Vivimos dentro de un escudo invisible. No lo vemos, pero está ahí, guiando brújulas, ayudando a desviar partículas del Sol y haciendo posible que fenómenos como las auroras se concentren, la mayoría de las veces, cerca de los polos.
Ahora imagina lo contrario. Imagina que ese escudo se apaga. Suena a ciencia ficción, pero hay científicos que ya han conseguido algo parecido en un lugar muy concreto, un laboratorio donde el campo magnético natural de la Tierra se ha eliminado casi por completo. Y mientras tanto, en el mundo real, los satélites llevan años midiendo una debilidad que crece en el Atlántico Sur.
Un laboratorio sin magnetismo
El Instituto HUN REN de Física de la Tierra y Ciencias Espaciales y el Centro de Investigación Física Wigner han creado cerca de Sopron (Hungría) el llamado Laboratorio de Campo Magnético Cero. Es, literalmente, una sala diseñada para que el magnetismo terrestre casi no exista dentro.
La cifra impresiona cuando se pone en contexto. En ese laboratorio han logrado un campo residual por debajo de 1 nanotesla, cuando el campo magnético “normal” en la superficie suele moverse en decenas de miles de nanoteslas. Para hacerse una idea, el propio modelo magnético mundial usado en navegación trabaja con un campo principal típico de unas 20.000 a 60.000 nanoteslas.
¿Cómo lo hacen? Con enormes bobinas que generan un campo “a la contra” que se ajusta de forma activa y se actualiza constantemente para compensar el campo natural, además de un blindaje que reduce aún más lo que queda. “Hay que compensarlo constantemente, por eso el sistema se actualiza cada segundo”, explica István Lemperger en la nota del proyecto.
La anomalía que ya está aquí
Que exista un laboratorio así no significa que el planeta vaya a quedarse sin escudo de un día para otro. Lo que sí sabemos es que el campo magnético cambia, y que en las últimas décadas hay señales claras de debilitamiento en algunas zonas. La Agencia Espacial Europea (ESA) estima que, de media global, el campo ha perdido alrededor de un 9 por ciento de su fuerza en unos 200 años.
El ejemplo más conocido es la Anomalía del Atlántico Sur, una región de baja intensidad magnética que se extiende entre Sudamérica y África. Entre 1970 y 2020, la ESA explica que el mínimo en esa zona cayó aproximadamente de 24.000 a 22.000 nanoteslas, mientras el área crecía y se desplazaba hacia el oeste a un ritmo de unos 20 kilómetros al año.
Además, las mediciones apuntan a un comportamiento cada vez más complejo. “El nuevo mínimo oriental… en los últimos años se está desarrollando con vigor”, señalaba el geofísico Jürgen Matzka en la información divulgada por la ESA, destacando que los satélites Swarm permiten seguir estos cambios con detalle.
Si mañana se apagara el escudo
Vamos con la pregunta que a todos nos ronda cuando leemos titulares llamativos. ¿Qué pasaría si el campo magnético desapareciera de golpe en todo el planeta? En la práctica, lo primero sería un aumento brutal de la exposición de la alta atmósfera y del entorno espacial cercano a la Tierra a partículas cargadas del viento solar y a radiación de partículas. Y eso se notaría, sobre todo, fuera de casa, en el espacio.
Las auroras también cambiarían. Hoy se concentran alrededor de los polos porque las partículas viajan por las líneas del campo y entran con más facilidad por esas regiones. Si el “carril” magnético desaparece, la interacción con la atmósfera no seguiría el patrón actual y los efectos podrían aparecer en latitudes mucho más amplias, especialmente durante episodios de actividad solar intensa.
Luego viene la parte cotidiana, la que no pensamos hasta que falla. Satélites, navegación, telecomunicaciones, predicción meteorológica y seguimiento ambiental dependen de operar en un entorno espacial razonablemente “protegido”. La propia NASA recuerda que la Anomalía del Atlántico Sur ya puede provocar fallos en satélites y que la radiación allí “puede inutilizar ordenadores de a bordo” o interferir en datos, aunque en la superficie no veamos nada raro.
Animales que se quedarían sin “mapa”
No solo los humanos usamos, de forma directa o indirecta, el magnetismo terrestre. Hay animales que lo incorporan a su orientación como una señal más del entorno. El Servicio Geológico de Estados Unidos lo resume sin rodeos, sí, hay evidencias de que algunos animales, como tortugas marinas y salmones, pueden percibir el campo magnético y usarlo para navegar.
Si ese campo desapareciera, esa pista se perdería. No significa que todas las especies se extinguieran automáticamente, porque la orientación animal es un “mix” de señales (Sol, estrellas, olores, corrientes), pero en muchos casos sería como quitar una capa del GPS cuando ya vas justo de batería. Y en la naturaleza, ir justo suele salir caro.
En el mar, por ejemplo, desorientarse no es solo llegar tarde. Es no llegar. Y eso afecta a migraciones, reproducción y supervivencia, especialmente en especies ya presionadas por contaminación, sobrepesca o pérdida de hábitat.
Inversiones y sustos que no son apocalipsis
Aquí conviene separar dos ideas que a menudo se mezclan. Una cosa es que el campo cambie y se debilite en ciertas regiones. Otra muy distinta es imaginar un “apagón” global instantáneo. En la historia geológica, lo que ocurre de verdad son inversiones de polos y excursiones, procesos largos y complejos.
La NASA recuerda que las inversiones son comunes a escala geológica y que hay registros de 183 inversiones en los últimos 83 millones de años, con la última hace unos 780.000 años. Lo importante es el ritmo, no pasan de la noche a la mañana, suelen desarrollarse durante cientos o miles de años.
Y hay un detalle clave para bajar el drama. “Durante una inversión el campo se debilita, pero no desaparece por completo”, explica la NASA, y la magnetosfera junto con la atmósfera seguirían ofreciendo protección, aunque podría aumentar algo la radiación de partículas que llega a la superficie. Así que no, no es un botón de encendido y apagado.
Lo que conviene vigilar de verdad
Si no es el fin del mundo, ¿por qué importa tanto? Porque nuestra vida moderna depende de sistemas sensibles al llamado “tiempo espacial”. El Met Office británico lo resume en impactos muy concretos, cortes en redes eléctricas, problemas en GPS, apagones de radio de alta frecuencia, daños en satélites y más radiación a gran altitud.
Y esto no es teórico. NOAA explica que las tormentas geomagnéticas pueden inducir corrientes en líneas eléctricas largas y, en casos extremos, provocar apagones amplios. Pone un ejemplo muy claro, el 13 de marzo de 1989 una fuerte tormenta geomagnética desencadenó un gran apagón en Canadá, dejando sin luz a unos 6 millones de personas durante 9 horas.
También hay una parte silenciosa pero crítica, la navegación y la calibración. El World Magnetic Model se actualiza regularmente porque el campo cambia y eso afecta a sistemas de orientación y navegación. NOAA recuerda que el modelo se actualiza al menos cada cinco años y que la versión WMM2025 se publicó en diciembre de 2024, con uso extendido en aviación, navegación y hasta en electrónica de consumo.
La nota oficial más reciente sobre la expansión de la Anomalía del Atlántico Sur y los nuevos resultados de la misión Swarm se ha publicado en “ESA”











