Hace más de 3.000 millones de años, la Tierra no tenía bosques, animales ni una atmósfera como la actual. Sus océanos eran pobres en oxígeno y muchos metales estaban disponibles en cantidades mínimas, casi como si la vida hubiera tenido que empezar con una caja de herramientas incompleta.
Pero un nuevo estudio apunta a una sorpresa. Algunas de las primeras formas de vida ya habrían usado molibdeno, un metal escaso en aquellos mares antiguos, para acelerar reacciones esenciales del carbono, del nitrógeno y del azufre. No es poca cosa.
Un metal inesperado
La pista no sale de un fósil tradicional, como una concha o un hueso. En este caso, los investigadores han mirado hacia los genes y las enzimas de organismos actuales para reconstruir una historia muy antigua, casi como leer una memoria química escondida en la vida moderna.
El trabajo, publicado el 5 de mayo de 2026, sitúa el uso biológico del molibdeno y del tungsteno (también llamado wolframio) entre hace unos 3.700 y 3.100 millones de años. Eso coloca a estos metales en una etapa muy temprana de la vida, mucho antes de que el oxígeno cambiara para siempre la superficie del planeta.
En la práctica, esto significa que los primeros microbios no solo sobrevivían como podían. También estaban seleccionando materiales muy concretos para hacer funcionar su metabolismo, aunque esos materiales fueran difíciles de conseguir.
Por qué era importante
El molibdeno no es famoso para la mayoría de la gente. No aparece en las conversaciones de casa ni en la lista de preocupaciones diarias, como la factura de la luz o el calor pegajoso del verano. Pero dentro de las células, su papel puede ser enorme.
Betül Kaçar, autora sénior del estudio y responsable del laboratorio Kaçar en la Universidad de Wisconsin Madison, lo explica de forma clara. «El molibdeno se encuentra en el centro catalítico de enzimas que ejecutan grandes reacciones de carbono, nitrógeno y azufre», señaló la investigadora.
Dicho de forma sencilla, ayuda a que ciertas reacciones ocurran lo bastante rápido como para sostener la vida. Sin ese empujón, algunas transformaciones químicas podrían pasar, sí, pero a un ritmo demasiado lento para alimentar a los organismos.
El gran misterio
Lo extraño es que el molibdeno era muy escaso en los océanos primitivos. El propio estudio recuerda que, antes de la fotosíntesis oxigénica y de la gran subida del oxígeno, el molibdeno disuelto pudo estar por debajo de 5 nanomolar, frente a unos 105 nanomolar en el agua marina moderna.
Ahí está la paradoja. Si había tan poco, ¿por qué la vida invirtió energía en usarlo? ¿Por qué no eligió solo elementos más abundantes y fáciles de encontrar?
Aya Klos, estudiante de doctorado en bacteriología en la Universidad de Wisconsin Madison y primera autora del trabajo, lo resume como algo contraintuitivo. Según explicó, el registro geoquímico indica que la abundancia de molibdeno en la Tierra temprana parecía mucho menor miles de millones de años atrás, sobre todo antes de la llegada de la fotosíntesis que produce oxígeno.
Chimeneas bajo el mar
Una posible respuesta está en el fondo del océano. Las chimeneas hidrotermales, esas zonas donde el agua caliente sale cargada de compuestos desde la corteza terrestre, pudieron funcionar como pequeños almacenes químicos para la vida primitiva.
No hacía falta que todo el océano estuviera lleno de molibdeno. Bastaba con que ciertos lugares ofrecieran cantidades útiles para los microbios que vivían cerca. Y ahí entra en juego este mundo submarino oscuro, caliente y lleno de reacciones.
Kaçar lo explicó así. «Aunque el agua de mar del Arcaico contenía poco molibdeno disuelto en general, sistemas localizados como las chimeneas hidrotermales podrían haber suministrado cantidades utilizables de molibdeno y otros metales».
No solo molibdeno
Durante años se había planteado una idea sencilla. Primero, la vida habría usado tungsteno, un metal con propiedades parecidas. Después, cuando el molibdeno se volvió más disponible, habría cambiado de herramienta.
El nuevo estudio no lo ve tan claro. Sus resultados sugieren que los sistemas enzimáticos que usaban molibdeno y tungsteno tienen raíces arcaicas, por lo que la historia no sería una secuencia limpia de «primero uno y luego otro». Más bien, la vida temprana habría trabajado con ambos.
Esto cambia el enfoque. La vida no habría seguido siempre el camino más cómodo, sino el que funcionaba mejor en cada pequeño entorno disponible.
Una pista para otros mundos
El hallazgo también tiene importancia para la astrobiología, la ciencia que estudia la posibilidad de vida fuera de la Tierra. Si la vida terrestre usó un metal escaso desde muy pronto, quizá no deberíamos buscar solo planetas con una copia exacta de nuestra química actual.
En otros mundos, con otra historia de oxígeno, otros océanos y otra disponibilidad de metales, la vida podría tomar decisiones bioquímicas distintas. No significa que ya sepamos dónde hay vida extraterrestre. Significa que la búsqueda tiene que ser más imaginativa.
Kaçar lo dijo con una frase muy potente. «Este estudio muestra que solo porque un elemento sea escaso en el ambiente no significa que la vida no vaya a encontrar una forma de usarlo e incluso construir un imperio con él».
Lo que falta por saber
Conviene mantener los pies en el suelo. El estudio se basa en análisis computacionales, árboles evolutivos y datación molecular, no en una muestra directa de un microbio vivo de hace 3.400 millones de años. Los propios autores señalan que nuevas secuencias o nuevos linajes podrían ajustar algunas interpretaciones futuras.
Aun así, la conclusión principal es fuerte. La escasez de un elemento no impidió que la vida lo aprovechara si sus ventajas químicas merecían el esfuerzo. Y eso deja una lección sencilla, pero enorme.
La vida, incluso en sus comienzos, pudo ser mucho más flexible de lo que pensábamos.
El estudio completo, titulado «Biological use of molybdenum and tungsten stems back to 3.4 billion years ago», ha sido publicado en Nature Communications.








