y ochenta.
Esto no afecta solo a una tabla de biodiversidad. El lago sostiene pesquerías tradicionales y una cultura alimentaria propia, incluido el funazushi, un pescado fermentado elaborado con especies locales como la nigorobuna. Cuando disminuyen esos peces, también se debilitan oficios y recetas.
No hubo un único culpable
Un estudio de 2025 siguió durante 57 años a ocho grupos de ciprínidos y constató descensos importantes en todos ellos entre 1966 y 2022. Cinco comenzaron a caer entre 1976 y 1991, cuando se transformó la costa y aumentó el black bass. Los otros tres empeoraron después, coincidiendo con nuevas reglas del nivel del agua y el crecimiento del bluegill.
La pérdida de hábitat fue enorme. El 73 % de la costa del sector sur se convirtió en orilla artificial y los carrizales se redujeron de 72,8 hectáreas entre 1955 y 1962 a 24,6 en 1995. ¿Qué refugio le queda a un pez pequeño cuando desaparece su guardería y, además, aparece un nuevo depredador?
Los autores observaron también un efecto negativo de la temperatura en siete grupos, aunque la señal no fue estadísticamente concluyente. Por eso sería exagerado culpar al black bass de cada cambio. Fue una presión importante, pero actuó junto a decisiones humanas acumuladas durante décadas.
De afición a conflicto
Una revisión histórica explicó que los controles insuficientes de los años setenta facilitaron traslados de black bass sin acuerdo local. La pesca de esta especie ganó popularidad en los ochenta y, entre finales de esa década y comienzos de los noventa, creció a su alrededor una industria recreativa.
Ahí nació un choque difícil, porque para una parte del sector el pez significaba equipos, salidas y actividad económica. Para la pesca tradicional y la conservación, era un depredador situado donde nunca debía haber estado. No todos los pescadores participaron en su expansión, pero la popularidad sostuvo la demanda.
Shiga cambia las reglas
Japón aprobó la Ley de Especies Exóticas Invasoras en 2004 y la aplicó desde 2005. El black bass y el bluegill quedaron regulados, con restricciones sobre su cría, almacenamiento, transporte en vivo, importación y liberación. Como la prohibición nacional no incluye el «captura y suelta», Shiga aplica una ordenanza propia que impide devolver al agua los ejemplares capturados.
La respuesta combina redes, pesca profesional, embarcaciones de pesca eléctrica y puntos de entrega. Los documentos más recientes contabilizan 58 cajas de recogida y 25 jaulas, y los peces depositados en estas últimas se convierten en compost. Es una salida práctica para algo que no puede volver al lago.
Los resultados son visibles, aunque no definitivos. La biomasa conjunta estimada de black bass de boca grande y bluegill cayó de 2132 toneladas en 2007 a 358 toneladas en 2024. Pero el plan regional advierte de que la cantidad de black bass se ha estancado recientemente, así que aún queda trabajo.
Una lección de cien años
Retirar peces invasores ayuda, pero recuperar el Biwa exige restaurar carrizales, conectar zonas de cría y detectar nuevos focos antes de que se consoliden. El ADN ambiental puede acelerar esa vigilancia mediante una simple muestra de agua y a menor coste que una campaña basada solo en capturas.
¿Qué deja esta historia? Que una introducción presentada como oportunidad recreativa puede generar una factura ecológica durante generaciones. Prevenir el siguiente traslado ilegal será más sencillo que intentar vaciar otro lago pez a pez, y no es poca cosa.
El estudio más reciente puede consultarse en su enlace científico oficial.
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