Ciencia

La ESA, Google y Starcloud quieren construir centros de datos en el espacio y todos chocan con el mismo problema: necesitan paneles radiadores gigantes para irradiar el calor al vacío

La carrera por los centros de datos espaciales choca con un obstáculo inesperado: disipar el calor en el vacío.

La ESA, Google y Starcloud quieren construir centros de datos en el espacio y todos chocan con el mismo problema: necesitan paneles radiadores gigantes para irradiar el calor al vacío

La inteligencia artificial necesita cada vez más electricidad y refrigeración para mantener fríos sus servidores. Por eso, Google, Starcloud y un proyecto financiado por la Unión Europea estudian trasladar parte de esa capacidad de cálculo a la órbita, donde la luz solar puede estar disponible durante casi todo el día y no harían falta torres evaporativas junto a ciudades o acuíferos.

Pero el espacio no funciona como un congelador. Al no haber aire, el calor no se pierde con ventiladores ni con corrientes de convección, sino que debe viajar hasta grandes paneles radiadores y salir como radiación infrarroja. Esa superficie podría decidir si los centros de datos orbitales pasan de una demostración llamativa a una infraestructura útil.

Enfriar también consume

La refrigeración no es un gasto menor en un centro de datos terrestre. La Agencia Internacional de la Energía calcula que representa alrededor del 7 por ciento del consumo en instalaciones hipereficientes y puede superar el 30 por ciento en centros empresariales menos eficientes. Y eso termina apareciendo en la factura eléctrica.

El agua también pesa. Un documento de la Unión Europea señala que un centro de datos de un megavatio con refrigeración evaporativa puede utilizar hasta 25,5 millones de litros al año, una cifra delicada cuando la instalación se encuentra en una zona con sequía o acuíferos bajo presión.

No todos los centros consumen lo mismo. Algunos recurren al aire exterior, otros emplean circuitos cerrados y los diseños más nuevos llevan el líquido directamente hasta los chips, pero el problema de fondo sigue ahí. Casi toda la electricidad acaba convertida en calor.

El vacío no enfría

En la Tierra, el calor puede pasar a una tubería, al aire que mueve un ventilador o al agua que se evapora. En el vacío no existe un fluido exterior que se lleve esa energía, y la NASA recuerda que allí no hay convección, solo conducción dentro de la estructura y radiación hacia fuera.

Un ventilador todavía podría mover aire dentro de un módulo presurizado, pero no resolvería el paso final. Sería como remover el aire caliente de una habitación cerrada sin abrir una ventana. El calor cambiaría de sitio, nada más.

Por eso las naves espaciales utilizan circuitos de fluido, placas frías y radiadores. La Estación Espacial Internacional recoge el calor de sus equipos, lo transporta mediante circuitos cerrados y lo expulsa desde paneles orientados al espacio. Un centro de datos tendría que hacer lo mismo, pero con cargas de megavatios.

Radiadores enormes

Cada servidor transforma casi toda la electricidad que consume en calor, por lo que una instalación informática de 10 megavatios debe eliminar una potencia térmica cercana a esos mismos 10 megavatios de forma continua. La energía emitida por un radiador aumenta con fuerza al subir su temperatura, pero los chips y los líquidos no pueden calentarse sin límite. Trabajar a temperaturas moderadas obliga a desplegar mucha superficie.

El libro blanco de Starcloud calcula, bajo sus propias hipótesis, una disipación neta cercana a 633 vatios por metro cuadrado con un radiador a 20 grados. Eso equivale a unos 1600 metros cuadrados por cada megavatio térmico y a alrededor de 1,6 hectáreas para 10 megavatios. Es una estimación orientativa, porque cambia con la órbita, los materiales, la orientación y la temperatura.

Además, los paneles deben limitar la luz solar directa y el calor que reciben de la Tierra. Elevar su temperatura con bombas de calor permitiría reducir el tamaño, pero también gastaría electricidad. No hay un truco gratis.

La promesa solar

Entonces, ¿por qué seguir intentándolo? En determinadas órbitas, los paneles solares pueden recibir luz durante casi todo el recorrido, con menos necesidad de baterías y sin nubes, noches largas o suelo que comprar.

Google sostiene que, en la órbita adecuada, un panel podría ser hasta ocho veces más productivo que uno terrestre. Su Project Suncatcher plantea una constelación de satélites con chips TPU y enlaces ópticos, aunque la propia empresa reconoce que la gestión térmica, las comunicaciones y la fiabilidad en órbita siguen siendo retos importantes.

La ventaja ambiental necesita matices. Se reduciría el consumo directo de agua para refrigeración y parte de la presión sobre las redes locales, pero habría que fabricar y lanzar enormes estructuras, protegerlas de la radiación, repararlas y gestionar su final de vida. Cambia el problema de sitio, no lo borra.

De las pruebas a la escala

Starcloud lanzó en noviembre de 2025 el satélite Starcloud-1 con una GPU NVIDIA H100. Según la empresa, el equipo ejecutó después una versión de Gemma y entrenó un pequeño modelo nanoGPT en órbita. Es una demostración relevante, pero está muy lejos de un centro de datos de varios megavatios.

Google prevé lanzar con Planet dos satélites prototipo a comienzos de 2027 para probar su hardware y los enlaces ópticos. Son pasos necesarios porque un chip que trabaja durante una prueba no demuestra que miles de procesadores puedan hacerlo durante años sin un mantenimiento sencillo.

A día de hoy, estas iniciativas son experimentos y estudios de arquitectura. Ninguna equivale todavía a esos grandes edificios llenos de servidores que vemos en tierra. Y esa diferencia importa.

Europa pone condiciones

El proyecto ASCEND, financiado por la Comisión Europea, estudió una arquitectura mínima de 10 megavatios y fijó como referencia el posible despliegue de un gigavatio antes de 2050. Su informe considera prometedora la opción espacial, aunque también afirma que los resultados necesitan más estudios.

Hay otra condición difícil de ignorar. Para reducir de forma significativa las emisiones frente a los centros terrestres, ASCEND estima que haría falta un lanzador diez veces menos emisor durante todo su ciclo de vida. Christophe Valorge, director técnico de Thales Alenia Space, afirmó que el despliegue «podría transformar el panorama digital europeo».

En el fondo, el espacio ofrece mucha luz solar, pero no regala una salida para el calor. La señal decisiva será un sistema capaz de disipar megavatios durante años con una superficie, una masa y un coste razonables. 

El informe oficial de seguimiento del proyecto ASCEND ha sido publicado en CORDIS.

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