En 1951 un arqueólogo descubrió huesoso de mamuts lanudos en Alaska; 70 años después de estar expuestos en un museo se ha confirmado que son de un animal completamente diferente

Adrian Villellas
Publicado el 10 de junio de 2026 a las 23:39
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Esqueleto y restos fósiles de mamut lanudo expuestos en el Museo del Norte de la Universidad de Alaska.

Durante más de 70 años, dos fósiles guardados en el Museo del Norte de la Universidad de Alaska parecían contar una historia extraordinaria. Habían sido catalogados como restos de mamut lanudo, una especie que todavía despierta una mezcla de fascinación y misterio porque nos conecta con un mundo helado que ya no existe.

Pero la ciencia tiene estas cosas. A veces abre un cajón antiguo, revisa una etiqueta y cambia por completo la historia. Un nuevo análisis ha demostrado que aquellos supuestos huesos de mamut no pertenecían a un mamut, sino a dos ballenas de especies distintas. Y el hallazgo deja una pregunta difícil de esquivar. ¿Qué hacían restos de ballena en el interior de Alaska, a cientos de kilómetros del mar?

Un hallazgo que parecía histórico

El origen de esta historia se remonta a 1951. El naturalista y explorador Otto Geist recogió los fósiles durante una expedición en la zona de Dome City, un antiguo asentamiento minero situado al norte de Fairbanks, en el interior de Alaska.

Por su tamaño, su forma y el lugar donde aparecieron, los restos fueron identificados como partes de la columna de mamuts lanudos. No era una idea descabellada. Beringia, la antigua región que conectaba Asia y América durante las glaciaciones, es una zona rica en fósiles de grandes animales del Pleistoceno.

Durante décadas, aquellos huesos quedaron almacenados en la colección del museo. Como tantas piezas en instituciones científicas, esperaron a que llegaran mejores herramientas para volver a hablar. Y cuando lo hicieron, la sorpresa fue enorme.

La fecha no encajaba

El primer aviso llegó con la datación por radiocarbono. Los análisis indicaban que los huesos tenían entre 2000 y 3000 años, una edad demasiado reciente para pertenecer a mamuts del interior continental de Alaska.

Según la Universidad de Alaska Fairbanks, los mamuts vivieron en la isla de St. Paul hasta hace unos 5600 años y en la isla rusa de Wrangel hasta hace unos 4000 años, pero el fósil más joven conocido en la Alaska continental procede de un animal que murió hace unos 13 000 años. Esa diferencia no es pequeña. Cambiaría una parte importante de la historia de su desaparición.

Matthew Wooller, investigador de la Universidad de Alaska Fairbanks, reconoció la sorpresa inicial. «Tenemos que hacer más trabajo forense», pensó al conocer la datación. Y eso fue exactamente lo que hizo el equipo. Antes de anunciar el mamut más joven de Alaska, había que comprobar si realmente era un mamut.

El ADN resolvió el misterio

La investigación avanzó con análisis químicos y genéticos. Los isótopos presentes en los huesos ya apuntaban a algo raro, porque no coincidían bien con lo esperado en un gran herbívoro terrestre que se alimentaba de plantas.

Después llegó la prueba clave. El ADN mitocondrial mostró que los fósiles no pertenecían a mamuts. Eran huesos de ballena. Más concretamente, de una ballena minke y de una ballena franca, según la información divulgada por la Universidad de Alaska Fairbanks y recogida también por medios científicos especializados.

La confusión, aunque parezca increíble, tiene una explicación anatómica. Mammuts y ballenas pueden presentar piezas vertebrales grandes, esponjosas y con forma de disco. En un cajón de museo, sin ADN y con una etiqueta antigua, el error era posible. No es una excusa perfecta, pero sí una pista importante.

El enigma de las ballenas tierra adentro

La gran pregunta sigue abierta. ¿Cómo acabaron dos restos de ballena en un punto del interior de Alaska, lejos del océano?

Los investigadores manejan varias posibilidades. Una es que las ballenas subieran por antiguos ríos como el Yukon o el Tanana hasta quedar varadas. Pero parece una opción difícil, por el tamaño de estos animales y por la distancia. Otra opción es que depredadores o carroñeros trasladaran los huesos, aunque también resulta poco probable para piezas tan grandes.

La hipótesis humana es más interesante. Algunas comunidades antiguas valoraban los huesos de ballena, que podían usarse como platos, soportes o material para tallar. Patrick Druckenmiller, director del museo y paleontólogo, explicó que «pudo usarse como plato», aunque el hueso no presenta modificaciones claras. Es decir, no hay una prueba definitiva.

Una etiqueta pudo cambiarlo todo

La explicación más sencilla, y quizá la menos novelesca, es un error de archivo. Otto Geist donó miles de piezas al museo entre las décadas de 1920 y 1960. Los dos discos conservaban todavía la escritura blanca con el año 1951 y su número de muestra.

La Universidad de Alaska Fairbanks señala que el 7 de julio de 1951 se procesó una tanda de huesos procedentes de Dome Creek. Ese mismo día también se archivaron más de 20 fósiles recogidos por Geist en Norton Bay, en la costa occidental de Alaska, donde las ballenas sí son habituales. En una jornada de trabajo, con cajas, etiquetas y piezas parecidas, pudo producirse una mezcla. «Es posible que se mezclaran», dijo Wooller.

¿Es menos emocionante que imaginar un antiguo intercambio entre la costa y el interior? Puede ser. Pero la ciencia no siempre elige la historia más bonita. Elige la que mejor encaja con las pruebas disponibles.

Qué enseña este caso

Este hallazgo no demuestra que los mamuts sobrevivieran miles de años más en la Alaska continental. De hecho, hace justo lo contrario. Descarta estos fósiles como candidatos a ser los restos de mamut más recientes de esa zona.

Pero eso no le quita valor. Al contrario. La revisión muestra por qué los museos son mucho más que almacenes de huesos antiguos. Son archivos de la vida en la Tierra, y cada pieza puede cambiar de significado cuando se mira con nuevas técnicas.

También recuerda algo muy sencillo. Una etiqueta no es una verdad eterna. La datación por radiocarbono, los isótopos y el ADN antiguo permiten corregir errores que antes eran casi imposibles de detectar. Y eso mejora el relato científico, aunque a veces lo vuelva más extraño.

La búsqueda continúa

El proyecto Adopt-a-Mammoth nació para localizar los fósiles de mamut más recientes de Alaska y entender mejor cuándo desaparecieron estos gigantes del paisaje norteamericano. En este caso, la búsqueda no encontró el último mamut. Encontró dos ballenas donde nadie esperaba encontrarlas.

No es poca cosa. El hallazgo obliga a revisar con cuidado las colecciones antiguas, sobre todo cuando una pieza parece demasiado buena para ser cierta. En ciencia, un resultado sorprendente no se descarta por ser incómodo, pero tampoco se acepta sin más.

Por ahora, el misterio no está cerrado. Puede que los huesos viajaran con personas, puede que hubiera un error de catalogación o puede que nunca se sepa del todo. Lo importante es que los supuestos mamuts ya tienen una identidad más precisa.

El estudio ha sido publicado en la revista científica Journal of Quaternary Science.

Adrian Villellas

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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