Un grupo de investigadoras de la Universidad de São Paulo ha identificado una nueva especie de arquea en un volcán activo de la Antártida, en un lugar donde el calor sale del suelo mientras alrededor dominan el hielo, la nieve y el mar polar. El microorganismo ha sido bautizado como Pyroantarcticum pellizari y fue encontrado en sedimentos de una fumarola de la Isla Decepción, con una temperatura medida de 98 ºC.
El hallazgo no significa que se haya encontrado vida extraterrestre, conviene dejarlo claro desde el principio. Lo importante es otra cosa, quizá más interesante, esta diminuta forma de vida puede ayudar a entender cómo algunos organismos sobreviven en ambientes extremos y por qué ciertos rincones de la Tierra sirven como ensayo natural para estudiar la habitabilidad de otros mundos.
Un microbio en el límite
La nueva especie pertenece al dominio Archaea, un grupo de microorganismos unicelulares sin núcleo. A simple vista pueden recordar a las bacterias, pero por dentro son muy diferentes desde el punto de vista genético y bioquímico.
La muestra procede de una fumarola, una abertura del terreno por la que salen gases calientes de origen volcánico. En este caso, el punto de muestreo estaba en Fumarole Bay, en la Isla Decepción, dentro de una zona intermareal donde se mezclan el calor volcánico, el agua marina y las condiciones heladas de la Antártida.
¿Qué significa esto en la práctica? Que este organismo vive en un escenario de contrastes brutales, casi como si alguien pusiera una olla hirviendo junto a un congelador natural. No es poca cosa.
Cómo se descubrió
El material fue recogido en 2014 durante una expedición del Programa Antártico Brasileño a bordo del buque polar Almirante Maximiano. Amanda Bendia, hoy profesora del Instituto Oceanográfico de la USP, participó entonces en la campaña científica cuando todavía era doctoranda.
Años después, el material genético fue analizado de nuevo con técnicas más avanzadas. Ese reanálisis permitió reconstruir el genoma del microorganismo e identificar que no era solo una especie nueva, sino también un linaje distinto dentro de la familia Pyrodictiaceae.
La técnica clave se conoce como MAG, por las siglas en inglés de genomas ensamblados a partir de metagenomas. Dicho de forma sencilla, los científicos reconstruyen el genoma a partir del ADN presente en una muestra ambiental, sin necesidad de cultivar antes el organismo en laboratorio.
Por qué es tan difícil
Cultivar un microbio así no es como dejar crecer una planta en una maceta. Estos organismos necesitan condiciones muy concretas, con temperaturas extremas, compuestos químicos específicos y un equilibrio ambiental difícil de copiar en un laboratorio normal.
Por eso el trabajo genético fue tan importante. Ana Carolina Butarelli explicó al Jornal da USP que en una muestra puede haber millones de microorganismos, cada uno con su propio genoma, lo que obliga a separar y reconstruir una enorme cantidad de información.
La investigación también se enfrentó a otro problema habitual cuando se estudia vida extrema. Hay pocos trabajos previos con los que comparar, así que cada dato cuenta más y cada paso exige mucha cautela. Aquí no valen los atajos.
Lo que revela su ADN
El genoma de Pyroantarcticum pellizari muestra adaptaciones que ayudan a explicar cómo puede vivir donde otros organismos no resistirían. Entre ellas aparece la girasa inversa, una proteína relacionada con la protección del ADN frente a temperaturas muy elevadas.
El estudio también encontró señales de mecanismos de respuesta al estrés, proteínas de choque térmico, sistemas relacionados con la estabilidad de membranas y genes vinculados a la gestión de metales. En el fondo, todo apunta a una estrategia de supervivencia muy afinada para un ambiente cambiante, caliente, químicamente intenso y rodeado por el frío polar.
Los autores señalan además rutas asociadas al ciclo del azufre y del nitrógeno. Esto importa porque esos ciclos son piezas básicas para entender cómo los microorganismos obtienen energía y participan en el funcionamiento de ecosistemas que, desde fuera, parecen casi imposibles.
Una pista para la astrobiología
La palabra astrobiología suele sonar a ciencia ficción, pero aquí se usa con prudencia. No se trata de decir que este microbio venga de otro planeta, sino de usarlo como modelo para estudiar qué tipo de vida podría soportar ambientes extremos en otros lugares.
La propia investigación subraya que los volcanes marinos antárticos pueden funcionar como refugios únicos para organismos hipertermófilos. También los describe como modelos valiosos para investigar la habitabilidad en condiciones de temperaturas extremas.
Y ahí está la clave. Si en la Tierra hay vida capaz de prosperar donde se cruzan calor volcánico, hielo, agua marina, gases y metales, los científicos pueden afinar mejor sus preguntas sobre mundos helados con actividad interna. La Tierra, a veces, es el mejor laboratorio para mirar fuera de ella.
El siguiente paso
La nueva especie fue propuesta con el nombre Candidatus Pyroantarcticum pellizari en honor a Vivian Pellizari, microbióloga brasileña pionera en el estudio de organismos de ambientes extremos. El nombre combina la idea de fuego, Antártida y homenaje científico.
Ahora, las investigadoras quieren volver a la Isla Decepción para recoger más muestras e intentar cultivar la especie en el laboratorio. Si lo consiguen, podrán observar mejor cómo funciona este microorganismo y qué herramientas usa para mantenerse vivo en un lugar tan exigente.
El descubrimiento también recuerda algo muy básico, pero fácil de olvidar. Incluso en los paisajes que parecen más hostiles, la vida encuentra huecos, se adapta y deja pistas sobre su propia historia. El estudio oficial ha sido publicado en la revista científica ISME Communications bajo el título «Hot life in Antarctica: a novel metabolically versatile Pyrodictiaceae genus thriving at a volcanic–cryosphere–marine interface».









