Ciencia

En 2010 el hierro líquido del núcleo de la Tierra cambió de dirección a 2.200 km de profundidad bajo el Pacífico y los científicos de la Universidad de Edimburgo confirman que ya está afectando al campo magnético que nos protege del Sol

El hierro líquido del núcleo terrestre cambió de dirección y los científicos revelan cómo afecta al campo magnético de la Tierra.

En 2010 el hierro líquido del núcleo de la Tierra cambió de dirección a 2.200 km de profundidad bajo el Pacífico y los científicos de la Universidad de Edimburgo confirman que ya está afectando al campo magnético que nos protege del Sol

Algo extraño se ha movido en las profundidades de la Tierra. No hablamos del fondo marino ni de una grieta nueva en el Pacífico, sino de una enorme zona de hierro líquido en el núcleo externo que en torno a 2010 pasó de avanzar débilmente hacia el oeste a moverse con fuerza hacia el este bajo el Pacífico ecuatorial.

La conclusión más importante es sencilla, aunque suene inquietante. No se ha presentado como una amenaza directa para las personas ni para el clima, pero sí cambia la forma en que los científicos entienden el campo magnético terrestre, ese escudo invisible que ayuda a proteger el planeta de las partículas cargadas que llegan del Sol.

Qué ha cambiado bajo el Pacífico

El nuevo trabajo analiza el movimiento del fluido en la parte alta del núcleo externo de la Tierra. Para ubicarnos, la Tierra tiene un núcleo interno, un núcleo externo, un manto y una corteza. El núcleo externo es una capa líquida de unos 2300 kilómetros de espesor formada por fluidos de hierro y níquel, según la descripción general de la NASA.

Durante años, los científicos habían deducido que gran parte de ese flujo se movía principalmente hacia el oeste. La sorpresa llegó al revisar los datos entre 1997 y 2025. En la zona del Pacífico ecuatorial, el patrón se rompió y apareció un movimiento fuerte hacia el este.

No significa que todo el núcleo haya cambiado de sentido como una rueda. La clave está en una región concreta, amplia y rica en hierro, que se comportó de forma distinta a lo esperado. Y eso, en geofísica, no es poca cosa.

Cómo lo han visto desde el espacio

Nadie puede bajar hasta el núcleo con una sonda. Ni siquiera estamos cerca. Por eso los investigadores estudian pequeñas variaciones del campo magnético y, a partir de ellas, reconstruyen cómo se mueve el material líquido en el interior del planeta.

El estudio combina observaciones desde tierra con datos de satélites entre 1997 y 2025. En esa lista aparecen misiones como Swarm y CryoSat, de la Agencia Espacial Europea, además de CHAMP y Ørsted. Swarm, lanzada en 2013, usa magnetómetros muy sensibles para separar señales que vienen del núcleo de otras que proceden de la corteza, los océanos, la ionosfera o la magnetosfera.

Puede parecer una forma indirecta de mirar la Tierra. Lo es. Pero también es una de las pocas ventanas reales que tenemos hacia una zona que está miles de kilómetros bajo nuestros pies.

Por qué importa el campo magnético

El núcleo externo líquido genera el campo magnético terrestre gracias al movimiento de materiales conductores, sobre todo hierro fundido. Ese proceso se conoce como geodinamo, una especie de motor natural escondido en el interior del planeta.

En la práctica, ese campo nos protege de una parte de las partículas cargadas que llegan desde el Sol. No es algo que se vea al salir a la calle, ni algo que se note como el calor pegajoso de una tarde de agosto. Pero está ahí, trabajando en silencio.

La ESA recuerda que el campo magnético no está fijo. Cambia lentamente con el tiempo, y esos cambios importan para la navegación, las operaciones de naves espaciales y los modelos del clima espacial cercano a la Tierra.

No es una alarma climática

Conviene decirlo claro, porque este tipo de noticias se presta a titulares de susto. El cambio detectado se produce a una profundidad enorme y no supone, según la ESA, un peligro para las personas ni para el clima.

Eso no le quita importancia. Al contrario. Entender mejor el núcleo ayuda a mejorar los modelos del campo magnético y a seguir con más precisión cómo evoluciona la geodinamo. Es ciencia básica, sí, pero con consecuencias prácticas.

¿Qué significa esto en la vida diaria? No que mañana vaya a fallar un sistema de navegación de golpe. Lo que significa es que el interior de la Tierra puede cambiar más deprisa y de forma más regional de lo que se pensaba.

Lo que aún no se sabe

El gran misterio está en el origen del giro. Frederik Dahl Madsen, autor principal del estudio en la Universidad de Edimburgo, resumió que este cambio «plantea nuevas preguntas sobre el comportamiento del interior profundo de la Tierra».

Los científicos quieren saber si fue una perturbación breve, una oscilación que se repite cada cierto tiempo o el inicio de un nuevo equilibrio en la circulación del núcleo. De momento, el propio modelo sugiere que el flujo hacia el este bajo el Pacífico empezó a debilitarse desde 2020.

También hay una posible pista más abajo. Los autores señalan que el aumento del flujo hacia el este coincidió con un cambio observado en el comportamiento del núcleo interno, según datos de geodesia y sismología. Pero aquí toca ser prudentes. Hablan de una hipótesis, no de una respuesta cerrada.

Una Tierra menos previsible

Durante mucho tiempo, varios patrones del núcleo externo parecían relativamente persistentes durante décadas. Este hallazgo obliga a matizar esa idea. La circulación puede cambiar de manera regional y rápida, al menos en la escala con la que trabaja la geofísica.

Elisabetta Iorfida, científica de la misión Swarm de la ESA, lo resumió al señalar que el núcleo podría ser «más variable y complejo de lo que se creía». Es una frase corta, pero pesa. Nos recuerda que el planeta no es una esfera rígida con capas quietas, sino un sistema vivo en el sentido geológico.

Por eso será tan importante seguir mirando desde el espacio. Satélites como Swarm permiten observar la evolución del campo magnético casi en tiempo real y ayudan a detectar cambios que, desde la superficie, quedarían mezclados con ruido.

El estudio completo se ha publicado en el Journal of Studies of Earth’s Deep Interior.

Relacionados