Gangneung, en la costa este de Corea del Sur, está levantando un nuevo mirador que promete una imagen potente en redes y, a la vez, un reto real para la gestión ambiental. El proyecto se llama “Anmok Jukdobong Sky Valley” y su pieza central será una pasarela elevada de 108 metros de longitud, situada a unos 30 metros de altura, en el punto donde el río Namdaecheon se encuentra con el mar.
La obra está en marcha y el Ayuntamiento apunta a noviembre de 2026 como fecha de finalización. La idea es clara, pasar del turismo de visita rápida a un turismo de estancia, con paseos, miradores y también iluminación nocturna. Y aquí aparece la pregunta que importa, ¿cómo se hace atractivo un lugar sin que el propio éxito lo degrade?
Un lugar donde el paisaje se cruza
El Sky Valley se ubicará en Jukdobong, cerca de la playa de Anmok y la zona de Namhangjin, en un enclave poco habitual por su geografía. Desde un mismo punto se puede mirar a la vez costa, desembocadura y ciudad, algo que no siempre ocurre en paseos marítimos más lineales.
Además, el Namdaecheon no es un río cualquiera en el mapa local. Es un cauce que atraviesa Gangneung y desemboca en el Mar del Este, y en su tramo bajo se menciona incluso la presencia de paisajes naturales y zonas de carrizal asociadas a observación ecológica. Eso, para un proyecto turístico, es un recordatorio de que el “decorado” también es un ecosistema.
Las cifras que explican el proyecto
La ciudad plantea una inversión total de 7.500 millones de wones para desarrollar el complejo panorámico. El elemento más llamativo será el skywalk, con 108 metros de longitud y una altura aproximada de 30 metros sobre el entorno, pensado para caminar “por encima” del bosque y con vistas directas al mar.
El calendario, a día de hoy, sitúa el objetivo de finalización en noviembre de 2026. A partir de ahí se esperan anuncios sobre horarios, festivos y precio de entrada, porque todavía no se ha detallado esa parte para el público general.
Y un detalle relevante, el Ayuntamiento también habla de actuaciones complementarias, como instalar una plataforma de observación, crear una puesta en escena con iluminación paisajística y mejorar caminos e información para visitantes. No es solo una pasarela, es un paquete completo de experiencia.
De “pasar la tarde” a quedarse a dormir
La apuesta turística se entiende mejor cuando miras el mapa de la zona. La playa de Anmok es conocida por su “calle del café”, y la ciudad quiere que el recorrido sea natural, café frente al mar, paseo hacia el mirador y, si el plan funciona, quedarse para ver el anochecer y la iluminación.
En el fondo, lo que se busca es alargar el tiempo de estancia del visitante. Y eso suele tener un efecto doble, puede repartir el gasto en más negocios locales, pero también aumenta la presión sobre servicios, residuos y movilidad en una franja costera que ya atrae a mucha gente en temporadas altas.
Aquí es donde conviene bajar el entusiasmo a tierra. Las infraestructuras turísticas no son buenas o malas por sí mismas, dependen de cómo se diseñen, cómo se gestionen y cuánta gente reciben sin desbordar el lugar. No es poca cosa.
La noche es un recurso y también un riesgo
Uno de los puntos más atractivos del proyecto es su funcionamiento nocturno gracias a iluminación paisajística. Para el visitante, suena perfecto, una caminata con el mar oscuro a un lado y el paseo iluminado, quizá con ese viento frío de costa que te despeja la cabeza.
Pero la ciencia lleva años avisando de que la luz artificial nocturna puede alterar comportamientos de fauna y ecosistemas, desde insectos y aves hasta entornos marinos y costeros. No es un debate teórico, es un impacto documentado, especialmente en zonas próximas al litoral.
Hay ejemplos claros de por qué se pide prudencia. Estudios y revisiones sobre iluminación costera señalan que reducir luces innecesarias puede disminuir varamientos de aves marinas, y que la luz artificial puede desorientar especies que usan señales naturales para orientarse por la noche. Por eso, si se instala iluminación, el “cómo” importa tanto como el “cuánto”.
Seguridad, acceso y la letra pequeña
En la presentación del proyecto, el alcalde de Gangneung, Kim Hong-gyu, ha insistido en que se impulsará la obra con “una gestión estricta de la seguridad” y un control planificado del calendario para convertirla en un referente del turismo costero local (traducción propia de sus declaraciones en coreano).
Esto no es un detalle menor. Una pasarela elevada implica protocolos de mantenimiento, control de aforo, planes para viento fuerte y temporales, y una gestión clara de accesos para que no se convierta en un cuello de botella de coches y atascos en la costa. Quien haya pasado un verano en una zona de playa popular sabe lo rápido que se complica la cosa.
Además, queda por ver cómo se integrará la obra con el resto del entorno. La zona mezcla playa, puerto y desembocadura, y eso suele exigir señalización inteligente, barreras donde haga falta y, sobre todo, reglas sencillas para el visitante. Las normas que se entienden se cumplen mejor.
Qué puede tener en cuenta el visitante
Cuando se acerque la apertura, lo más útil será mirar la información oficial antes de ir. Horarios, días de cierre, precio y recomendaciones de acceso pueden cambiar por meteorología o por ajustes de obra, y en costa eso pasa más de lo que parece.
También conviene recordar lo básico del turismo con poco impacto, que al final es lo que marca la diferencia en sitios muy visitados. Mantenerse en caminos habilitados, no salirse a zonas de vegetación, llevarse la basura de vuelta y reducir el “por si acaso” de plásticos y envoltorios que acaban volando con el aire.
Y si el reclamo es la noche, mejor pensar en noche responsable. Si hay iluminación, perfecto, pero una experiencia sostenible también se mide por lo que no se ilumina y por lo que se apaga cuando no hace falta. El paisaje nocturno, bien cuidado, también es patrimonio.
El comunicado oficial se ha publicado en la web del Ayuntamiento de Gangneung.











